4 marzo 2013

El hedonismo de la casa pompeyana

Tras mi epifanía en Oplontis, desconcertado ante mi ignorancia sobre la vida en las villas vesubianas, investigué, y aún hoy lo sigo haciendo. Descubrí el sano escepticismo en el que era educado el hombre romano. Sobre un marco ético basado en la responsabilidad civil y el respeto a las instituciones imperiales, disponía de un amplio abanico ideológico-religioso para elegir.

En Roma, la esfera pública y la privada estaban claramente delimitadas. En su esfera privada, el ciudadano ejercía su voluntad con gran libertad, tanto a nivel ideológico como sexual, mientras este ejercicio no interfiriese en sus responsabilidades. Por otra parte, la mujer contaba con una autonomía que no volvería a alcanzar hasta el siglo XX. Aunque no podía aspirar a cargos públicos o magistraturas, era titular de sus propiedades, incluso tras el matrimonio, y era habitual que mujeres con medios de una cierta edad se casasen con hombres más jóvenes.

El marco por excelencia de esta esfera privada era la domus, la casa romana. Según establece el tratado de Vitruvio, la casa se debe estructurar en dos ámbitos, pars publica y pars privata. Éstas se ordenan en función de su cercanía a la calle. Al atrio, el espacio propiamente romano, se accedía de forma directa por las fauces, un estrecho pasaje. En este patio con un implivium central para almacenar el agua de lluvia, se guardaban las imágenes de los antepasados. Allí se ubicaban una capilla a los lares, el larario, protectores del hogar, y el tablinum, donde el dominus despachaba sus negocios durante la mañana.

Pero la gran genialidad romana fue combinar este espacio con otro de origen griego, el peristilo, o patio porticado. Éste se situaba en la parte trasera de la casa. Rodeaba un espacio ajardinado decorado con esculturas, y albergaba los cubiculi o dormitorios, y el triclinium, o comedor. Era ésta la pars privata, en la que se desarrollaba la vida familiar.

El peristilo era el espacio de disfrute por excelencia. Tras los negocios matinales, el romano habitualmente comía fuera de casa, en una taberna o establecimiento público. La tarde estaba dedicada al cuidado personal. Baños, ejercicio y masajes en las termas, públicas o privadas (muchas casas contaban con agua corriente), y la noche se reservaba para recibir a familiares o amistades en la cena.

La cena, sobre divanes, era el acontecimiento social por excelencia. Por ello Vitruvio propone que la casa cuente con triclinia de verano, abiertos sobre el jardín, y de invierno, cerrados, decorados con pinturas murales. En cualquier caso, los investigadores parecen coincidir en que durante el Alto Imperio, en los siglos I y II d.C. se vivió un ciclo climático cálido, lo que justifica la apertura de las casas romanas al exterior.

La sofisticación y el cosmopolitismo romano tuvo en la domus uno de sus grandes escenarios. No podemos olvidar la brutalidad, extrema en muchos casos, de la que nos hablan las fuentes clásicas. Pero me temo que ésta existe siempre. Y ante los jardines escondidos, los muros que juegan en trampantojos, los baños de vapor, o las interminables cenas a la luz de altos candelabros de bronce, hoy el hedonismo vence. No sólo arte, sino arte de vivir.

Imagen: Triclinio de invierno de la Villa de Livia en Prima Porta, s I d.C., Wikimedia Commons.

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