• octubre 7, 2013
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La belleza encerrada

La sala de El Prado estaba vacía. Blanca contemplaba la predela de La Anunciación de Fra Angelico. Me acerqué. Sentía su respiración cuando giró su rostro hacia mí. Nuestras mejillas se rozaron con un leve temblor. Vulnerable, sonrió.

No la había visto desde su boda con Valerio. Los veranos de La Roda habían quedado atrás. Venían poco a Madrid y él nunca me había gustado. Desconfiaba del aire disipado del Conde Vesta.

Cuando me llamó, la lluvia golpeaba contra la ventana. Su voz me pareció lejana. Tras un silencio le pregunté si estaba en Trieste. No, he vuelto, contestó. Valerio no vendrá.

Su mirada se había posado en el paisaje fluvial del Tránsito de la Virgen de Mantegna. Llevaba su melena rubia recogida en un chignon. Sus movimientos, pausados, transmitían una elegancia serena.

Me miró con sus ojos claros. Ven, es maravilloso, dijo con una sonrisa y, en un gesto tantas veces repetido en nuestra infancia, me cogió de la mano. Juntos, nos detuvimos sobre el puente y caminamos hacia los campos tras los muros blancos. Cuando apoyó su cabeza sobre mi hombro sentí un extraño cosquilleo en el estómago.

Comparé su pequeña nariz con la de la Pandora de El Greco. La situé frente a ella. Sonrió. No te voy a pedir que hagamos lo mismo con el pecho de Afrodita, comenté con seriedad. Me gustaba oír su risa. Eso no había cambiado.

Se detuvo frente a una Madonna de Correggio. En un claro del bosque, jugaba con el Niño y San Juanito. Están a salvo, comentó. Tú también lo estás. Tienes que empezar a vivir, contesté. Si la vida fuese así no me importaría, respondió ante una fiesta campestre de Watteau.

Al día siguiente, en el AVE camino de Barcelona, Blanca ocupó mis pensamientos. Se había casado enamorada. Nunca comprendí como pudo caer ante aquel Dorian Grey austrohúngaro. Cautiva en Trieste con sus dos hijas durante cinco años, había establecido un extraño vínculo con él. Me sentí incómodo ante mis emociones. Decidí sumergirme en mi libro de Kawabata.

Antes del cocktail de mi amiga Mireia Requesens, tomé un café con Joan y David en su casa del Raval. Siempre me sentía cómodo en la Wunderkammer de Alquián, un zoo de cristal atestado de carteles de sabor vintage y delicados jarrones de colores difusos.

Un pez de cerámica de Vallauris captó mi atención. Sus formas hicieron resurgir la mirada de Blanca frente al Gusto de Rubens. Tienes que empezar a vivir, le había dicho ante aquella voluptuosa celebración de los sentidos.

David, siempre receptivo, sonrió ante mi expresión. Es una bonita pieza, comentó. Con ella en las manos, me sentí fortalecido. De alguna forma, había logrado capturar aquel instante.

Tras vestirme en el Mercer con traje oscuro y una corbata discretamente llamativa salí hacia el cocktail. La iluminación resaltaba la elegante sobriedad del Pabellón de Mies van der Rohe. Mireia había instalado dos piezas de Rothko de la colección familiar sobre sus muros. Modistos, socialites y empresarios rodeaban el estanque.

Mireia me saludó, efusiva. Sus piernas, vertiginosas, se movían con seguridad sobre la superficie de mármol. Su actual marido, un francés de aspecto agrio, me miró con desconfianza. Recordando otras noches bajo aquellas piernas, sonreí.

La noche era templada. Jazz y cava siempre han sido una buena combinación. Por primera vez durante el día me sentía relajado. Oí una risa a mi espalda. Giré. Anna, la hermana menor de la anfitriona, había crecido. Su pelo castaño oscilaba al ritmo de sus carcajadas. El modelo de Yamamoto dejaba ver más de lo que ocultaba. Observe sus labios. Exhalaban una fresca sensualidad.

Capté su mirada. No fue difícil seducirla. Una hora más tarde, en el Caribbean, con un mezcal-negroni en la mano, la besé. Era asiduo de aquel lugar íntimo del Raval. Noté los síntomas habituales. Aceleración del pulso, ligera sensación de ahogo y una leve presión en mis pantalones.

Supe lo que ocurriría. Volveríamos al hotel, pediría una botella de champagne y comenzarían los juegos. Tras la sesión de malabarismo intercambiaríamos los teléfonos y ella se despediría con una sonrisa.

Juanjo me ofreció un segundo twist de negroni. Al caer sobre los hielos del vaso, su profundo color rojo me trasladó al pez de Vallauris y a aquel paisaje de Mantegna al otro lado del río. Volví a sentir aquel cosquilleo mientras oía la risa de Anna.

La miré. Sonreí. ¿Te diviertes?, pregunté. Intentó convertir su inocencia en provocación, pero no lo logró. Le di un último beso. Te acompaño a casa, dije. Un aire de decepción cubrió su rostro. ¿Alguien te espera?, preguntó. Espero que sí, contesté, pero está lejos. Se encogió de hombros y, con un suspiro, exclamó, ¡una lástima!

En el taxi, de vuelta al hotel, tuve la certeza de que algo había cambiado.


Plan Cósimo


La Belleza Encerrada, en el Museo del Prado es una de esas pocas exposiciones que logra que se transforme el punto de vista del observador ante la obra de arte. Se trata de piezas exquisitas y delicadas, en su mayoría de pequeño formato, pertenecientes a la colección del museo. El reto es hacer que el visitante se acerque, que reduzca la distancia y que se sumerja en los detalles. Y lo consigue. A través de un montaje íntimo, que multiplica las perspectivas, la cercanía surge de forma espontánea. Una gran labor de su comisaria, Manuela Mena.

Entre los objetos con alma de Alquián, me fijo en una pieza de cerámica de Vallauris. La cerámica de este pueblo de Provenza, que tuvo su auge a partir de los años cincuenta, se caracteriza por su atrevida combinación de colores, muy intensos. Fue en esta localidad, en el taller de Georges Ramié, donde Picasso aprendió la técnica que le ayudaría a trabajar en platos y esculturas.

El Pabellón de Mies van der Rohe donde celebra su fiesta Mireia no es otro que la reconstrucción del edificio que erigió el arquitecto de la Bauhaus representando a Alemania en la Exposición Internacional de Barcelona en 1929. Símbolo del vanguardismo de la República de Weimar, representó una auténtica revolución en su momento. Sus líneas limpias y elegantes son toda una lección de arquitectura.

Para tomar un cocktail en Barcelona se puede optar por lo clásico, en Boadas, lo actual en el Dry, o por un clásico renovado, el Caribbean Cocktail Club. Este sorprendente local, en una recóndita calle del Raval, se ha mantenido a salvo de las tendencias, conservando todo el encanto de su decoración en madera de los años sesenta con encantadores toques marineros. Pero lo mejor son los cocktails de Juanjo. Mi favorito, el Mezcal-Negroni.

Y en hoteles, el Mercer es toda una referencia en el lujo elegante. Pero para otras estancias me inclino por el Market, en Sant Antoni, o los apartamentos En Ville, mucho más asequibles.


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