• marzo 19, 2013
  • TIPS

Crazy Cáceres II

por Cósimo de Monroy

Cósimo, ¿me pasas los pendientes? Mira en el bolsillo de mi maleta, oí desde el baño. Ya vestido, con chaqueta y camisa blanca, disfrutaba en solitario la última copa de champagne.

Abrí el estuche. Diamantes, montura decó. La chica no tiene mal gusto, pensé. Contemplando la Torre de Sande por la ventana, apuré la copa.

Llegamos tarde al Museo Vostell, donde se celebraba el cocktail pre-cena de María Gracia. Bosco se había negado a trasladarse a Malpartida, a diez kilómetros de Cáceres, en el autobús fletado para la ocasión. Fuimos en su Ferrari. Mala elección. Los caminos de acceso al museo no eran Monza.

Las pullas entre Cuca e Irina comenzaron en el asiento de atrás. Cuca, en inglés: Oye, mona, ¿no crees que vas a pasar un poco de frío con tanta espalda al aire? Irina: Gracias por preocuparte, pero me gusta enseñar un poco el culo, a los hombres les excita. Supongo que a tu edad tendré que ir más, ¿cómo decirlo?, ¿tapada? Sonrisa pérfida de Cuca. En español: Esta zorra se va a cagar. Silencio.

Miré a Bosco de reojo, alarmado. El hombre sudaba oyendo las piedras rebotar contra los bajos. Éste no se entera de nada, pensé.

En la sala, un antiguo lavadero de lana con amplios arcos de ladrillo, se distribuían las delirantes instalaciones del artista. El centro lo ocupaba un coche-araña, rodeado de platos, con rastrillos móviles a manera de patas. Sonaba el minimal-techno de la DJ session.

Tras una estupenda entrée, constaté el exceso de apellidos en la sala. Mucho blazer y pseudo-couture. Como esperaba, la modelo rusa, el eterno promiscuo y su pareja nos convertimos de inmediato en el tema central de conversación.

El exiguo vestido de Irina estaba causando el efecto deseado. It seems we’re the show tonight, dear, comentó a Bosco, encantada. Cuca, con un drapeado negro de Armani, se mantenía distante.

María Gracia, que para la ocasión se había puesto encima todo el joyero de su madre, nos presentó a un rancio grupo de primos pretendiendo que entablásemos conversación. Me escabullí.

Miré el reloj. Las ocho y media. Un poco pronto, pero sentí que iba a ser necesario tajarse. Divisé a un estupendo camarero preparando mojitos. Jose (no José, aclaró), de Móstoles. Mi salvación.

Cuando iba por el tercero y le tenía en el bote, aterrado, vi acercarse a Irina. Mi hermana, que acababa de entrar con traje rojo de Nacho Aguayo, se adelantó. ¡Qué coñazo de marido tengo! No encontraba el camino, ¿tú te crees?, exclamó. Contemplé a Gabino con su ubicua teba. ¿El estilismo es tuyo?, pregunté. Sonrió, ¡serás capullo!, y cogió un mojito.

Irina, con una copa de cava, aterrizó sin presentarse. So you’re the sister of the most handsome man in the party. Wonderful dress. Can’t beat the Monroys, can you? Simoneta se giró. ¿Y ésta quién es?, preguntó, ¿no te la habrás traído tú? Sonreí, señalando a Bosco. Irina me tocó el culo. Mi hermana no daba crédito. Me encogí de hombros.

Llegó el turno del vino. Camareros con chaqueta blanca repartían tapas de migas y torta del casar. El mozo de Madrid Sur no me quitaba ojo mientras se retiraba. Le hice una seña.

Fingiendo limpiarme una mancha, logré escabullirme a la sala contigua, cerrada al público. Sobre la pared se superponían, en El Fin de Parzival, cuatro hileras de motos de los setenta. El cuerpo compacto de Jose apareció a los dos minutos. Su mirada se hundía en unos profundos ojos azules. Has tardado mucho, dije irónico. Besaba bien. Quedamos en vernos más tarde.

Volví al cocktail. Cuca, Simoneta y María Gracia hacían parecer a la Inquisición un juego de principiantes. Irina, aburrida, lanzaba miradas furtivas a todos los hombres de la sala, incluyendo a los camareros. Sois unas arpías, dije. Cogí a la bella despellejada y la llevé con Bosco, ya bastante disperso. Apurando mi vino, me di un respiro. La fiesta comenzaba a resultar divertida.

En Atrio, una copa de champagne antes de la cena contribuyó a acentuar nuestro ya precario estado. Habían separado a las parejas. Me senté con Irina y Simoneta.

Acompañada de un delicioso ródano, comenzó la coreografía. La sucesión de platos y los sobrios movimientos de los camareros, convertían la escena en un preciso juego de gestos y sabores.

A medida que avanzaba la cena, para mi sorpresa, la animadversión inicial entre Simoneta y la modelo se convertía en una sospechosa complicidad. Irina estaba dispuesta a cualquier cosa por complacerla y a mi hermana, vanidosa como buena Monroy, la situación le divertía. Esa conexión no podía traer nada bueno.

Me apliqué al vino con intensidad. Pese a todos mis esfuerzos, gracias a la prodigiosa actuación de los camareros, la copa nunca llegaba a vaciarse. Tras el evanescente capucino de foie y la pluma de presa ibérica, mis recuerdos empiezan a hacerse confusos.

De forma discontinua, se superponen una irreal bodega, una capilla dedicada a una mítica botella de Chateau d’Yquem y Cuca acercándose a la mesa. Irina gritó. Con gesto indiferente y un golpe de melena, la agresora dejó caer una disculpa. Ay, ¿te he pinchado? Hija, perdona, el broche tiene el cierre suelto.

Tras la cena, imágenes inconexas. El salón estilo parador de la casa de María Gracia. Música petarda. Yo, poniéndome un yelmo. Bosco cogiendo una lanza. Jose que reaparece. ¿Pero qué haces aquí? Pues poner copas. Con el ciego que lleva todo el mundo la señora me ha llamado de urgencia.

Irina bailando encima de una mesa. Cuca enganchándole en el vestido. El vestido por los aires. Irina desnuda. Los primos de María Gracia, desencajados. Un revolcón con Jose en una cama con dosel. Mi hermana, que entra buscando un chal. ¿Pero ése no es el camarero? De verdad, Cósimo, lo tuyo no tiene solución. Portazo. Cuca de confidencias con Bosco. Gin & tonic azul eléctrico.

Una discreta huida. La luna, demasiado grande sobre la plaza. Los rostros, divertidos y desconcertados, en un bar canalla. Bosco metiendo mano a Cuca. Irina partiéndose de la risa con un grupo de lesbianas punkys. Susurros al oído para escapar. Besos en la oscuridad. Sus zapatos, volando en un cielo estrellado.

Y un amargo sabor al despertar.

Todo comienza en Crazy Cáceres I, ¿lo has leído? Y fin de fiesta en Crazy Cáceres, Epílogo.

 


Plan Cósimo


El Museo Vostell, en Malpartida, se encuentra a unos diez kilómetros de la ciudad de Cáceres. Fundado en 1976 en un lavadero de lana del siglo XVIII ubicado en Los Berruecos, un maravilloso enclave natural, comprende las colección de Wolf Vostell, la colección Fluxus, donada por el coleccionista italiano Gino di Maggio, y una colección de artistas conceptuales.

El cocktail se celebra en torno a La fiebre de automóvil, una instalación creada sobre un Cadillac Fleetwood de los 70. María Gracia había contratado para la Session a un seguidor del DJ Ricardo Villalobos, un interesante personaje que inventó el concepto del minimal techno. Un estilo de música electrónica que hoy se ha generalizado. Me escapo con Jose a la sala de la instalación El Fin de Parzival, que recibe ese nombre por haber sido ideada por Dalí para una producción de la ópera de Wagner en París, aunque con bicicletas en vez de motos Sanglas.

Irina bebe cava Privat Laieta (18-20€) y, más adelante, se sirve el tinto Clio (35€), realizado a base de monastrell y cabernet sauvignon en Jumilla, una denominación que tanto está sorprendiendo. Simoneta lleva un modelo de Nacho Aguayo, un joven diseñador que en su estudio de la calle Fernando el Santo de Madrid estará encantado de presentaros su nueva colección y, si queréis algo especial, realiza encargos a medida.

Una cena en Atrio es una auténtica experiencia sensorial, creada por los maestros Toño Pérez y José Polo. El menú degustación evita excesos efectistas, manteniendo una línea sobria y delicada, que se refleja en mis favoritos: el capucino de foie, el ceviche de zamburiña, la pluma ibérica y el binomio de torta del casar. Sus dos estrellas Michelin se disfrutan. Para el vino os recomiendo que os dejéis aconsejar. La bodega de Atrio es una de las mejores del país. Alberga una mítica botella de Chateau d’Yquem de 1806. Cuenta la leyenda que, tras un infortunado accidente, ésta se rompió por el cuello. Tras una operación de urgencia fue trasladada a la bodega del Conde Alexandre Lur Saluces, cuyos enólogos lograron salvar su preciado líquido.

A la llegada al restaurante nos ofrecen una copa de Pierre Péters, un delicioso champagne blanc de blancs. Durante la cena tomamos un Côtes du Rhône, Domaine de Gramenon. No es fácil encontrarlo, por lo que os propongo algunas opciones de la misma denominación. Son vinos con cuerpo y complejos, que se elaboran con syrah y garnacha. Os sugiero el estupendo Cornas Renaissance (entre 35 y 65€, según la cosecha), y el biológico Crozes Hermitage de Domaine Combier (20€).  Para los que deseen un básico para iniciarse en la zona, recomiendo el Jaboulet Parallèle 45 (10€).

Créditos: La Torre de Sande y las imágenes de Atrio, por Carles Allende; los modelos de Nacho Aguayo, por Paula Folch; La Fiebre del Automóvil, de Wolf Vostell, de Wikimedia Commons; mojito, por miamism2; El Fin de Parzival, de Wolf Vostell, por gonmi; y coraza, por marfis75.


COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook

Sígueme en twitter

Fetch Tweets: Sorry, that page does not exist. Code: 34

INSTAGRAM