• enero 21, 2014
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Colores florentinos

por Cósimo de Monroy

Pero, ¿quién era ese chico?, preguntó Blanca mientras paseábamos por el Lungarno.

Días atrás, en Madrid, había acudido a mi casa para comunicarme su inminente separación. Un profundo gemido se interrumpió cuando vi su figura en la puerta. Durante unos segundos me observó sentado en el sofá, con la camisa desabrochada y el cinturón abierto.

Sus ojos descendieron hacia Martín. De rodillas, movía rítmicamente su cabeza sobre mi cintura. Sin esconder un gesto de estupefacción corrió hacia la entrada. No la seguí.

Desde aquel momento algo se había quebrado en su mirada. No entiendo nada Cósimo, insistió. Las arquerías grises del corredor de Vasari se reflejaban con precisión sobre el Arno. Hacía frío. Con ternura, la cogí de la mano.

Florencia, invierno

Aquel viaje era un último intento. Desde el baile del Cerralbo me había sumido en una desazón que era incapaz de eliminar. Huí. Entre besos con sabor a dry martini obtuve placeres fugaces que despertaron amargos en los labios. Martín había sido el último. No logré olvidar. Tras unos segundos, contesté.

–   Era sólo una distracción.

–   Pero, ¿me quieres?

–   Claro que te quiero.

–   ¿Y estarás a mi lado tras el divorcio?

–   Separarte de Valerio sería la mejor decisión de tu vida, esté yo o no.

–   ¿Y hay más chicos?

–   Sí, claro que hay más chicos. Pero estoy contigo. Estos meses también han sido difíciles para mí.

–   Lo sé. Quizás te haya exigido demasiado.

Nacimiento de Venus, Boticelli, detalle

Nos detuvimos y la besé. Una ráfaga de viento hizo ondear mi abrigo. Introduje mi mano entre sus cabellos dorados. Por un instante recuperamos Reims. Pero yo era consciente de que había luchado demasiado contra mis sentimientos.

Cruzamos el Ponte Vecchio y una desierta Signoria. Contemplé el Neptuno de Ammannati. Su figura se erguía poderosa contra el gélido cielo de invierno. La sombra de la duda asomó en la mirada de Blanca.

Neptuno, Ammannati

Entramos en el Bargello. En la sala Donatello el cuerpo masculino se ofrecía, sensual, en luchas y forzados escorzos. San Jorge, firme en su hornacina, parecía el único ajeno a la voluptuosidad. ¿Pasamos a Pisanello?, propuso Blanca, agitada.

Sus vacilaciones me hicieron temer de nuevo un paso atrás. Necesitaba una certeza. Con una copa de vino en la Cantinetta del Palazzo Antinori, la presioné.

Vesta nunca te dejará ir si no muestras decisión, afirmé. Ha socavado tu voluntad. No podrás dejarle. Una lágrima recorrió su rostro. No quiero hablar de él. He venido para olvidarle. Llévame a la Procesión de los Magos, suplicó.

Procesión de los Magos, Gozzoli, detalle

Éramos los únicos visitantes en el Medici-Ricardi. En el reducido espacio de la capilla, las sombras y el silencio proporcionaban un aire de ensoñación a los colores puros de Gozzoli.

El abrigo de zorro de Blanca marcaba una nota discordante. Suspiró. Me encantan estos paisajes. En ellos todo parece claro, definido, comentó. Sólo en apariencia, contesté. Si te fijas siempre hay un conejo escondido, como en los sombreros de los magos. Nada suele ser lo que parece.

Tras comprar unos perfumes en Santa María Novella nos dirigimos al hotel. Con la excusa de una visita pendiente paseé a solas por Oltrarno. Me había sorprendido no haber sentido ningún impulso hacia Blanca en la Capilla Medici. Normalmente ese tipo de espacios me excitan.

Fuente en Oltrarno

Entré en una enoteca. Con un tinto de la Valtelina pensé sobre aquel viaje a Florencia. ¿Hasta qué punto había sido un medio para restituir mi vanidad herida? Mis sentimientos por Blanca, que tan inútilmente había intentado destruir, se estaban consumiendo por sí solos. Sentí alivio. Nunca me ha gustado sufrir.

Volví al hotel e hicimos el amor antes de salir. En La Giostra pedí champagne. Deseaba que Blanca guardase un buen recuerdo de aquella escapada. Predominaba el look East Coast, con un toque Ginza y algún sofisticado local.

La Giostra

Al aparecer Salvano de Habsburgo-Lorena, ami d’enfance y alma del lugar, sonreí al comprobar la sorpresa en la expresión de Blanca.

De mirada seductora, alto, robusto y atractivo, lucía una disparatada sucesión de brazaletes plateados de la muñeca al codo. El atrezzo se completaba con unos aparatosos collares sobre la camiseta, melena rizada y cinturones metálicos. Me saludó con cariño, apoyando su mano sobre mi hombro.

A medida que avanzaba la cena, la abarrotada intimidad se hizo vibrante. En un lugar en el que todos se miran, los movimientos de Salvano sabían favorecer un crescendo en la promiscuidad ambiental.

Con la segunda botella, noté que Blanca comenzaba a sentirse incómoda. Cuando, con un sonoro acorde de sus brazaletes, aquel Jerjes florentino se sentó a nuestra mesa para compartir una copa, la tensión en su gesto se agravó. Mi relación con él siempre había sido ambigua. Blanca percibió una nota sarcástica en su mirada. Violentada, se levantó.

Galleria degli Uffizi

Sé cuando una mujer emite un ultimátum. Le acompañé a por su abrigo y nos encaminamos hacia el hotel entre las pálidas luces nocturnas. La intenté abrazar, pero se retiró. Estaba al borde de las lágrimas. Agotado ante aquel incesante conflicto, no intervine.

Sentada en uno de los bancos de oscura piedra gris de las arquerías de los Uffizi, Blanca colapsó.

Ha sido un error, Cósimo. No debería haber venido. Tras lo de aquel chico accedí a acompañarte porque te quiero. Te creí. Pensé que todo se arreglaría estando juntos, como en Reims. Pero no ha sido así. Me siento confusa. Ya no confío en ti. Mañana me iré.

Y rompió a llorar. Entre caricias susurré que todo se arreglaría, que aquello no había sido más que una piedra en el camino. Pero sabía que aquella relación agonizaba.

Jardines Boboli

Al día siguiente, tras acompañar a Blanca al aeropuerto, sentí una triste sensación de calma. La tarde, soleada, templó mis pensamientos. Recorrí los jardines Bóboli y los rincones de Villa Bardini. Ya al anochecer, ascendí hacia San Miniato. En la oscuridad de su interior de piedra blanca y verde sonaban los cantos gregorianos de la congregación.

Al salir, Florencia me sorprendió en su luminoso esplendor nocturno. Contemplando la ciudad desde el mirador, recorriendo mentalmente mis itinerarios con Blanca durante aquellos días, pensé en el laberinto.

Una vez se abandona la línea recta es fácil perderse. Lo sabía bien. Pero quizás fuese ésa la única forma de encontrar la salida. Al fin y al cabo, es mucho más fácil disfrutar del camino si no se sabe dónde se quiere llegar.

Florencia desde San Miniato

El romance entre Blanca y Cósimo comienza en Champagne, ex aurea mediocritas y continúa en ¿Un vals?


Plan Cósimo


Florencia es el hogar del Síndrome de Stendhal. No es de extrañar. En la ciudad, cada iglesia, cada palazzo, cada ventana que se abre a la calle, contiene un cúmulo de belleza que en ciertos casos se hace insoportable. Requiere una visita pausada. Por eso me encanta en invierno. Si Roma languidece en esta época, Florencia emerge favorecida en sus fríos grises y verdes.

Fachada de San Miniato al Monte

A los que nos apasiona la escultura, existen pocos lugares como el Bargello. La maestría del juego de fuerzas del San Jorge de Donatello me sigue fascinando, así como las marcas de punzón en el Tondo Pitti de Miguel Ángel, las medallas de Pisanello y las frutas y flores que rodean las obras en mayólica de los della Robbia.

La Cantinetta del Pallazzo Antonori es un pequeño local en el más puro estilo florentino. Madera oscura, camareros con chaqueta blanca y  productos de las tenute de los Marqueses Antinori, desde el aceite hasta el vino. La pasta al ragú, típica de Toscana, deliciosa. La Giostra es la otra cara de Florencia. No me atrevería a ir en verano, pero el turismo de invierno permite ciertas licencias. El lugar tiene sabor, y los personajes que lo frecuentan aseguran una cena divertida. Las fotografías de celebrities con los gemelos Habsburgo-Lorena no tienen desperdicio.  Excelentes, los ravioli de espinacas.

Con Blanca me alojé en el Hotel Lungarno, en Sancto Spirito, al otro lado del Ponte Vecchio. Es el barrio que se impone, alejado de las muchedumbres de turistas. Anticuarios, talleres artesanos y vida cotidiana florentina. Chic y refrescante. Además, gran cantidad  de estupendos restaurantes, como Il Santo Bevitore, en cuya enoteca me tomé un sobrio Fay de la Valtellina.

Figura de los Jardines Boboli

Si os animáis a un paseo por los jardines del Pitti, los Bóboli, preguntad por Villa Bardini. Se accede desde una entrada en su parte superior. Las amplias terrazas de este jardín romántico y su decoración escultórica ofrecen además unas magníficas vistas sobre Florencia. Y para vistas, las que se contemplan desde San Miniato al Monte. Desde esta maravillosa iglesia románica el panorama sobre la ciudad es inmejorable.

No me olvido de la Officina Profumo de Santa Maria Novella. Toda la información en el post de Mundo Cósimo.

Creditos: Florencia invierno por lucatraversA; Nacimiento de Venus de Botticelli y detalle de la Procesión de los Magos de Gozzoli, de Wikimedia Commons; Neptuno de Ammannati por jojo77; fuente en Oltrarno por Satacey Kizer; fotografía de La Giostra cortesía del restaurante; Uffizi nocturnos por Simon Greig; jardines Boboli por tammylo; Florencia desde San Miniato por mrdonb; fachada de San Miniato por Holly hayes; figura de los jardines Boboli por jihaisse


 

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