• junio 25, 2014
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¿Dónde está Cósimo?

por Simoneta de Monroy

En Madrid la conversación se había reducido a una pregunta: ¿dónde está Cósimo? Ya estaba un poco harta. Había vivido demasiadas escapadas para alarmarme. Él es así, contestaba yo, ya le conoces.

Pero lo cierto es que esta vez ciertas señales me inquietaban. Unas semanas antes de su desaparición, en la inauguración de una exposición en el Thyssen, nos habíamos quedado a solas durante unos minutos.

Todo esto es absurdo, me había comentado. Estoy aburrido de este circo. Le miré con extrañeza. Me di cuenta de que, en ese instante, Cósimo no fingía ser Cósimo. Durante unos segundos mi hermano fue real. Pero no estuve a la altura.

Eso suena a desengaño, contesté. ¿Alguien te ha dejado plantado? Sonrió y negó con la cabeza. A veces te pasas de simple, me dijo, alejándose con su copa de champagne.

Retrato de joven con laúd, Bronzino

Tras aquella tarde, asistí a varios eventos en los que no apareció. Siempre ha sido un fijo de la pretemporada de verano. Según él, Madrid no está nunca como en junio. No fue extraño que su ausencia desencadenase una creciente marea de desconcierto.

Sus amantes más ingenuos comenzaron a acudir a mí . Ellas eran las más persistentes. En búsqueda de un hipotético con quién, se dejaban caer con excusas insensatas.

Saturada por el goteo del exótico catálogo de Cósimo, tras la segunda semana comencé a preocuparme. Tampoco respondía a mis mensajes. Hablé con mamá. Refugiada del verano napolitano en el castillo de una amiga en Carintia, dijo que hacía tiempo que no sabía nada de él.

Como último recurso recurrí a su confidente en la familia, la tía Adela. Me llamó para decirme que iría unos días a La Roda. La casa está hecha un desastre, pero no pareció importarle. Me confirmó que había vuelto unos días atrás. Desde entonces no sabía nada.

Retrato de joven, Bartolomeo Veneto

Déjà vu. Siempre era yo quien tenía que averiguar dónde había elegido esconderse mi hermano tras cada una de sus desapariciones. Hacía tiempo que había dejado de buscar el por qué de aquellos eclipses. L’ennui, supongo. Pero no podía evitar preocuparme. Al fin y al cabo, soy su hermana.

Decidí esperar unos días. Se pondría en contacto conmigo. Su vanidad exigía hacer saber al mundo que era él quien lo estaba rechazando. Y el punto de contacto con ese mundo era yo.

El mensaje no tardó en llegar. Una mañana abrí el mail y encontré el esperado @cosimodemonroy. El tema no me sorprendió: Triste y solo se perdió. Muy Cósimo. Él siempre tan literario.

Hombre con guante, Tiziano

Cara Simoneta,

Me temo que, como es habitual, estarás siendo el blanco de las investigaciones sobre mi paradero. Pero sé que tú, más que cualquier otra persona, entenderás esta voluntaria orden de alejamiento.

Sería inútil entrar en el por qué, y el cómo fue absurdo, por no decir ridículo.

Visitaba con Casto un edificio que pretendía que comprase, cuando me encontré frente a una frase escrita sobre la pared entre trastos y grafitis: Triste y solo se perdió, creyéndose un gato fiero, triste y sólo se perdió.

Inmóvil, la leí una vez tras otra bajo la mirada de unos grandes ojos, hirientes y acusadores. Sólo el cargante discurso del agente logró hacerme huir. Corrí a la calle e intenté respirar, cubierto de sudor.

Aquella noche bebí demasiado. No recuerdo en qué lugar encontré a una chica morena, pequeña, vestida de cuero negro. La llevé a casa. Cuando la desnudaba, descubrí sobre sus nalgas los dos grandes ojos que me habían asaltado en el edificio abandonado. El pánico no hizo más que aumentar mi excitación.

Mientras hacíamos el amor ella no cesaba de repetir “Maúlla, gato fiero, maúlla” Cuando se acercó al orgasmo, sus ronroneos crecieron hasta llenar la habitación de atronadores maullidos. Sentí los ojos felinos de sus nalgas sobre mí. Creo que me desvanecí.

Al despertar, de poco me sirvió averiguar en una tarjeta sobre la mesilla que la chica era ventrílocua. El precario equilibrio que había mantenido desde mi ruptura con Blanca se había roto. Sé bien cuáles habrían sido las consecuencias si hubiese permanecido en Madrid.

Tras unos días en La Roda decidí comprar un billete abierto a Nepal. Me han hablado de un pueblo camino de Mustang llamado Jharkot, al pie del Himalaya. Me alojaré en un pequeño gompa. Sabes que no soy espiritual. Para mí igual da una religión que otra. Sólo necesito estar lejos.

Te escribo desde el ordenador del hotel en Londres. Estaré bien. He dejado mi móvil en Madrid. Tranquiliza a mamá. Papá no creo que se entere de mi ausencia.

Besos de tu hermano,

Cósimo.

Creyéndose un gato fiero

Éste ha visto demasiadas películas, pensé. No pude contener la risa. Rumbo a Katmadú por el verso de un ocupa y un tatuaje en las nalgas de una ventrílocua. Hay que admitir que el chico es original.

Consulté las imágenes de Jharkot en google. Parecía un lugar maravillosamente desolador. Muy Indiana Jones, me dije. Le sentará bien. Seguro que vuelve guapísimo y dándoselas de místico. Cerré el ordenador y me preparé un earl grey.

Sentada en el salón marqué a Constanza. Noticias de Cósimo, querida. Un silencio expectante se prolongó mientras probaba el té. Prepárate. Te vas a reír.

Retrato de Alessandro Vittoria, Gian Battista Moroni

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