• febrero 20, 2013
  • TIPS

ARCO, porque yo lo valgo

por Cósimo de Monroy

ARCO es un laberinto que esconde amenazas insospechadas. Ávidos galeristas, tentaciones exorbitantes o, simplemente, un suelo de arena en el que empiezas a chapotear sin darte cuenta de que se trata de una obra de arte. Pero nunca habría imaginado que los acontecimientos me pudiesen llevar a una situación tan insólita.

Las ferias de arte, como cualquier otra feria, no son lo mío. La avalancha estética me conduce a un ineludible Síndrome de Stendhal. Un KO por saturación. Este año Casto había insistido en que le acompañase. Ante su perseverancia, accedí con cierto desasosiego.

Siempre elegante y encantador, Casto se toma muy en serio su papel de escort. ARCO es mi momento, había afirmado con aire disperso. Imagínate donde acaban todas las noches esas galeristas cincuentonas con dinero fresco. Desde luego, contesté, tengo que admitir que se te da mucho mejor provocar orgasmos que diseñar edificios. Te ha salido la vocación. Se encogió de hombros. Reímos

Comenzamos a recorrer la interminable sucesión de stands. A medida que nos adentrábamos en la feria sentía latir una creciente sensación de ansiedad. Ante las miradas dolarizadas de una obra de Carlos Aires, abrumado, recordé Sueños que el dinero puede comprar, de Álvaro Barrios. Soñé que Marcel Duchamp había declarado arte todo lo que existe, leía su inscripción.

Había perdido a Casto. Se entretenía demasiado con sus potenciales oportunidades de negocio. Acudí a la galería donde se exponía la obra de mi amigo Javier Núñez Gasco.

Me captó el juego conceptual de un felpudo elaborado con cerillas. Bienvenidos al calor del hogar. Brillante. El peligro acecha donde menos te lo esperas, ¿verdad?, comenté a Javier. Bueno, es una interpretación, sonrió.

Me empezaba a saturar. Llamé a Casto. Estaba en la galería de la alemana Regina Katz. Regina, alta y un poco acaballada, se movía, oscilante, bajo una túnica. Rondaba los cincuenta. El cabello teñido de blanco y una mirada penetrante le aportaban cierto parecido con la madrastra de Blancanieves. Casto parecía a punto de cerrar una cita, así que, tras saludar, me dediqué a contemplar la obra.

Al cabo del rato se acercó con una mirada extraña. Nunca me había pasado esto, Cósimo. Dice que estará encantada, pero que no me quiere a mí, te quiere a ti, afirmó.

Me tuve que apoyar en un vestido metálico de princesa que estaba al lado. No daba crédito. Has oído bien, insistió, y está dispuesta a pagar lo que sea. Cuando le he dicho que eres un príncipe napolitano, ha duplicado la oferta. No pude evitar una carcajada. Casto sonreía. Me ha dicho que si prefieres, te puede pagar con una obra.

No, no, no, no, contesté. Casto, ¿pero estás loco? ¿Cómo se te ocurre meterme en este lío? Divertido ante el despropósito, salí corriendo del stand, y comenzó la persecución. Regina no se daba por vencida fácilmente.

Allá donde me detenía aparecía su perfil. Me sentí como en un laberinto de espejos, sin poder distinguir entre la realidad y el reflejo. Estás neurótico perdido, pensé.

Observaba unas cajas de Rafa Macarrón, en las que divertidos personajes interpretaban diversas escenas domésticas, cuando oí su voz tras mi espalda. Estaría usted muy mono ahí metido, Herr Cosimo. Sería un bonito juguete, dijo Regina con su denso acento germánico. Mi sonrisa no pudo camuflar una mirada de terror, y escapé.

¡Qué locura! Un neón de Rainer Ganahl que exclamaba Porca miseria! dio eco a mis pensamientos. Deseé agarrar el kit de ángel de los Kabakov y salir volando.

Me encontré con Baruc Corazón, estupendo con su camisa Baruc. ¿Has comprado algo?, preguntó. Le pedí que me acompañase a la sala VIP. Allí, parapetados con unos mojitos, le conté el suceso. No podía parar de reír. ¿Y no lo has hecho nunca?, preguntó con su radiante sonrisa. Pues no, contesté. ¿Me quieres decir que nunca te has acostado con nadie para conseguir algo?, insistió. Bueno, hombre, quizás…, contesté. Pues eso, afirmó.

Regina entró en la sala. Me encogí. Oye, pues no está tan mal, comentó Baruc. Yo por un cuadrito, según están las cosas, no le haría un feo. ¿No te gustaba ninguno? Regina me guiñó un ojo. Aquello era absurdo. Me despedí de Baruc y cogí un taxi a JUSTMAD. Casto me estaba friendo a mensajes.

Fui directamente a Conquering Rooftops, el stand de mi amiga Alexandra. Sexy y alborotada, me recibió con una botella de champagne. A salvo de Regina y tras unas copas, comencé a considerar el asunto desde otro ángulo.

Sentí surgir un cierto morbo por que alguien pagase por acostarse conmigo. Además, una obra de su galería me había entusiasmado. Yo no lo dudaba, dijo Alexandra. ¡Tírate a la piscina!, me animó llenándome la copa. Tú eres muy divino, pero ¿quién no lo ha hecho alguna vez? Hasta puede ser divertido.

Dejándome llevar por un ataque de vanidad morbosa, cogí el teléfono y mandé un mensaje a Casto. Negocia el Kati Heck. Tenía un precio escandaloso. Pensé que no accedería.

Pero cedió. Una hora más tarde, metido en un taxi hacia el Ritz, me pregunté, ¿qué coño estoy haciendo? Pero ya me había dejado caer. Como la niña frente a la casa del bosque de Aëla Labbé, sentía pavor, vértigo y una mórbida excitación. Llegaría hasta el final.

Me recibió con la habitación llena de velas. La dirección te va denunciar, dije. No me dejó hablar. En la luz tenue Regina ronroneaba suavemente. Tengo que reconocer que tenía una buena técnica. Sabía muy bien lo que hacía. En una estudiada secuencia despertó mi deseo y lo condujo, sin estridencias, por caminos oscuros en los que nunca antes me había adentrado.

Como si hubiese superado un rito iniciático, al salir de la suite me sentí joven, renovado, incluso exultante. Me sigo sorprendiendo a mí mismo, pensé. No está mal a estas alturas.

Respetando lo convenido, la obra del pecado llegó ayer a mi casa. La he colgado en la entrada. Cada vez que la veo, no puedo evitar que surja una sonrisa en mis labios.

Casto colaboró en el Blog con su Plan Cósimo Cómo salir de la crisis (un rato) con Gauguin.


Plan Cósimo


El mundo es mucho mejor cuando se lleva una camisa Baruc y se bebe el champagne Henri Giraud que me ofreció Alexandra, aunque, éste sí, sólo sea apto para ocasiones especiales (45€). La camisa Baruc es diferente por su cuello, único, y un corte que sienta genial. La blanca es mi favorita.

Por citar algunas de las galerías que me sorprendieron en ARCO, mencionar Distrito 4, en la que expone Rafa Macarrón y los cautivadores bodegones de Albrecht Tübke. Están en mi lista de próximas adquisiciones. Espacio Líquido presentaba en ARCO una propuesta especialmente atractiva, con la lírica Ellen Kooi, las maravillosas y delicadas imágenes de Amparo Sai, y las potentes fotografías del mejicano Edgardo Aragón.

Me entusiasmó la obra de Carlos Aires en la Galería ADN. En Max Estrella encontré la sugerente video-instalación de Rafael Lozano-Hemmer, y en Ivory Press descubrí el talento de los Kabakov. Sus alas de ángel son toda una declaración de principios. Me gustó mucho la yuxtaposición de una escultura de David Nash y una obra mural de Javier Garcerá en el stand de Álvaro Alcázar, otro de mis espacios predilectos. La galería Fernando Pradilla, en JUSTMAD, ofrecía la provocadora obra de Germán Gómez y Moises Mahiques, mientras se exponía en su galería la serie de Álvaro Barrios. Y para terminar, me fascinaron las fantasías barrocas de Antonio Muñoz von Fürstenberg en Espacio Valverde.

Agradezco su colaboración a Pía Ogea, profesional del arte actual, en este Plan Cósimo.

Créditos: Sueño Ilustrado, de Sueños que el Dinero puede comprar, © Álvaro Barrios, cortesía Galería Fernando Pradilla; De natura Deorum (detalle), © Carlos Aires, cortesía Galería ADN; Bienvenidos al calor del hogar, © Javier Núñez Gasco, cortesía del artista; © Rafa Macarrón, cortesía Galería Distrito 4; Porca miseria, © Rainer Gahmal, cortesía Galería Enrico Astuni; How can one change oneself, © Ilia & Emilia Kabakov, cortesía Galería Ivory Press; Winter Mist, © Aëla Labbé, cortesía Conquering Rooftops; Danke, das war’ dann alles, © Kati Heck, cortesía Galería Tim van Laere; Entre tú y yo, © Guillermo Mora y Spin-the-spin, de © Alice Aycock.


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