• junio 21, 2014
  • TIPS

Caperucita en Bolonia

por Constanza Gil-Brooks

Elijo mal. Muy mal.

Había ido a Bolonia para organizar un evento en el Colegio de España. Su patio del trecento era perfecto para un concierto de música barroca.

Conocía la ciudad muy de pasada, así que decidí quedarme unos días. Escogí un hotel ubicado en una alta torre medieval. Muy simbólico. Cuando dormí allí la primera noche, me sentí como la Bella Durmiente. Pero el príncipe no llegó. El hecho no me inquietó. La ausencia de hombres en mi vida durante los últimos meses había supuesto un respiro.

Pórtico, Bolonia

La mañana siguiente di las últimas instrucciones a las chicas de la agencia y consulté, aliviada, la previsión del tiempo. Comprobé que todo estaba en orden y me di una vuelta por la ciudad. El verano se había alargado. Estudiantes en camiseta llenaban las calles porticadas de ladrillo rojo. Da gusto pasear por Italia.

En el Palazzo Fava contemplé el fresco de Medea, la hechicera, por los Carracci. Sentada a la orilla, acariciaba el agua con la mano, trazando líneas sobre la superficie entre pensamientos de amor y traición. No envidié su pasión enloquecida.

Medea, Palazzo Fava, Ludovico y Annibale Carracci

Fui al hotel a cambiarme. Había elegido un vestido de Alberta Ferretti que iba estupendo con mi melena pelirroja. Llegué al Colegio de España antes del anochecer. Saludé a los músicos de la pequeña orquesta de música antigua. El presidente de la multinacional que financiaba el acto, un anciano encantador, hablaba con el rector. Los invitados empezaban a llegar. Cogí una copa de champagne para no desentonar.

Como es habitual, encontré a todos ellos bastante aburridos. Me refugié con la mujer del rector, compañera del colegio, y nos pusimos al día. Mientras me hablaba sobre los estudios de sus hijos, vi pasar unos ojos oscuros con chaqueta blanca. Una densa barba cubría su rostro.

Siempre he sido más de lobo feroz que de príncipe azul.

El concierto fue delicioso. La luz de poniente marcaba los arcos sobre los muros de piedra bajo los acordes de una sonata de Marcello. Durante el cocktail en el tupido jardín, iluminado por farolillos, el lobo se acercó. Quise llevar la conversación a mi campo. Los italianos suelen ser fatales con el inglés, pero este lobo había estudiado Anatomía en Columbia. Cuando le dije que había venido para perderme en las calles medievales durante un fin de semana, sentí como se relamía.

Colegio de España, Bolonia

Ruggero era un lobo listo. No desveló su jugada. Yo, entre árbol y árbol, logré entretenerme con los invitados. Durante aquel despliegue de simpatía no dejé de sentir su mirada sobre mi pelo. Le encantaba el rojo.

Pero un italiano, antes de ser lobo, es italiano. Así que, aunque era obvio que se moría de ganas de lanzarme de un empujón entre los arbustos, se limitó a ofrecerme, cortés, una visita al Museo de Anatomía Patológica. Me pareció un tema algo excéntrico para un museo, pero acepté. Al volver a mi torre, agotada tras el evento, pensé en su voz. Me sentía alterada. Tomé un orfidal y me dormí.

Al verle la mañana siguiente, me sorprendió su transformación. Vestido en el más puro estilo italo-casual, con chaqueta y pantalones entallados, su figura se mostraba más ágil. La amenaza parecía haberse diluido en una mirada suave y seductora.

Cera anatómica de Susini, XVIII

Atravesando los pasillos de la Escuela de Anatomía, me condujo hacia la galería donde se exponen los modelos en cera del XVIII de Susini. Es algo único, dijo con voz grave antes de entrar. Mientras me explicaba el sentido de los miembros diseccionados, aquellas figuras, unidas a la grave voz de Ruggiero, comenzaron a ejercer sobre mí una extraña fascinación. Había algo radicalmente estético en aquellos objetos. Tras contemplar a la desventrada Venerina, necesité un café. Sentada en una terraza con mi chaqueta roja bajo el cálido sol de otoño, respiré.

Comimos en Anna Maria. No hay amenaza que no puedan disipar los tagliatelle al ragù de la octogenaria. Corpulenta, sentada en una mesa de la trattoria, nos lanzó una mirada amable y saludó afectuosa a Ruggero. Parece una mujer encantadora, comenté. Vengo aquí desde que era niño, respondió. Ha sido para mí como una madre.

El lobo y la abuelita eran amigos. El cuento se estaba complicando.

Con una botella de sangiovese la conversación se perdió por caminos insospechados. ¿Dónde te gustaría llegar? Todos queremos llegar a algún sitio, preguntó Ruggiero. Supongo que a un lugar en el que me sienta segura. ¿No se llama a eso un hogar?, contesté.

Él contestó con evasivas. Tengo una sed que parece no calmarse nunca, afirmó. Quizás el puerto de llegada esté allí, en alguna parte, pero no lo veo. La respuesta de golfo impenitente me divirtió. Los italianos son maestros vistiendo la frivolidad de retórica.

Torre, Bolonia, siglo XII

Al terminar, no me ofreció ir a su casa. Pensé que estaba casado, pero no me importó. Le invité a subir a mi torre. Allí, bajo la bóveda gótica, el lobo demostró haber aprendido las lecciones de anatomía. Sus manos sabían aplicar la teoría. Había perdido la cuenta cuando intenté detenerle, pero no parecía mostrarse saciado. Pensando que aquello no ocurre a menudo, le dejé hacer. Devoró, devoró y, al fin, dormido se quedó.

Mirando su enormidad dormida me pregunté, ¿Por qué me gustan los malos?


Plan Cósimo



Bolonia es una maravillosa ciudad a salvo de las hordas turísticas, muy recomendable para una escapada. Primera regla: los spaghetti bolognesa no existen. Son tagliatelle y son al ragù. No es la única especialidad romagnola. Los passatelli in brodo, en caldo, son deliciosos. Mis favoritos son los de Anna María, pero en Da Leonida, más céntrico, la cocina es excelente. Ni se os ocurra ir al Papagallo. El mito cayó hace más de una década. Muy agradables para el pranzo son Il Tinello, Teresina y Cesarina (en la magnífica Piazza Santo Stefano). ¡Y los helados! Inmejorable la amarenata de Funivia, la crema de la Cremería Santo Stefano y la cassata de la Sorbetteria Castiglione.
Lamentación, Niccolò dell' Arca

Para alojaros, consultad por la disponibilidad en la Torre Prendiparte. Aunque es muy limitada, la experiencia vale la pena. Para los no tan osados, el Corona d’Oro es una buena elección.

Y os menciono brevemente mis top. Mi favorito es sin duda la Lamentación en terracota de Niccolò del Arca, en Santa María della Vita. Sobrecogedor. Allí encontramos un magnífico segundo grupo, el Tránsito de la Virgen de Lombardi. No os perdáis el ciclo de las Argonáuticas de los Carracci en el Palazzo Fava, hoy sede de exposiciones temporales. Los museos universitarios, el Palazzo Boggi y el de Anatomía Patológica (Cattaneo), muy cercano, en la Escuela Universitaria, exponen una excepcional colección de ceras anatómicas del XVIII. El Colegio de España, desgraciadamente, está cerrado al público. Para los aficionados a la música, en el Oratorio de Santa Cecilia, en San Giaccomo Maggiore, se ofrecen conciertos de clave. El resto, lo encontraréis en las guías.

Créditos: Medea de los Carracci de Wikimedia Commons; Colegio de España; Cera di Susini, Museo Cattaneo; Torre de Bolonia de Carlos Mejía Greene; Torre del siglo XII; Lamentación por Niccolò dell’Arca


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