Vista de Toledo, Metropolitan Museum of Art

31 marzo 2014

El Greco de Toledo, la exposición

Recorriendo la exposición del Hospital de Santa Cruz una idea queda muy clara: El Greco es Toledo. Tras sus primeras incursiones pictóricas cretenses y su periodo formativo en Italia, Toledo dio al pintor la oportunidad de desarrollar un estilo, una maniera, que no se habría expresado de la misma forma en ningún otro lugar.

El Greco llegó a la ciudad a los treinta y seis años dejando atrás un amargo rastro de frustraciones.

Durante su estancia en Italia, pronto fue consciente de que su talento no le permitiría destacar. Su trayectoria allí se podría calificar de mediocre. En Venecia no logró introducirse en los talleres de los grandes maestros. Gran admirador de Tintoretto y Tiziano, que marcarán su evolución posterior, asimiló su estilo a través de sus obras, diseminadas en la ciudad. Como es habitual en los periodos de formación, algunas de sus obras de esta época destacan por una cierta inocencia en la ejecución,  como el delicioso Tríptico de Módena.

En Roma, sus intentos de extender su red de contactos desde el Palazzo Farnese, donde residía bajo la protección del humanista Giulio Clovio, no prosperaron. El orgullo y la dificultad de trato que le caracterizaban se convirtieron en un obstáculo desde el inicio de su carrera.

Tras su traslado a España, favorecido por Diego de Castilla, deán de la catedral primada, su objetivo fue la corte madrileña. Pero Felipe II, más inclinado hacia la diluida versión del clasicismo que dominó la escuela de El Escorial, rechazó las torsiones manieristas de El Martirio de San Mauricio.

Instalado en Toledo, sin competencia, El Greco reinó. Desarrolló su carrera como arquitecto de retablos, escultor y pintor, acuñando un concepto de obra total que no le sobreviviría. A pesar de los constantes pleitos con las instituciones religiosas, el pintor fue el maestro indiscutible en la ciudad hasta su muerte. Exigió ser tratado como artista a la manera italiana, no como artesano. Fundó un próspero taller donde reprodujo modelos de devoción y que se acabó convirtiendo en centro intelectual de la ciudad.

En la exposición se hace evidente su obsesión por el color, al que subordina la forma, y su maestría en el retrato. Ambos son marcas de la escuela veneciana, que siempre mantuvo como referente.

Estos últimos, de una gran penetración psicológica, evocan a los patricios de Tintoretto con un carácter netamente castellano. Me quedo con el Cardenal Niño de Guevara, de su última época. Su rostro se mantiene estático y austero entre las pulsiones del hábito carmesí. Apoyado en el sillón frailero con decisión y firmeza, proyecta una sobrecogedora voluntad.

En el polo opuesto, El Soplón, un ejercicio de claroscuro de su época italiana, resulta conmovedor, tierno. Y lo es gracias al magistral manejo de los amarillos y los pardos, que se funden con las carnaciones del niño.

En azules, verdes y rojos, el color nunca es plano en El Greco. Vibra, se diluye y se condensa haciendo fluir formas divinas y humanas. Su maniera aún resulta retadora. Probablemente ninguna obra refleja esta visión como la Vista de Toledo del Metropolitan, un paisaje avant la lettre.

En sus cuadros de devoción la atmósfera adquiere su apariencia más irreal. En un espacio plano y distorsionado emergen los violentos escorzos de La Resurrección de Cristo, la visión angelical de La Encarnación y composiciones tan peculiares como La Oración del Huerto.

Ante El Greco no contemplo misticismo, pero sí melancolía. Sus formas reflejan un mundo inalcanzable, un paisaje extrañado y ajeno. Tristeza, ambición frustrada, el acoso de las deudas, la lucha por una dignidad inasible en su encierro toledano. ¿Quién sabe? Las vidas livianas y prósperas no suelen conducir a la genialidad.

Imagen: Vista de Toledo, Metropolitan Museum of Art, Nueva York

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