7 enero 2013

De colecciones y coleccionistas en Nueva York

Las experiencias, ¿se coleccionan como huevos de Fabergé? Silvana lo dejó caer. Bromeé, pero no, no lo creo. Pienso que las emociones transforman. Cada una de ellas hace diferente a quien la vive, aun en un grado imperceptible. A cada paso, la red que conforma nuestra identidad evoluciona y, afortunadamente, nos hace cambiar, madurar, avanzar. Un concepto opuesto a la acumulación, base de cualquier tipo de coleccionismo.

Aunque es cierto que en ocasiones se establece un vínculo emotivo entre sujeto y pieza, frente a las emociones, los objetos son, en esencia,  pasivos. El coleccionista proyecta sobre ellos ambiciones, gustos y vanidades, convirtiéndolos en una extensión ególatra de su propia identidad. Yo colecciono, lo admito. Y soy consciente de que en cada objeto que deseo percibo el reflejo de un ideal, de un rasgo de carácter, de una belleza que nunca podré alcanzar. Adquiriéndolos, los asimilo a mi mundo. Una colección así construida, con sinceridad, siempre es única. Pero éste no suele ser el caso.

Por su poder simbólico, el arte siempre ha representado una vía privilegiada de ascenso social. Y la ambición es algo que siempre ha abundando en la ciudad de Nueva York. Henry Clay Frick (1849-1919), magnate del acero, es un caso interesante. Frick, implacable en su gestión empresarial, que le proporcionó el título de Hombre más odiado de América y un intento de asesinato, buscó redimirse en el arte, donando su colección y su mansión de la Quinta Avenida a la ciudad tras su muerte.

Los conocimientos sobre historia del arte del Sr. Frick debían de ser escasos. Por ello, al igual que otras grandes fortunas de la época como J. Pierpoint Morgan, los Havemeyer o Isabella Stewart-Gardner, recurrieron a críticos como Bernard Berenson, reuniendo grandes colecciones de una excepcional calidad. Al igual que la recreación medieval de John Davison Rockefeller en los Cloisters, no se trata de colecciones sinceras. Más que reflejar la identidad de sus propietarios, la acumulación de obras de grandes maestros refleja el poder de la clase industrial norteamericana sobre la decadente aristocracia europea del momento y, claramente, la búsqueda de redención de los atropellos laborales y empresariales a través de arte.

Desde luego, Frick consiguió su objetivo. Cuando hoy se menciona su nombre, no se recuerda al despótico empresario que ordenó asesinar a los cabecillas huelguistas del acero en Pittsburg, sino el San Francisco de Bellini, la Mujer Riendo de Vermeer, o el retrato de Vincenzo Anastagi de El Greco. Así de injusta es la historia.

Imagen: Capitel en The Cloisters, NY, por AMWRanes

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