28 octubre 2013

El Greco, falso místico

Es inevitable trasladar el estilo al artista. La obra de Miguel Ángel nos transmite un carácter atormentado, mientras que imaginamos a Rafael como un ser equilibrado. En ciertos casos esta regla se cumple, pero no tiene por qué ser así.

Según este criterio El Greco habría sido un místico exaltado. Nada más lejos de la realidad. De familia acomodada, no le fue difícil trasladarse desde Creta a Venecia, potencia que por entonces controlaba la isla. Fue en esta ciudad y durante su posterior estancia en Roma donde se configuró su estilo en el marco de la corriente imperante en aquel momento: el manierismo.

Esta corriente, que lleva al extremo las normas establecidas en el Renacimiento, se basa en una radical aplicación de la maniera, o estilo. El resultado es un total antinaturalismo. Si hasta los grandes maestros del XVI el arte había recorrido un camino de constante acercamiento a la naturaleza, esta tendencia se rompe en la segunda mitad del siglo.

Se trata de un arte intelectual en el que se alteran las proporciones de las figuras, a menudo alargadas y forzadas en torsiones y escorzos violentos. El espacio y la luz reciben un tratamiento que podríamos definir como lírico, alejado de la realidad. Se rechaza el equilibrio y la claridad, buscando efectos dramáticos mediante la manipulación del color.

A través de los testimonios que El Greco dejó en las anotaciones a los ejemplares de las Vidas de Vasari y De Architettura de Vitruvio sabemos que desdeñó la autoridad de Miguel Ángel y Rafael, criticando su exceso de disegno, su pobreza de color y su ciega emulación de los modelos antiguos. Sin embargo, sus obras de este periodo muestran que tomó buena nota de lo que los maestros tenían que ofrecer, aplicándolo durante el resto de su trayectoria.

Pero, ¿por qué acabó El Greco en Toledo? Sabemos que era un personaje ambicioso, que no logró el reconocimiento esperado en el competitivo ambiente romano. A través del círculo de Fulvio Orsini, bibliotecario del Palazzo Farnese y gran erudito, entró en contacto con Luis de Castilla, hijo del deán de la catedral de Toledo.

Esta oportunidad abría para él las puertas de la corte de Felipe II, para el que pretendía trabajar en las obras de El Escorial. Así, se trasladó a Toledo con la idea de que su estancia en esta ciudad era temporal. Sin embargo, las dos obras que realizó para el monarca, la Adoración del Nombre de Jesús y San Mauricio y la Legión Tebana no fueron de su agrado.

El manierismo no era del gusto de un rey formado en un estricto clasicismo, y la estancia del Greco en Toledo se hizo permanente. Su estilo encajó con la búsqueda de espiritualidad y efectos dramáticos que buscaba el clero de la ciudad en los inicios de la Contrarreforma.

Ocupó un viejo palacio gótico-mudéjar propiedad de los marqueses de Villena, del que en la actualidad no queda ningún resto. Allí formó un próspero taller, dedicándose a la elaboración de cuadros, diseño de retablos y escultura.

Fueron célebres sus pleitos en torno al Expolio de la Catedral (según el cabildo las cabezas de los soldados no podían quedar por encima de la de Cristo) y las obras para el Hospital de la Caridad de Illescas. El Greco reivindicó siempre la condición de artista tal y como ésta era concebida en Italia, muy diferente al concepto de artesano que se aplicaba en la España del XVI. Estos litigios reflejan la constante lucha porque le fuese reconocida esta dignidad.

Reunió en torno a él a un selecto grupo de nobles e intelectuales, entre los que figuraron Luis de Góngora y Ortensio Paravicino. Los altos precios que exigía por sus obras eran necesarios para mantener un fastuoso tren de vida. Como indica Giuseppe Martínez ‘ganó muchos ducados, pero los despilfarró en una vida ostentosa; incluso mantenía a músicos asalariados en su casa de modo que pudiera gozar de todos los placeres mientras comía’. Pacheco observó que ‘era extraordinario en todo, y tan extravagante en sus pinturas como en sus costumbres’.

¿Falso místico? Quizás. Pero genial en cualquier caso.

Imagen: Entierro del Conde de Orgaz, El Greco, detalle, Wikimedia Commons

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