14 abril 2013

Balenciaga, el couturier humanista

Por Simoneta de Monroy

Hay personajes que trascienden las clasificaciones. Para mí, Cristóbal Balenciaga fue uno de ellos. Decía que un buen modisto debe ser arquitecto en los patrones, escultor en las formas, pintor en los dibujos, músico en la armonía y filósofo en la medida. Toda una declaración de principios.

Desde su primer aprendizaje en las sastrerías de Guetaria hasta el cierre de la maison en 1968, su trayectoria fue una constante búsqueda de la forma pura. Como sus compatriotas Oteiza y Chillida, buscó la perfección en la línea y el espacio, construyendo sus obras desde dentro. En vez de tratar con planchas de acero y bronce fundido, trabajó con el tejido. Pero, al fin y al cabo, lo que genera el arte es la capacidad de transformar materiales en expresión, en una obra capaz de generar un reacción emocional. Y Balenciaga lo consiguió.

Mi madre siempre dice que le causaba cierto pavor acudir a las pruebas. No era como los talleres de otros modistos, en los que se respiraba un ambiente frívolo. Al entrar en el atelier de Balenciaga se tenía la sensación de estar accediendo a un templo. Reinaba el silencio. La férrea señorita Rennée no permitía licencias. El propio maestro, tímido y distante, actuaba de forma imprevisible. Mi madre cuenta con horror como, en una ocasión, fue capaz de despedazar un traje en la última prueba.

Pero también dice que con ningún vestido se ha sentido tan guapa como con un balenciaga. Sus modelos eran capaces de hacer desaparecer cualquier imperfección en la silueta de quien lo lucía. Eran auténticas esculturas en tela. Como afirmó Judith Thurman en su artículo del New Yorker, un balenciaga es mucho más importante por lo que esconde que por lo que enseña.

Se nutría del arte de las vanguardias. El cubismo de Juan Gris nunca dejó de estar presente en sus creaciones, como la elegante impronta de Brancusi. Sentía admiración por el vestido tradicional japonés, estilizado y geométrico.

Sus referencias al arte español fueron para él una constante, quizás como una forma de reivindicar su identidad. El último hilo que le mantenía unido a sus orígenes. Hablaba de Goya, pero fue Zurbarán quien verdaderamente marcó sus creaciones. Encontró inspiración en sus colores planos y vibrantes, fuertemente contrastados, y en la sobriedad de las formas, que encuentra su más clara expresión en los hábitos monásticos.

El traje saco, las túnicas o el Baby Doll revolucionaron la imagen de la mujer y la técnica textil de la época. Pero Balenciaga nunca dejó de ser, en palabras de Coco Channel, el único auténtico coutourier. El despegue del prêt-à-porter marcó el desencadenante de su cierre. La alta costura está herida de muerte, afirmó. Estaba en lo cierto. Como afirmó Diana Vreeland, los salones y las mujeres para los que Balenciaga creaba habían dejado de existir. Él lo supo ver a tiempo.

Imagen: Modelo de Balenciaga, por @Irving Penn para Vogue.

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