9 abril 2013

El bodegón, ¿trascendencia o placer?

Tópico: el bodegón busca trascender la naturaleza real de los objetos para trasmitir un mensaje sobre la fugacidad de la vida. ¿Qué hay de cierto en esta afirmación?

Centrándonos en España, está claro que en el siglo XVII este contenido está expresado en muchas de las obras del género.  Muy explícitas son las bien conocidas In ictu oculi y Finis gloriae mundi que Valdés Leal pinta para el Hospital de la Caridad en Sevilla. El hecho de que uno de los mayores exponentes del bodegón, Sánchez Cotán, fuese monje cartujo, apoya esta tesis. No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que en sus obras, los alimentos representados y la neutralidad del marco, trasmiten una intensa espiritualidad.

El mensaje de la vacuidad de las ambiciones mundanas, tan barroco, se amplía y profundiza en El Sueño del Caballero. Ya lo dijo Calderón. La Vida es Sueño. El ángel muestra una inscripción: Eternamente hiere. Vuela veloz y mata. El tiempo. Nuestra vida es un sueño que se escapa. La calavera alude a la muerte, los naipes a lo cambiante del azar, las flores se marchitan. La pistola, la armadura, la mitra y la tiara papal nos indican que incluso las victorias y los honores serán derrotados por el tiempo que marca el reloj. El mensaje final queda implícito. Sólo el alma inmortal pervivirá.

Me va lo trágico. Es cierto. Y estas obras me entusiasman. La complejidad alegórica del barroco es un juego que me atrapa. Pero la profundidad simbólica no siempre está ahí. El bodegón es un género amplio y muy adaptado a la idiosincrasia española, tan tendente siempre al realismo. Frente al artificio de artistas europeos como Kalf, el pintor español se mantiene apegado a lo real, a lo concreto, con una sobriedad que le aporta un atractivo directo y sincero.

Es difícil no ver en los cántaros, en las piezas de caza, y en las frutas, una celebración de la mesa y de la abundancia frente a la crónica escasez alimentaria del siglo XVII. Como suele ocurrir en las artes plásticas, las fronteras entre el símbolo, la ostentación y la delectación en lo representado, son a menudo ambiguas.

El sublime Bodegón de jarras de Zurbarán, las flores de Arellano, el bodegón incluido en la Vieja friendo huevos, de la etapa sevillana de Velázquez, las Mesas de van der Hamen (muy español a pesar de su apellido), la inocente simplicidad de Yepes y las uvas del Labrador reflejan, a fin de cuentas, la mirada del barroco español. Una mirada que, como plasmó Cervantes en el Quijote, se debatía entre la locura mística y el realismo de lo cotidiano.

¿Trascendencia? Sí, pero no siempre. De entrada el pan es pan. Hay que tener poca hambre para verlo como un símbolo de la fugacidad de la vida.

Imagen: Bodegón, Juan Sánchez Cotán, 1602, Wikimedia Commons.

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