21 octubre 2013

Caravaggio, el genio tormentoso

Hay genios que atraen por su armonía, por el equilibrio que destilan sus obras. Otros  golpean. Para mí, Caravaggio pertenece a estos últimos. Frente a cualquiera de sus obras no hay dónde ocultarse. Su sinceridad es absoluta, brutal y directa.

Fue un personaje pendenciero, expulsado de Roma en 1606 por asesinar en una pelea a un tal Ranuccio Tomassino. Pocos años después también tuvo que huir de Nápoles y, finalmente, en Malta, el Gran Maestre, Alof de Wignacourt le retiró el título de caballero que le había otorgado como consecuencia de “faltas morales”.

Fue en esta atormentada oscuridad donde se gestó su creación. Su obra barrió los últimos coletazos del manierismo con los profundos contrastes del claroscuro y su descarnado realismo. Tomaba como modelos a personajes de la calle: prostitutas que se convertirían en vírgenes, santos mendigos y un sin fin de jóvenes que se ofrecen, sensuales y desnudos, al observador.

Este enfoque extremo le causó constantes conflictos con los comitentes: los pies sucios de San Mateo, el vientre hinchado de la Virgen en su lecho de muerte o una caída demasiado contundente de San Pablo, llevaron al rechazo de lienzos que tuvo que repetir.

Pero también le otorgó la gloria. Su estilo encajaba en las directrices de la Contrarreforma. Tras medio siglo de intelectualización manierista, la Iglesia buscaba acercar el arte al fiel y generar una reacción devocional. Los golpes de Caravaggio lo lograron. La fascinación que generó su realismo en la representación de frutas, flores y de la propia carne de sus personajes reunió tras él a toda una escuela: los caravaggistas.

Su genio emergía de forma natural. No hacía uso de dibujos ni bocetos preparatorios. Veía el cuadro en el lienzo, como Miguel Ángel la estatua en el bloque de mármol.

Pero, ¿qué genera esa reacción visceral? El dramatismo de la iluminación es el punto de partida. Las escenas se desarrollan entre luces violentas y fondos oscuros. Las figuras llegan a adquirir un carácter casi escultórico en un entorno puramente neutro, como ocurre en la Virgen de los Palafreneros.

En muchos de ellos, una trágica gestualidad se combina con composiciones desequilibradas y asimétricas. Escorzos y cambios de perspectiva descolocan a quien las contempla, generando ese desajuste que es la herramienta más eficaz para establecer una conversación directa entre persona y obra. En El Entierro de Cristo estos elementos son llevados al extremo. Ante ella, es difícil evitar las lágrimas.

Caravaggio es uno de los artistas cuya fama se ha mantenido constante desde su muerte. Como Velázquez o Leonardo, sus obras han sido una constante fuente de inspiración para creadores a lo largo de los siglos. Eso significa algo. Supo lanzar su tormenta sobre el lienzo. Hoy su violencia y sufrimiento nos siguen alcanzando.

Imagen: Canasto de frutas, Caravaggio, 1596, Wikimedia Commons

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