• febrero 12, 2013
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Aquiles en Palencia

por Cósimo de Monroy

Venga, abre el sobre. Martín me miraba con su sonrisa de gato. No lo voy a abrir, me gusta tenerlo cerrado. Cogió una copa de Mumm y se dirigió hacia un grupo de efebos de flequillo disparado. Cómico. Mi casa. Su fiesta.

Mientras se movía, su figura felina irradiaba una tenue sensualidad. Se resistía a caer. Aquellos profundos ojos azules encerraban un alma testaruda. Recordé un diálogo de Las Amistades Peligrosas. Valmont: Why do you suppose we only feel compelled to chase the ones who run away? Merteuil: Immaturity?

Llevaba el sobre en el bolsillo. Con aparente descuido lo cogió, lo abrió, y se giró hacia mí. Parece que tenemos plan para mañana. Sus ojos brillaban.

El día había amanecido brumoso. Un aria de Jaroussky tocaba a su fin cuando Tordesillas surgió, repentina, sobre el Duero. In tua pena io tornerò. Las calles, inundadas por la niebla, estaban desiertas. En el silencio, sentía el cuerpo de Martín caminando a mi lado. Con la cabeza ligera, intenté besarle en el patio mudéjar de Santa Clara. Se escabulló. Tengo hambre, dijo, ¿comemos algo?

En la puerta del Torreón, mi asador de la zona, encontramos aparcado un Ferrari California rojo. Sólo puede ser de Bosco, pensé con cierta pereza. Estaba en lo cierto. Tras un explosivo ¡Cósimo, no puede ser, qué fantástico te veo!, comenzó su habitual despliegue de charme.

Estaba sentado a la mesa con una belleza de aspecto eslavo, delgada, con una larga melena rubia y un traje absurdamente exiguo. No parecía pasar los veinte. Le presenté a Martín. Mi novia, Irina, nos dijo. Es modelo, de San Petersburgo, y no habla ni una palabra de español. Es genial, no se entera de nada.

Le miré con una sonrisa. Su tipazo de bon vivant, los pantalones rosa coral, el blazer y la onda de pelo sobre la frente me causaron una intensa sensación de irrealidad. Iban a La Tejera, el castillo de los Andrade en el Bierzo. Irina no parecía muy entusiasmada con la idea.

Con una botella de ribera la conversación se fue animando. Martín e Irina initimaron. Hablaban en inglés. Bosco is so romantic!, le contaba. ¿Sabes cómo me conquistó? Me moría por un birkin fucsia. Pero hay una lista de espera de dos años. Imposible. Yo no sé esperar tanto. Un día, en una fiesta que me había organizado, me dio un sobre. Cuando lo abrí no me lo podía creer. Era ¡un viaje a París para ir a recoger el bolso de mis sueños! Entonces supe que era el hombre de mi vida, confesó.

Martín me miraba. Me pregunto de dónde sacó la idea, comentó. Bosco sonreía como un gato tras haberse zampado al ratón. Por razones obvias, saltó al español. Aquí, el maestro, afirmó señalándome, me dijo que era una estrategia sólo indicada para caza mayor. Y funcionó. Aquella conversación se me empezaba a ir de las manos.

En el coche, Martín contenía la risa. Lo de maestro me ha encantado. ¿Siempre te funciona?, preguntó. Aunque la verdad es que, en el fondo, me gusta ser caza mayor, dijo. ¿Pondrás mi retrato en tu galería de trofeos? Me sentía incómodo. Se acercó y me dio un beso en la mejilla.

Llegamos a Villoldo. El pueblo había perdido cualquier asomo del encanto que algún día pudiese haber tenido. Modernas casas de ladrillo bordeaban la calle principal. En la plaza, la iglesia, desgarbada, daba sombra a un árbol escuálido. No sé si voy a poder con tanto glamour, rio Martín.

El hotel se encontraba oculto en una arboleda. Su estructura de cristal parecía tomada de una revista de arquitectura escandinava. Mi padre, que era un loco, nos dijo Pilar, la propietaria, construyó el edificio en los 70. La gente se asustaba, y para compensar lo llenó con muebles de asador. Le hemos dado una vuelta, conservando el espíritu.

La luz invadía el espacio, diáfano, iluminando los muros de ladrillo visto. Cósimo, creo que es el sitio más marciano que he visto en mi vida, dijo Martín. A mí me gustaba el contraste.

Habíamos cenado. La noche lucía gélida y cristalina. Nos agazapamos con mantas y gin & tonics frente a la chimenea del hotel. Su calor me excitaba. Nos besamos. Algo había cedido. Con el entusiasmo de los descubrimientos, frente al fuego, hicimos el amor.

Llegamos a la villa romana de La Olmeda poco antes del cierre. Cubierta por una estructura metálica, una pasarela dirigía a los distintos puntos de la edificación. Me adelanté. Aquí está tu Aquiles. Martín sonrió.

El día que nos conocimos me había hablado de lo que le ocurrió a Aquiles en Sciros, cuando su madre, sabiendo que moriría en Troya, lo envió a la corte de Licomedes. Vestido de mujer, se ocultó entre las hijas del rey.

Pero Ulises, astuto, se hizo pasar por mercader y ofreció a las damas un cofre en el que, además de joyas y espejos, introdujo un escudo y una lanza. Aquiles, sin dudarlo, se lanzó a por ellos, descubriendo su disfraz.

Así aparece representado en el estilo inocente del mosaico. Ulises le observa, sorprendido, mientras las hijas de Licomedes intentan contenerle. La reina contempla la escena indiferente, tras unas cortinas.

Una salida del armario a la inversa, ¿no?, comenté divertido. Martín me cogió de la mano y, clavando en mí sus grandes ojos, sonrió y dijo, me alegro de haber abierto ese sobre.


Plan Cósimo


El maravilloso tarjetón con el que Cósimo seduce a Martín es de Bedeene, donde también encontraréis increíbles platos y accesorios en papel. Cósimo y Martín viajan en un Porsche 911 Carrera 4S del 97, el coche que le regaló su padre cuando se mudó a Saint Barth. Bosco de Andrade conduce su Ferrari California rojo.

Camino de Tordesillas Martín y Cósimo oyen el álbum Carestini, the story of a Castrato, por Jaroussky, contratenor, y Le Concert d’Astree. Tordesillas tiene su joya escondida, el convento de Santa Clara. No fue allí donde se recluyó Juana la Loca, pero es igualmente evocador. Son únicos los restos de lo que fue un antiguo palacio mudéjar construido en 1340 por Alfonso XI, padre de Pedro el Cruel, para Leonor de Guzmán. Es excesivo, sin embargo, el gran artesonado dorado que cubre la iglesia, cuyo motivo se repite, esta vez con mucho encanto, en el techo de El Torreón, un asador que hace que detenerse en Tordesillas merezca la pena. Excelentes sus carnes a la brasa, y un espectacular postre, la leche fría. Cósimo & company beben un Dehesa de los Canónigos del 2008 (sobre 20€), un ribera, of course.

En Villoldo se alojan en el hotel Estrella del Bajo Carrión, entre 90-130€ por habitación doble. De aperitivo toman una deliciosa cerveza artesana local, Bresan. En la cena Martín bebe una botella de José Pariente de Rueda, y Cósimo un Aalto de 2010, de Ribera del Duero. Más indicada para mediodía, recomiendo la especialidad de la casa, las alubias viudas de la Vega del Saldaña. Deliciosas.

Frente a la chimenea toman gin tonics de Martin Miller’s y Fever Tree. La villa bajoimperial de La Olmeda se encuentra en la localidad de Pedrosa de la Vega, Palencia. Los mosaicos, como el de Aquiles o la cacería, son propios del estilo del siglo III d.C. La villa presenta una gran riqueza decorativa y una compleja estructura arquitectónica. Para temas mitológicos es imprescindible el Diccionario de la Mitología Griega y Romana, de Pierre Grimal.

Créditos: Aquiles arrastrando el cuerpo de Héctor, de Flaxman, de Wimedia Commons; Cubo de Mumm, de e_calamar; Convento de Santa Clara, por jl.cernadas.


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