• marzo 12, 2013
  • TIPS

Crazy Cáceres

por Cósimo de Monroy

Abrí los ojos. La cabeza me iba a explotar. Estaba desnudo sobre la cama del hotel. Resoplé. Vacío total. Al menos había llegado a mi habitación. Extendí el brazo. Pierna femenina. Demasiado delgada. No era Cuca. Reuní valor y giré la cabeza. Joder, era Irina. No tenía ni idea de cómo había llegado allí. Volví a resoplar.

Bosco me había llamado unos días antes. ¿Cómo te va, campeón? Vas a la fiesta de María Gracia, supongo. No te preocupes, no te pregunto con quién. Bueno, jefe, pues si te parece nos adelantamos y organizamos algo. Ya me ocupo yo. Vendrá Irina, así que por lo menos que hable inglés. Ésta aún no se entera de nada. Abrazo, majete.

María Gracia de Sotomayor y Solís, amie d’enfance de mi hermana Simoneta, organizaba una fiesta en Cáceres. Ante su próxima marcha a Dubai, donde habían destinado a su marido, ingeniero de caminos, quería despedirse de los íntimos, unos cincuenta más o menos.

Si el peligro que encierra una fiesta es directamente proporcional a la ranciedumbre de la anfitriona, un evento organizado por María Gracia podía resultar tan absurdo como divertido. Nada como ir de moderno para pasarse de vueltas.

Le propuse que me acompañase a Cuca Fontanalls, consultora y amante esporádica. Conocía a muchos de los invitados, y con Bosco se llevaba muy bien. Aceptó encantada.

Cuando llegamos a Atrio, la clave hotelera y gastronómica en la ciudad, nos encontramos a Irina en la entrada tomando una copa de champagne. Champagne a estas horas, ¿pero ésta de qué va?, me dijo Cuca. ¿Has visto el vestido?, va con el culo al aire la muy zorra. Y esos tacones… ¡por favor! Será modelo, pero se ve que en Rusia la pobre ha pasado hambre. 

Mantenía su tipazo a golpe de gimnasio, pero a partir de los treinta y cinco, los años empiezan a dejar huella. Ningún hombre ha sido capaz de aguantar su castrante vida profesional y un carácter explosivo. Pero a mí, las miradas taladrantes y sus continuos golpes de melena me divierten.

Cenamos caza en el Figón de Eustaquio. Bosco, con su habitual uniforme Barrio de Salamanca, charlaba de business con Cuca. Los ojos claros de Irina, sentada frente a mí, tramaban algo.

Tras la tercera botella de vino, se descalzó bajo la mesa y empezó a juguetear. Eres muy mono, me dijo en inglés. Sonreí. Sabía donde poner el pie, y lo que es peor, cómo moverlo. Encendí la señal de peligro.

La cena terminó pronto. Irina era incapaz de articular antes de llegar al postre. Bosco la llevó en brazos al hotel, con su Birkin fucsia al hombro y la melena rubia cayendo sobre el blazer.

La mañana siguiente, tras un enorme desayuno, paseamos. Hacía una bonita mañana de invierno. La luz caía pálida contra la piedra ocre de Cáceres. El único cambio sustancial en el modelo de Irina eran unas gafas de sol de Gucci. Ésta se descoña entre los adoquines, profetizó Cuca.

Manteniendo un asombroso equilibrio sobre los tacones, Irina no perdió ocasión para provocar roces fortuitos. No pasaba los veinte pero, había que admitirlo, la chica tenía talento. Cuca, distraída con Bosco, la despreciaba demasiado para considerarla una amenaza.

El aljibe almohade me sobrecogió. Los arcos de herradura se sucedían sobre el agua, en la penumbra. Contemplaba las arquerías desde la pasarela cuando Irina se acercó por detrás. Estábamos solos. Con suavidad, su mano rodeó mi cintura y se internó bajo el pantalón. Excitado, callé.

Una voz me alarmó y me di la vuelta. Tenemos que salir, dije, se van a preocupar. Negó con la cabeza. Su boca bajó hasta mi cintura. Gemí. Sí, tenía talento. Cerré los ojos. El aljibe se desvaneció. Había perdido el control.

Sobresaltado por unos pasos que se acercaban, recuperé precariamente la compostura. Mientras me recomponía, Irina lanzó una risita cómplice. So hot in here, isn’t it?, exclamó irónica, subiendo la escalera a golpe de tacón.

Encontramos a Cuca y a Casto tomando un vino. El episodio del aljibe me había alterado. ¿Estás bien?, preguntó Cuca. Sí, claro, ¿por qué no vamos a Helga?, propuse. Sabía que Bosco no era un entusiasta del arte actual. Afortunadamente, optaron por el vino.

Recorrimos las salas de la Fundación Helga de Alvear. En cada una de ellas, las líneas limpias de Tuñón y Mansilla creaban espacios para la contemplación. Aunque no me sentía muy receptivo, una instalación con neones de Jason Rhoades, Empalmado bajo la Tienda, me hizo sonreír.

Volvimos al hotel de la mano. Mi inquietud persistía. Me conozco, ese viento amenazaba tormenta. Así que decidí salir a correr. Bajo la mirada reprobadora de Cuca, me cambié con prisa. ¿A correr?, ¿ahora?, preguntó, rozando la agresividad. Sí, hace buena tarde, ¿no crees? Ignorando su crispación, sonreí, le di un beso en la mejilla y salí por la puerta.

Las calles, rojizas al atardecer, estaban vacías. Bajé hasta la Torre de los Golfines y rodeé la muralla. En mi iPod sonaba el concierto para cello de Elgar, por Jacqueline du Pré. Cuando lo oí por primera vez me había mantenido inmóvil, atrapado. Alcanzó ese lugar oculto que, muy dentro, creemos mantener a salvo.

Aceleré la marcha. Pasaba el Arco de la Estrella cuando arrancó el segundo movimiento. Tras tres acordes solitarios, el tono se elevó. Las cuerdas gemían. Con un golpe de la orquesta, el cello, quebrado, se rasgó.

Sin dejar de correr lancé un grito. Brotaron las lágrimas. Dos ancianos me miraron desde un portal. Me detuve unos segundos ante la Puerta de San Andrés, respirando con profundidad. Eso está mejor, pensé. El grito funciona. Nada como una buena caída para mantenerse en pie.

Sudado y restablecido, llegué al hotel. Pedí que nos subieran una botella de champagne. Tras la agitada mañana, nos sentaría bien una pequeño tête à tête.

Cuca me esperaba leyendo sobre la cama, con un camisón corto de satén y el gesto torcido. Me acerqué. ¿Me has echado de menos?, pregunté con la expresión más desamparada de mi repertorio. No mucho, contestó, de momento la novela está resultando mejor compañía que tú. Leía Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, y estaba cabreada.

Opté por ser cariñoso. No fue fácil, pero cuando me pidió que no me duchase, supe que estaba hecho. Nunca el sexo con Cuca había sido tan intenso. Recogía el cubo de hielo con el André Clouet Millesime de la puerta cuando vuelta en sí, exclamó, ¡qué bárbaro!, te tengo que sacar más de viaje. Debía haber dado la talla, porque era parca en halagos. Sonreí.

Tras el champagne y una buena siesta, recordé a Irina. La hora de la fiesta se acercaba. Sentí la difusa expectación que surge cuando hay variables fuera de control. Aún medio dormida, Cuca murmuró, habrá que empezar a pensar en vestirse.

La fiesta continúa en Crazy Cáceres II.

Cuca era la dueña del perrito dorado de Jeff Koons en Señor Proust, la magdalena no es suficiente. Irina y Bosco hacen una entrada triunfal, con Ferrari incluido en Aquiles en Palencia.


Plan Cósimo


Cáceres es, sencillamente, una de las ciudades más bonitas que he visto. Su parte antigua, con una abrumadora concentración de portadas platerescas, se capta en un paseo. Su escala no podría ser más agradable para quien llega de una gran ciudad. El color ocre pálido de la caliza local resulta, además de muy bello, extremadamente relajante.

Nos alojamos en Atrio, un Relais & Châteaux que nació como concepto gastronómico de la mano de Toño Pérez y José Polo, y que hoy atesora dos estrellas Michelin. Al margen de la controvertida intervención de Tuñón y Mansilla en el exterior del edificio, el interior roza la perfección. Logra el objetivo que deben buscar los establecimientos de su nivel. Al cruzar sus puertas te sientes en un ámbito diferente, sofisticado sin ostentación. El servicio es, simplemente, perfecto. Obviamente, está reservado para carteras a prueba de crisis, pero la experiencia lo merece sobradamente. Por supuesto, el Parador, a escasos metros, es una magnífica opción. Recién renovado, con bastante buen gusto, resulta muy agradable.

El restaurante clásico de la ciudad es el Figón de Eustaquio. Excelentes, los platos de caza. En la cena nos inclinamos por el venado. Bebimos un syrah de la provincia, Habla 10, hermano mayor de Habla del Silencio, que refleja el buen hacer y la búsqueda de modernización de las nuevas bodegas españolas. Al día siguiente tomamos unos vinos y unas tapas en La Cacharrería. Otra buena opción es la tapería de Torre de Sande que, con el buen tiempo, ofrece un agradable jardín. Para los golosos, muy recomendables los perrunillos, unos deliciosos mantecados.

Con Cuca, aplacados ya los ánimos, bebimos un André Clouet Millésime. Delicioso blanc de noirs, 100% pinot noir.

Mi enclave favorito de la ciudad es el aljibe (siglos XI-XII), bajo el Museo de Cáceres, que ocupa el lugar de la antigua alcazaba almohade. La otra estrella de la ciudad es la Fundación Helga de Alvear. La colección, reunida con el infalible criterio de la galerista, abarca todos los artistas que han destacado en el panorama internacional los últimos 20 años.  Se muestran en forma de exposiciones temporales en torno a ejes temáticos, dando lugar a un atractivo juego de comisariado. Actualmente, en Juegos del Lenguaje, las obras se articulan en torno a la palabra.

Citar las maravillosas portadas de Cáceres sería una labor interminable. Me encantó, por su desconcertante originalidad, el Palacio Episcopal, de finales del XVI, en el que en los medallones laterales aparecen representados un personaje oriental y una india americana, en referencia a la labor evangelizadora de las Españas en Asia y América. Por supuesto, es maravilloso el Palacio de los Golfines de Abajo, y me llamó la atención la original heráldica de los Solís. Un sol, no podía ser de otra forma.

Créditos: Tejados de Cáceres y Habitación del Hotel Atrio, por Carles Ayende, cortesía de Atrio; los Louboutins de Irina, por julesjulesjules; botella de André Clouet por Marcus Hanson; Mi medina: Empalmado bajo la tienda / Tienda de chochos © Jason Rhoades y Sunset, © Doug Aitken, cortesía Fundación Helga de Alvear.


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