• mayo 31, 2016
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El Bosco y los extraterrestres

por Cósimo de Monroy

A veces, la vida cambia. No sabes por qué, pero miras atrás y sabes que estás lejos. Ves a un personaje extraño ir a fiestas y beber champagne con furor adolescente y no te reconoces. Eres otro.

A menudo la gente habla de él, te pregunta por él, incluso pretende que despierte en un cuerpo que ya no es el suyo. Pero no. Su momento ha pasado.

Visiones del Más Allá, El Bosco

El desencadenante fue un maullido. Un maullido que hizo estallar el vacío. Suena trágico, pero en realidad no lo fue. Mis dramas se mueven en una escala que no trasciende la levedad. Mi frivolidad es culta, pero no por ello es profunda. Lo sé.

El maullido me llevó a Katmandú y, desde allí, caminé hasta un poblado en el altiplano. Entre los yaks debería haber meditado o, al menos, reflexionado sobre la futilidad de una existencia diletante. Pero no lo hice. Admito que tengo una radical aversión a los tópicos.

Así que me puse a escribir una novela sobre alguien cercano. Descubrí que, al menos, tanto mi existencia como la de mis amistades es literaria. Eso ya es algo. Bajo un velo de ficción, construí una sátira. Alguien me ha dicho que ese proceso califica como meditación. Soy escéptico, pero lo acepto.

Y allí me encontraba, en una caseta de la Feria del Libro, firmando ejemplares bajo una lluvia primaveral e intermitente. Desde niño me ha gustado pasear por la interminable avenida del Retiro flanqueada de libreros. Disfrutaba del tacto, del olor, del consejo espontáneo. Pero nunca había pensado estar al otro lado.

Las tentaciones de San Antonio, El Bosco

La gente pasaba, leía el cartel, me miraba. De la corriente surgían seguidoras de las redes. Así que tú eres Cósimo, decían. Yo asentía con una sonrisa. Observaban el libro con aparente interés y seguían. Estas venían a ligar, comentaba Charo, mi editora.

Apareció mi hermana Simoneta, con los niños. Ponme cinco, dijo. Dedícaselos a Casilda, Flavia, María Eugenia, Carlota y Mencía. Ponles algo mono, aunque te caigan mal.

Poco después, Luis, un amigo con el que había coincidido en una fiesta disparatada en la que, desde un palacete de Madrid, lanzaron un globo aerostático entre performers cubiertos de barro, imágenes de la venus de Willendorf, trajes largos y señores de smoking, describió sus excentricidades ante la estupefacción de los poetas con los que compartía caseta.

El Jardín de las Delicias, El Bosco

Mientras le escuchaba, pensé en la exposición del Bosco que había visto en el Prado aquella mañana y recordé los comentarios de la gente. Este se metía de todo; lo flipaba; tenía que estar muy colocado. En su imaginario delirante yo veía, simplemente, otro mundo. Un mundo que surgía del nuestro, transformado por una visión única y sincera. Porque esa es la esencia. La sinceridad. A mis compañeros poetas, el universo de Luis les parecía tan ajeno como a mí las escenas del Bosco.

Al terminar la firma, vino a recogerme Maya. Se iba a vengar del Parsifal a que la arrastré con una performance en una galería de Tirso de Molina. Pensé que bajo su pálida fragilidad había una criatura ávida, sedienta. Era muy probable que en El Jardín de las Delicias se hubiese lanzado, como yo, entre los pecadores.

El taxi nos dejó en la plaza y descendimos por una calle estrecha. La Juan Gallery era un pequeño local cubierto de un material metálico con una gran cristalera. Dentro, se alineaban bancos a distintas alturas. Un trans nos recibió con una sonrisa y nos dio dos impermeables de colores. Protesté, pero Maya fue inflexible. Con la capa fucsia me senté, obediente, mirando hacia el escaparate que se abría a la calle.

El prestidigitador, El Bosco

La gente que pasaba se detenía y miraba. Dudé cuándo comenzaría función. La señora con el perrito, ¿era una performer? En la acera, una chica se detuvo frente a nosotros. Hablaba por un móvil y discutía. No se distinguían sus palabras. Tan solo se apreciaba un rumor. Dos estudiantes cargadas con maletas dejaron caer sus abrigos. Parecían perdidas. Tras unas palabras tensas, una de ellas dejó a la otra plantada con las bolsas.

Entre turistas y vecinos, llegaron dos atractivas chicas con bolsas de Primark, un hombre maduro que parecía haber tenido una relación con una de ellas, y un chico que no hacía más que reír. El público también reía. En la escena semi-muda, la tensión creció en llantos y reproches. Un paseante con rastas sacó su móvil y comenzó a grabar.

Yo me empezaba a preguntar qué sentido tenían los impermeables cuando la escena se detuvo. Los performers miraron al cielo y el sonido de un aterrizaje interestelar inundó la sala. Al elevarse las luces, nos hicimos plenamente visibles desde la calle. Los actores nos miraron y comenzaron a gritar. Se acercaban al escaparate y retrocedían con expresión de pánico.

Las tentaciones de San Antonio, El Bosco

Nosotros, aquellos seres cubiertos con impermeables de colores, ¡éramos los extraterrestres! Los performers nos miraban a través del cristal como yo miraba a las monstruosas figuras del Bosco, como los poetas habían mirado a Luis, como los lectores me habían mirado en la caseta, desprovisto del aura del relato. Pensé que habría preferido que, como los actores, gritasen.

Nos purificaron, nos integraron, nos humanizaron y la performance terminó. Al salir, como en las tragedias griegas, me sentí liberado de mis demonios. Agradecí a Juan la catarsis e invité a Maya a un negroni en el Cock. Porque se cambia, pero no tanto.


Plan Cósimo


Cuando hablamos de performance, pensamos en acciones agresivas o desasosegantes: Beuys encerrado con un chacal, Yves Klein arrastrando a mujeres desnudas por el suelo o Marina Abramovic paralizada mirando a los ojos a alguien. Pero la Juan Gallery es otra cosa. En la calle Juanelo, creada por Juan Gómez Alemán (sí, no es broma) y Alex de la Croix, la galería trata la performance como arte vivo, no como expresión marginal y reivindicativa. A medio camino entre el arte y el teatro, provoca desde la risa y la emoción. Y a mí eso siempre me ha parecido estupendo. Lo más fácil es seguir su página de Facebook, donde se publican las sesiones, que suelen durar alrededor de una hora. Toda una experiencia.

Juan Gallery

Y, para los despistados, recordaros que mi novela, El dilema de Paola, seguirá a la venta en la Feria del Libro de Madrid hasta en 12 de junio (caseta 139, Huerga y Fierro). Además, está disponible online en Amazon y La Casa del Libro (lo más rápido) y, por supuesto, la podéis encargar en vuestra librería.

Imágenes: detalles de Visiones del  Más Allá, Las Tentaciones de San Antonio (Lisboa), El jardín de las delicias, y El prestidigitador, del Bosco; Wikimedia Commons


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