• febrero 13, 2014
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Cézanne, una curva en el camino

por Cósimo de Monroy

Una mirada fue suficiente. Había llevado a mis sobrinos al Retiro. Sentado en un banco con un libro de Soseki, observaba a Rodrigo y Pelayo, dos salvajes de ocho y diez, mientras daban vueltas con sus bicicletas al Palacio de Cristal.

Entre sus gritos de entusiasmo, contemplé una figura que ascendía hacia el estanque. Vestía un corto abrigo negro con cuello de piel. Los movimientos de su cabello oscuro seguían la firme cadencia de unas botas de cuero. Al pasar frente al estanque inclinó sus pómulos hacia mí y sonrió con ironía.

Me levanté, esperando que se girase de nuevo. No lo hizo. Consideraba la idea de correr tras ella cuando mis sobrinos detuvieron sus bicicletas. ¿Qué pasa, tío Cósimo?, preguntaron. Con la incómoda sensación que queda tras las oportunidades perdidas, respondí unas palabras sin sentido.

Palacio de Cristal, Retiro, Madrid

Mi hermana me esperaba con un té en el Murillo. Parece que has visto un fantasma, me dijo. Mientras Pelayo perseguía a un perro lanudo con una botella de Fanta, le expliqué lo sucedido. Me suena a algo, contestó con una sonrisa. Recuerdo una noche en Del Diego…

Simoneta siempre pone el dedo en la llaga. Fátima. Sus ojos negros se elevaron desde su gimlet y cayeron sobre mí. Fui incapaz de desviar la mirada. Ante mi estado de estupefacción fue mi hermana quien se acercó a ella y nos presentó.

Los ojos. El amor parece comenzar siempre con una mirada. Pero, ¿dónde estaba ella? Recordé el Tántalo del Prado, condenado a la eterna insatisfacción, a no alcanzar nunca las manzanas que huyen de sus labios.

Tántalo, Gioacchino Assereto, circa 1640

Te estás pasando Cósimo, me dije. Ya no tienes veinticinco años. Desde la catástrofe de Blanca había saturado mi vida de frivolidad. No se me había dado mal. Sonreí pensando en el episodio cordobés.

Pero no había funcionado. Quizás estaba madurando, finalmente. O quizás todo lo contrario. ¿Síndrome Bovary? Constanza me había hablado del mal que asalta a los que persiguen sin tregua un amor irreal e idealizado. ¿Corría peligro el eterno promiscuo?

Tras una hora de gimnasio en la que cometí el error de escuchar a Debussy sentí un irracional pánico de encontrarme solo en casa. Decidí entrar en la exposición de Cézanne del Thyssen.

Castaños en Jas de Bouffan, Cézanne

Inmerso en sus suaves modulaciones de color logré rebajar la tensión. Los pinares, los graneros, incluso el perfil recortado de la montaña de Sainte Victoire evocaban un mundo ordenado y sereno.

Me detuve. Un camino ascendía entre los arbustos girando hacia los tejados de un pueblo. La curva, apenas visible, plana e irreal, cobró sentido. Raramente percibía mis propios cambios hasta que la realidad me golpeaba con su presencia. Nunca me acercaba a la curva. De repente, me encontraba en ella.

La curva en el camino a Mongeroult, Cézanne

Impulsivo, irracional y potencialmente desastroso, pensé. El renegado acaba siempre cayendo en la trampa. Por unos ojos, por una memoria descolocada, por un suspiro sentido a trasmano, ¿qué importa? Sonreí. Casi mejor que no la encuentre.

Me fui a vestir para la ópera. Había quedado con Cuca. Las cuatro horas de lamentos amorosos de Tristán e Isolda no parecían lo más adecuado, pero exaltar el estado de ánimo es a menudo la mejor forma de salir de él.

Antes de entrar, con una copa de cava y encaramada sobre sus Jimmy Choo, Cuca me sometió a uno de sus cáusticos monólogos. Te veo raro, arrancó. ¿No será aún por la pánfila de Blanca? ¡Qué horror de mujer! Quedaste como un idiota delante de todo Madrid. Así que espabila y be sexy, que hay que recuperar puntos. ¿Para qué te crees que vengo aquí contigo? ¿No pensarás que me interesa la música? Había echado de menos su tono incisivo.

Tristán e Isolda, videoinstalación de Bill Viola para el Teatro Real de Madrid

Comenzó el preludio. Cerré los ojos. Me asaltó un ligero temblor. Cuca me cogió de la mano. Cómo estamos de sensibles, susurró. Envuelto por las imágenes de Bill Viola, me dejé llevar. En el dúo que se extiende durante el segundo acto sentí mis confusos sentimientos exacerbarse. En el entreacto una copa me ayudó a recuperar el control.

Pero llegó la Muerte de Isolda. En su lamento sobre el cadáver de Tristán sentí el derrumbe. Un incesante torrente caía sobre su cuerpo. Amor sublimado, absoluto e inalcanzable. Tántalo. Las notas me arrastraban hacia un lugar lejano. No opuse resistencia.

Afortunadamente, cayó el telón. Desperté. Comenzaron los aplausos. ¡Por fin!, ya no podía más, exclamó Cuca. Giré hacia la platea, intentando recuperar mis coordenadas. Perdí el color. Desde la primera fila, sus ojos me miraban.


Plan Cósimo


Un recorrido por las exposiciones que se celebran actualmente en Madrid no deja indiferente. Las Furias, en el Prado hasta el 4 de mayo, comisariada por Miguel Falomir, muestra la interpretación política de las figuras de la mitología clásica condenadas a eternos martirios por cometer faltas contra la deidad suprema: Zeus. Ticio, Sísifo, Ixión y Tántalo, a los que se añade Prometeo, representaron, en época de Tiziano y Rubens, a los gobernantes alzados en rebeldía contra el poder real. Los grandes formatos de los óleos y el montaje diáfano, con la reproducción del Laocoonte del Museo Nacional de Escultura de Valladolid en su centro, magnifican el impacto visual de las obras. Como contrapunto, un delicioso dibujo de Ticio de Miguel Ángel. Del martirio, ni te enteras.

La montaña de Sainte Victoire, CézanneOtra de las citas ineludibles es, por supuesto, Cézanne. No hay que ahorrar halagos. La exposición site/non-site del Thyssen (hasta el 18 de mayo), comisariada por  el director del museo, Guillermo Solana, reúne obras de una extraordinaria calidad. El discurso se basa en la relación entre los dos géneros que estructuran la obra del pintor, el paisaje y el bodegón, estableciendo un diálogo entre ellos. Sobre Cézanne, más en la Píldora.

Y aunque a toro pasado, admito que el Tristán e Isolda de Bill Viola me conmovió profundamente. La ópera, dirigida por Peter Sellars, se desnuda ante las imágenes de Viola. La música, sobrecogedora, se convierte en la esencia de un espectáculo total. Líricos paisajes interiores, la presencia constante del fuego y el agua como elementos primordiales, los juegos de opuestos: luz-oscuridad; hombre-mujer;  vida-muerte; dirigen hacia el verdadero tema de la obra, la sublimación a través del amor. Un gran espectáculo.

Créditos: Palacio de Cristal, por sahib.eric; Montaña de Sainte Victoire, cortesía de la Fundación Thyssen; Castaños en Jas de Bouffan y la Curva de Mongeroult y Tántalo de Wikimedia Commons; Tristán e Isolda ©Bill Viola y ©Teatro Real de Madrid.


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