• noviembre 14, 2013
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Dalí me mata

por Casto Salazar

Esto del surrealismo no lo pillo, pensé mientras contemplaba la espalda de dos personajes flotando entre nubes de tormenta. Miré la cartela. El Arte de la Conversación. Fruncí el ceño. Esta exposición va a acabar con mi autoestima. No me entero de nada, concluí.

El arte de la conversación, Magritte, 1963

Debo de ser muy racional, algo se me escapa, pensé mientras ponía cara de mostrarme tremendamente interesado ante un Miró. Leí, Ceci est la couleur de mes rêves. Así que este hombre soñaba con una mancha azul. Yo soñaré poco, me dije, pero mis sueños son bastante más animados.

Me detuve ante Dalí. Un chico con gafas de pasta, barba y camisa de cuadros se hallaba sumido en lo que parecía una profunda contemplación. Me coloqué a su lado. Sin separar la mirada del cuadro enunció lentamente, sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar. Un puto genio.

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar, Dalí, 1944

Le imité unos segundos. Algo tendría aquello. Intenté repetir el mantra. Vuelo de una granada alrededor de un tigre de madrugada. ¿O era sueño de una oveja con un pez en una granada? Un puto trabalenguas. Dalí me mata, afirmé desconcertado.

Afortunadamente encontré refugio en Delvaux. Mi intelecto se tomó un respiro. Aquellas figuras pálidas me recordaron a Mariela y a Eugenia. Se lo montaron juntas y me pidieron que mirase. Una gran noche (me quedé sin cobrar, pero estuvieron estupendas).

El Sueño, Delvaux, 1935

Salí del Thyssen con un profundo suspiro. Hacía un luminoso día de otoño. Tras la verja, una muchedumbre caminaba por el Paseo del Prado. No había coches. Un eco sordo inundaba el aire.

Recordé que había quedado con Philippa. No me quedaba mucho tiempo. Me apresuré hacia Atocha. El ruido de pezuñas y cencerros crecía a medida que me acercaba. La multitud se hizo más densa, formando una barrera en torno a la plaza. Los balidos se hicieron ensordecedores.

Luchando por avanzar, desemboqué ante una incontenible riada de ovejas. Una anciana de aspecto ancestral me miró y comentó, pobres animalitos, bajan del monte.

Ovejas trashumantes en Madrid

Intentando cruzar me lancé sobre el rebaño. En aquella marea de lana parecía imposible avanzar. Los animales se impulsaban con pequeños brincos a mi alrededor. Me sentí en el paso de la laguna Estigia. Exhausto, alcancé la acera.

Ascendí hacia Santa Isabel. Benteveo no estaba lejos. Me pedí un vermú. Contemplé a los ancianos del barrio jugando al dominó y a una pareja gay que se estaba pegando el lote en una esquina. El ambiente de los sesenta me reconfortó. Philippa se retrasaba. Muy propio de ella.

Benteveo

Tras unos minutos apareció con un traje negro de gran vuelo y un rutilante broche de brillantes. Tiraba de dos lanudas ovejas con collares dorados.

Arrancó con su peculiar acento británico. ¿No son maravillosas? No me he podido resistir y le he hecho una oferta al pastor. ¡He tenido que quitarme los cordones de los botines para que no se me escapen! Con el Balenciaga quedan genial, ¿verdad? Las ovejas, en el extraño ambiente del bar, balaban sin parar.

¡Me muero de sed! Pídeme algo, exclamó. Creo que las voy a llevar a la fiesta de Felipao, va a ser la bomba. Tú te vienes, ¿no? Te pago la tarifa habitual. Después te llevo a casa y pasamos la noche juntos. ¿Con las ovejas?, pregunté. Ya sabes que por numeritos con animales cobro extra. Philippa sonrió. Con mi cuerpo me basto y me sobro, my dear. La miré. Estaba deslumbrante con larga melena rubia y los labios enrojecidos por el carmín.

El ángel exterminador, Buñuel, 1962

Mientras pedía otro vermú entraron unos músicos vestidos de arlequín y se pusieron a tocar con trompas y trompetas algo que sonaba a James Bond. Las ovejas seguían balando. Algunas de sus compañeras corrían por la calle, escapando del rebaño.

This is wild! Me recuerda a una película de Buñuel, comentó mi compañera con una sonrisa. El ángel exterminador, ¿verdad? Negué con la cabeza. Yo es que el surrealismo no lo entiendo, contesté.

Tras una contenida carcajada, me acarició la mejilla. You are so cute, dijo cariñosa. Vamos, llegamos tarde, exclamó. Tras despedirse efusivamente de los arlequines se dirigió con sus ovejas al Palacio de Fernán Núñez. Ponte el smoking, dijo, está en el guardarropa.

Palacio de Fernán Núñez

Cuando, ya vestido, entré en el barroco salón de baile, me detuve unos minutos ante la escena. Una orquestra de cámara tocaba una pieza de Haendel.

Las mujeres, de largo, lucían calaveras cornudas pintadas en colores delirantes sobre aparatosos tocados de plumas. Los camareros corrían a través de la sala, persiguiendo a tres ovejas que se habían colado por la escalera.

Philippa me llamó, comentando a su compañera, el pobre no entiende el surrealismo. Me encogí de hombros. Anda guapo, tráenos unas copas de champagne, me dijo guiñando un ojo.

Sorteando ovejas y enloquecidos camareros serví dos copas de Bollinger. Y encima se ríen, pensé. ¿Qué le voy a hacer? Madrid no da para surrealismos. Mientras descorchaba ruidosamente otra botella y un mozo con levita arrastraba de la pata a una de las bestias concluí, creo que mi vida es demasiado convencional.

Horny dorada de Felipao


Plan Cósimo


La gran exposición El Surrealismo y el sueño, que se celebra en la Fundación Thyssen hasta el 12 de enero, recorre este fundamental movimiento desde la perspectiva de una de las obsesiones de sus integrantes: el mundo de lo onírico como contraposición a lo real, a la vida cotidiana. Recomiendo que se visite en combinación con Surrealistas antes del Surrealismo, en la Fundación March que, como  desarrollo en la píldora de esta semana, presenta una visión desde los motivos y los temas de los que se nutrieron los artistas de esta corriente para representar su peculiar forma de ver el mundo.

Este es el color de mis sueños, Miró, detalle

Que Madrid es una ciudad surrealista (en el sentido más tópico de la palabra) ya lo descubrieron Berlanga y Almodóvar. Cada año, en reivindicación de las Cañadas Reales que atraviesan la ciudad desde los tiempos de la Mesta, la trashumancia llena las calles de la ciudad de ovejas.

Benteveo es un bar en el más puro estilo de los sesenta en el que la estrella es el vermú de grifo, con una clientela que los fines de semana se hace de lo más variada. Más en Mundo Cósimo. Contrasta con el decadente barroquismo del Palacio de los Duques de Fernán Núñez, con recargados interiores del XIX, a unos metros en la calle Santa Isabel. Hoy pertenece a la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, y está disponible para la celebración de eventos.

La serie Horny de Felipao es un guiño en clave de humor a sus calaveras con cuernos. Son monotipos, piezas únicas y diferentes, realizadas en resina y pintadas con vocación provocadora. Me entusiasman.

Créditos: Obras de Magritte, Dalí y Delavaux, cortesía de la Fundación Thyssen; fotograma de El ángel exterminador de Buñuel, del Blog de cine El tornillo de Klaus; trashumancia en Madrid de ginsumica.


 

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