• marzo 31, 2014
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Disperso entre grecos

por Cósimo de Monroy

Tú te crees que te pareces al Sastre de Moroni, pero en realidad eres igual que el Caballero de la mano en el pecho. ¡Y me lo dijo tan tranquila! Esta mujer me saca de quicio.

El Caballero de la Mano en el Pecho, El Greco

Desde que nos encontramos en el Teatro Real, Eugenia no ha parado. Sí, es cierto, me atrajeron sus ojos. Su mirada, retadora y oscura, me atrapó. Pero no contaba con su boca. Para esa boca no estaba preparado.

Había dado esquinazo a mi acompañante en la cola del guardarropa. Me acerqué a ella mientras bajaba las escaleras desde la platea. Puse mi mano sobre su hombro. Nos hemos encontrado dos veces y aún no sé tu nombre, afirmé. Hay que solucionar este error, ¿no crees? Su amiga se detuvo junto a ella, sorprendida.

Ángel, Anunciación, El Greco

Me miró con una sonrisa irónica. Llevaba una camisa baruc y un pantalón negro. Noté como el pelo oscuro caía ondulado sobre su cuello. Mantuve la mirada, expectante. Eugenia Matallana. Prueba en Google, igual tienes suerte, contestó con una risa cómplice.

No le contacté de inmediato. Sé jugar mis cartas. Su mirada aquella mañana en El Retiro no había tenido más espíritu que la provocación. Eso a mí no se me escapa.

Unos días más tarde, tras un intercambio de mensajes algo brusco, logré una primera cena en La Carmencita. No era consciente de que la partida no había hecho más que empezar.

Anunciación, El Greco

Te veo un poco disperso, ¿eres así siempre?, sonrió irónica con un vermú tras cinco minutos de conversación. ¿Por qué lo dices?, contesté. Se te ve volátil, afirmó. Tu cabeza escapa. Apuesto a que te consideras un espíritu libre. Reí. Pedí otro vermú. Digamos que resulta difícil definirme, respondí intrigado. Vamos, que te has perdido y no te has vuelto a encontrar. ¿Ya sabes lo que vas a pedir?, mencionó distraída, descendiendo la mirada hacia la carta.

Aquella noche no pasó mucho más. Tampoco en nuestra siguiente cita. Eugenia me descolocaba, pero tengo que admitir que las partidas de ping-pong en las que se convertían nuestras cenas me divertían.

Aunque todo tiene un límite. Podía aceptar que me considerase disperso, algo de razón tenía. Pero, ¿igual que el Caballero de la mano en el pecho? Eso nunca. Eugenia debía retractarse. Frente a la obra de El Greco no tendría opción.

Vista de Toledo, detalle,  El Greco, Metropolitan Museum of Art

El cuadro estaba expuesto en la muestra del cuarto centenario en Toledo. Durante el trayecto Eugenia había desplegado una actitud más efervescente de lo habitual. Estaba preparando la artillería pesada. No cabía duda.

Al entrar en la exposición la arrastré hacia los retratos. Ella se entretuvo en las vistas de Toledo y las obras de juventud. Disfrutaba ante mi inquietud. Llamó mi atención sobre el Tríptico de Módena. Delicado, comenté. Son sus colores, pero aún no son sus figurasTiene el encanto de lo que se intuye pero aún no llega a ser. Eugenia me miró divertida. Los hay que no llegan nunca, afirmó.

Tríptico de Modena, Pinacoteca Estense

Anda mira, ¡aquí estás! Y muy favorecido, exclamó al llegar al Caballero con una sonrisa. Me situé frente al cuadro. A ver Eugenia, fíjate, dije con paciencia. Este hombre tiene un ojo medio caído y, aunque el retrato es magistral, debía de ser insoportable. Así que nada que ver conmigo. Asunto zanjado.

Pues yo le veo cierto parecido, respondió maliciosa. Pero no te alteres, tampoco es para tanto, a mí me parece atractivo.

¿Sabes a quién te veo un aire?, contraataqué sonriente. Dirigió la mirada hacia la Dama del armiño. Negué con la cabeza y la dirigí a la siguiente sala. A éste, señalé. Tienes una expresión idéntica al Cardenal Niño de Guevara. Habrías sido la estrella de la Inquisición. Eugenia soltó una carcajada. La verdad es que siempre me ha caído bien, replicó. Y con un cariñoso beso en la mejilla me cogió del brazo.

El Cardenal Niño de Guevara, El Greco

Atravesamos las imágenes de devoción. Provocador y melancólico, afirmé ante La Encarnación. Hay algo triste en sus cuadros. Definitivamente, hoy te veo muy greco, contestó Eugenia. Sonreí. Su tono había perdido el mordiente inicial.

Demos un paseo, hace un día espléndido, comentó al salir con una normalidad que me reconfortó. Nos alejamos de las muchedumbres, descendiendo hacia el Tajo. Llegamos al antiguo paso de la Casa del Diamantista. El río fluía ancho y tranquilo.

Caminamos bajo la muralla. Las garzas se posaban sobre las ruinas de los molinos de la ribera. Tras atravesar un parque, el sendero de tierra se estrechó entre los árboles. El puente de San Martín surgió entre el desfiladero que encajaba la corriente.

Vista de Toledo, detalle, El Greco

Este lugar es maravilloso, dijo Eugenia cogiéndome de la mano. Los dispersos tenéis vuestras ventajas. Ascendimos hacia un repecho en la roca. Nos tumbamos al sol entre los mazapanes que había comprado en Santo Tomé. El sol levantaba reflejos pardos sobre el río. Me quité la cazadora y la apoyé bajo su cabeza. Con mi mano bajo la nuca, descendí sobre su boca. Al separar mis labios, sus dedos recorrieron mi rostro con los ojos cerrados.

Tengo que admitirlo, susurró tras un suspiro. Nada que ver con el Caballero de la mano en el pecho. Además, creo que era manco. Pero no te acostumbres, hasta llegar al Sastre de Moroni aún te queda. Sonreí. Nada es perfecto, pero siempre hay que intentar acercarse. Bajo el sol, con un profundo beso, sentí su cuerpo abrirse bajo mis manos.


Plan Cósimo


Toledo celebra El Greco. Una oportunidad que no se debe dejar pasar. Para los que conocemos la ciudad, la gran exposición en el Hospital de Santa Cruz es una excelente excusa para una escapada. La muestra, fruto de un gran esfuerzo de comisariado y coordinación, ha logrado reunir obras dispersas, muchas de ellas conservadas en colecciones norteamericanas.

Es todo un privilegio poder recorrer la trayectoria del Greco desde sus orígenes como pintor de iconos en Candía, su periodo de formación en Italia, con obras tan curiosas como el Tríptico de Módena y, finalmente, su producción toledana. Si la calidad de una exposición antológica se mide en función de la luz que arroja sobre un artista, El Greco de Toledo merece una buena nota.

Integrados en la exposición figuran los llamados Espacios Greco (toda la información está disponible en la web Greco 2014), lugares de la ciudad que albergan obras del pintor que se han mantenido in situ, como las Iglesias de Santo Tomé, Santo Domingo el Antiguo o el Palacio Tavera. Tiene especial interés la Capilla de San José, habitualmente cerrada al público.

Detalle del manto de la Virgen, Anunciación, El Greco

El contrapunto lo ofrece la exposición Toledo Contemporánea, comisariada por Elena Ochoa Foster en el Centro Cultural San Marcos, una magnífica iglesia del XVII dedicada a exposiciones temporales. El espacio de la nave y la dramática iluminación resaltan las visiones de artistas actuales como Vik Muniz, Shirin Neshat Y Ballester sobre la ciudad y el pintor, con una espectacular proyección de Michael Rovner en el espacio del retablo.

Todo este furor conmemorativo tiene una pega: la multitud. Así que haced lo posible por planificar el viaje y reservad las entradas a través de la web El Greco 2014. Al menos os ahorraréis las colas.

Tras el recorrido Greco recomiendo una escapada extramuros. Una buena opción es un paseo por la Cornisa del Tajo. Desde la Casa del Diamantista parte un camino que bordea el río entre los restos de antiguos molinos de agua hacia el puente de San Martín, convirtiéndose en un sendero tras unos metros. Si se cuenta con un medio de transporte, el paseo se puede combinar con una comida en el restaurante La Ermita, en la orilla opuesta, con unas maravillosas vistas sobre la ciudad.

Créditos: Todas las imágenes de Wikimedia Commons


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