• octubre 21, 2013
  • TIPS

Cósimo vs Caravaggio

por Cósimo de Monroy

Tenía que saberlo. Tenía que saber si soportaría contemplar de nuevo La Vocación de San Mateo.

Durante ocho años había logrado evitarlo. Cuando aparecía en un libro, cuando me asaltaba en una revista o en la pantalla del ordenador siempre conseguía escabullirme, hacerlo desaparecer de mi vista.

Con un ligero temblor recordé aquella tarde lluviosa en San Luigi dei Francesi. Vi el destino en ese gesto irrenunciable. Me señaló. Oí sus palabras. Te elijo a ti. No importan tus deseos. Vendrás conmigo. Las fuerzas me abandonaron y me desvanecí.

La vocación de San Mateo, Caravaggio, detalle

Logré seguir adelante. Pero aquel cuadro de Caravaggio se convirtió en el símbolo de mi caída. Debía enfrentarme a él. Había pasado demasiado tiempo.

Y allí me encontraba, sentado en el salón de mi casa ante un número antiguo de FMR con un primer plano del fatídico San Mateo. Debía hacerlo, pero ¿cómo?

No podía ir solo. Demasiado riesgo. No me seducía la idea de verme asaltado por una crisis de ansiedad en presencia de ninguna de mis acompañantes habituales.

Sonó el móvil. Era un mensaje de Juan. ¿Cómo va el señor príncipe? Siempre irónico el chico. Quizás con él sí, pensé.

Como fotógrafo obsesionado por el barroco, conocía Roma tan bien como yo. Nuestra relación mantenía una sana tensión. Su tono cáustico me divertía. Un diablo engaña a otro diablo, me dije. Así que, ¿por qué no?

Piazza Navona

Dos semanas después aterrizábamos en Fiumicino. Había elegido un pequeño hotel entre Navona y Sant’Angelo. El otoño, cálido, inundaba Roma.

Tras una pizza en Da Francesco tomamos un vino frente a la enoteca de Monte della Farina. Apoyados en el muro ocre de San Carlo con una copa de chianti reviví las tardes de aquel duro invierno con Caterina.

Los angulosos rasgos de Juan se giraron en una sonrisa. Estamos trágicos, ¿no? Sus ojos negros se perdieron en mí un instante. Un bostezo llenó su camiseta. Dispuesto a ahuyentar mis fantasmas, terminé mi copa de un trago.

Pedimos otra botella. ¿Te parece que vayamos mañana a Santa María del Popolo?, propuse. Aquí el valiente, contestó. Tú del caballo ya te has caído, que yo sepa. Sonreí. Te doy un día, continuó. A mí no me la das, me dijo lanzándome una mirada felina.

En el hotel hicimos el amor en la oscuridad. El cuerpo a cuerpo no disipó mi desasosiego. Sobre la cama, exhausto, no logré conciliar el sueño.

La conversión de San Pablo, Caravaggio, detalle

¿A que te has visto en la caída de San Pablo?, me preguntó la mañana siguiente a la salida de Santa María. Le miré de reojo, turbado. Rió. Tu egolatría me supera, contestó. De puro obvio eres encantador, dijo y cogiéndome del brazo, me besó. Me retiré. Aquellos gestos no eran habituales en Roma.

Quizás te vendría bien un hacer una peregrinación Caravaggio para aplacar a tu némesis, propuso tras agotar todas las perspectivas de la plaza. San Mateo puede esperar, nos queda todo el día. Sonreí. Había un corazón bajo aquella gruesa capa de cinismo.

Judith y Holofernes, Caravaggio, detalle

Pero el diablo sabía bien lo que hacía. Me forzó a mantenerme frente al gesto descompuesto del Holofernes del Barberini. Su cámara disparaba, infatigable. Bestial, comentó. Presa de una profunda inquietud, cerré los ojos.

En la Galleria Borghese me asaltó el doloroso bucle de la serpiente de la Virgen de los Palafreneros. La culebra y el decapitado. Sentí pavor ante aquellos reflejos de vanidades caídas. Intentando controlar mi alteración, escapé al jardín.

La Virgen de los Palafreneros, Caravaggio, detalle

Tras la comida, con un café en Sant’Eustachio, me miró a los ojos. Estás muerto de pánico, ¿verdad?, preguntó. Los neuróticos nos entendemos. Me abrazó y, por primera vez con Juan, cedí al abrazo.

Nos dirigimos al Palazzo Doria. En una sala saturada de estatuas romanas Juan contemplaba la oscura sensualidad del joven Bautista. Le miré, confuso. Quiero verlo ahora, dije. Vamos a San Luis. Con una sonrisa, asintió.

San Juan Bautista, Cavaravaggio, detalle

Recuerda que estoy a tu lado, afirmó mirándome a los ojos antes de entrar. Mis piernas flaqueaban. Con paso forzadamente decidido me dirigí a la Capilla Contarelli.

Un grupo de turistas españoles se agolpaban contra la balaustrada que delimitaba la nave de la iglesia. Una chica que mascaba chicle con fruición comentó, ¿éste a quién señala?, dirigiendo su mirada a la figura de Cristo. ¡Hace falta ser guarro!, exclamó una pareja mirando los pies sucios del evangelista.

San Mateo, Caravaggio, detalle

Sumido en la vulgaridad de los comentarios contemplé La Vocación de San Mateo. Nada. Nadie me señalaba. El ruido había neutralizado mi pánico. Observé las camisetas chillonas y las chanclas de mis compañeros de visita y, por una vez, me sentí agradecido hacia aquel fragmento de muchedumbre. Respiré. Con una sonrisa cogí a Juan de la mano. Vámonos, susurré.

Aquella noche, frente a unos cacio e pepe en Roscioli, dejando crecer la suave ebriedad del Brunello, supe que mi diablo se había disuelto. El pasado, enterrado, se ahoga. Sólo hace falta un muro ocre sobre el que apoyar la espalda y ser capaz de mirarle a los ojos entre la multitud.

 

Juan aparece por primera vez en Las vanidades de Cósimo


Plan Cósimo


La Via dei Coronarii, entre Navona y Sant Angelo, es una de mis calles favoritas de Roma, con anticuarios y un par de restaurantes que valen la pena, como La Cantina del Vecchio. Para tomar una pizza en la zona, uno de mis favoritos es Da Francesco, en la Piazza del Fico, auténtico y sin pretensiones. Si queréis tomar algo antes o después, os recomiendo el Bar del Fico, actual y divertido. Aunque si hace buen tiempo (en Roma casi siempre lo hace) es un placer tomarse un vino en la enoteca Il Vinaietto la calle Monte della Farina, cerca de Campo de Fiori. Prefiero el café de Sant’Esutachio al de la Tazza d’Oro, pero en Roma hay un constante debate sobre la cuestión. Pero para un plato de pasta tengo mi  clara mi elección: Roscioli, en Via Giubonari. Una salumería con unas pocas mesas donde se sirve la mejor carbonara de Roma.

Caravaggio, Descanso en la Huída a Egipto

Por supuesto, el tour Caravaggio no se debe realizar en una primera visita a Roma. Es un recorrido para iniciados, una forma de peregrinación. Un itinerario no exhaustivo para realizar quizás en dos días con tiempo para asimilar sus sobrecogedoras obras. Quizás el mejor punto de partida sean las Galerías Capitolinas, donde se conserva la Buenaventura, una obra de juventud del pintor. Desde allí no está lejos el Palazzo Doria-Pamphilj, donde se necuentra el Descanso en la huida a Egipto, de la misma época, y un sensual San Juan Bautista. El siguiente paso sería la Capilla Contarelli de San Luigi dei Francesi, con las escenas de San Mateo. Desde allí se puede tomar la via della Scrofa hacia Santa María del Popolo y su San Pablo. Tras esta parada, por la Via del Babuino y la Piazza de Spagna se alcanza a Judith y Holofernes en el Palazzo Barberini. Si quedan energías no está lejos la estrella del recorrido por el número de obras del pintor:  la Galería Borghese, donde es necesario reservar con antelación.

Créditos: todas las imagenes de Wikimedia Commons.


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