Cézanne, paisaje

13 febrero 2014

Cézanne, el genio sereno

Hay artistas que, tras descubrir un procedimiento o modo de representación determinado se aferran a él a lo largo de toda su trayectoria. Algunos, como Picasso, atraviesan fases en las que su obra se transforma hasta el punto de resultar irreconocible. Pero sólo unos pocos persiguen durante toda su vida y al margen de las tendencias, una visión propia y personal de la perfección.

Cézanne perteneció a estos últimos. Tras exponer con los impresionistas en el Salon des Refusés, decidió trabajar en silencio en Aix-en-Provence, su ciudad natal, hasta sentirse capaz de defender teóricamente su obra.

Para él, el proceso de creación giraba en torno al concepto de réalisation. Lo relevante era cómo llevar a la perfección la plasmación de una idea. Poco tenían que ver sus obras con la naturaleza. Mediante pinceladas que actúan como las piezas de un mecano, ésta se transforma en un objeto intelectualizado, casi abstracto.

En sus obras las formas se simplifican, aspiran a lo geométrico, a una idealización que parece cargar el aire mediterráneo desde Platón. La simetría era para Cézanne una burda trampa, un juego óptico. Sus composiciones, aparentemente sencillas, encierran una gran complejidad.

El maestro de Aix no modelaba la superficie del lienzo. Su visión transmite un profundo desprecio por las convenciones de la perspectiva. A base de manchas, facetas y parches de color, construye representaciones de una limpia sinceridad. Durante sus últimos años estas facetas fueron ampliándose y cobrando vida. Los temas se hacen recurrentes en sus delicadas acuarelas.

Se trata de imágenes que transmiten un perfecto equilibrio, una honda serenidad. Su dedicación al paisaje y al bodegón no es casual. Son sujetos que permiten una contemplación pausada. Pero si su visión es única en estos dos géneros, se acerca de forma muy diferente a cada uno de ellos.

En el paisaje tiende a la abstracción. Marca perfiles y manchas. Sus bodegones, por el contrario, son concretos, matizados, íntimos.

Siempre es más fácil defender lo obvio, el efecto, los fuegos de artificio. La sutileza es esquiva. Requiere acercarse, dar un paso y contemplar. Permanentemente insatisfecho en su obsesión por la Forma, Cézanne nos susurra que es bello recorrer el camino hacia la perfección.

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