• junio 5, 2017
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Él hablaba de mí

por Cósimo de Monroy

P Dental radiology Le Roy Satterlee Jr Francis NY 1913 pg 105

Él hablaba de mí, y quizás de esa forma pretendía escapar. Eso ahora no importa, porque no lo consiguió. ¿Lo importante es el proceso? En su caso parecía serlo. Frente a un muro, su fantasía creó un universo bello y leve. Viví allí durante años. Entonces, las conversaciones eran distantes. Buscaba una proyección, una metamorfosis de su catástrofe. Yo me movía en el escenario. Fue divertido, hasta que la ilusión se quebró.

No. No es solo el proceso.

Villas sobre acantilados, mujeres fatales, litros de champagne, toyboys, malvados… Tópicos brillantes, incluso cuando estaban mal escritos. Imágenes confusas que atravesaba como pantallas.

Deseaba ser yo, pero no le fue fácil. La vida decadente requiere una levedad que nunca asimiló y, como ocurre ante las aspiraciones frustradas, acabó por rechazarme. Abandonó mis relatos y emprendió una novela autobiográfica, aún inédita, en la que se desdoblaba en mí. Me convertí en una aparición, en un tocapelotas, en un Pepito Grillo devaluado.

No se lo reprocho. Todos tenemos derecho a una rabieta. En cualquier caso, la orden de alejamiento no funcionó. El silencio que se extendió durante mi exilio rompió la distancia virtual y el proceso se recreó. Siempre le han gustado los juegos.

En ocasiones, parecía distante. Cuando la realidad avanzaba, la desconexión se producía como un acto reflejo. Le era fácil volar. Lo había hecho desde niño. Mantenía una expresión neutra, amable, y seguía la conversación mientras se alejaba.

Hace unos meses, escribió sobre un amor nacido en el tambor de una lavadora. El inicio marcaba un acercamiento que se sucedía en giros jabonosos. Las prendas gravitaban, flotantes, en un romance de  prelavado. Pero en algún punto del programa, una tela desteñía y el alejamiento se definía en un centrifugado de velocidad creciente. Apresadas entre reflejos metálicos, las prendas amantes perdían el control sobre sus movimientos, y sus excesos líquidos se desvanecían en una compresión mate y plegada.

Ese era su modelo. Él siempre fue una prenda delicada. Al principio todo era fácil, lúdico, pero la luz ocultaba un elemento tóxico que se precipitaba en un charco. El mar de fondo surgía en una crecida que le ahogaba, que me ahogó.

Las burbujas explotan y los programas de lavado acaban.

Pobre Tristán.

P Purdue University College yearbooks Universitites and colleges 1902 p 175

Quería hacer algo diferente porque él vivía desde la certeza de su diferencia; una diferencia no explícita.

Le molestaba que le considerasen normal. Me ha costado mucho ser raro, decía, y tenía razón. Había dejado atrás años de esfuerzos por encajar. Al niño brillante que no daba problemas le siguió el buen marido, el padre modelo al que se le permitía cierta indolencia porque no necesitaba luchar por un puesto directivo, por un sueldo que cubriese los colegios privados, la casa de verano y la renovación periódica de los medios de automoción.

El dinero, combinado con una cultura decadentista, le ganó la etiqueta de excéntrico antes de que la buscase. El estrato de la burguesía madrileña que le rodeaba respetaba su lejanía. Tristán es así, decían, y asumían en sus ausencias una particularidad compuesta por su cabello rubio, sus conocimientos estériles, y un título indefinido que su madre, de origen belga, ostentaba.

Cuando, de niño, un amigo le preguntó qué quería ser de mayor, Tristán contestó que quería ser heredero. Ya lo eres, dijo su amigo. Él negó con la cabeza. No quiero ser heredero de dinero, afirmó. Yo quiero ser heredero de verdad.

Heredero de verdad.

En su fantasía, la idea se recortaba como una gran coartada. Un príncipe solo tenía que hacer cosas de príncipes. Los pasteleros, los herreros y los comerciantes vivían una existencia pequeña, sujeta a sus obligaciones. Pero un heredero podía pasar el día leyendo sobre magia, emprendiendo expediciones o, simplemente, ser principesco.

Pasaron treinta años, y durante ese tiempo hizo lo que hace la gente normal; la gente que encaja en el hueco que le ha sido asignado. Pero no lo logró. No encajaba. Lo supo de golpe, con un fogonazo que no fue más que el principio de la destrucción. Fue entonces cuando aprendió que no hay profetas, ni voces en el desierto, ni apariciones, ni zarzas ardiendo. Las revelaciones surgen entre las piernas porque solo el sexo, y esa hipnosis que se denomina infatuación, puede reducir a cenizas una existencia aparentemente satisfactoria, y lanzar al ser llameante hacia un plano negado.

Como en La dama de Shangay, Tristán disparó sobre los espejos. Sabía que el impostor era uno de ellos, pero no acertó. De modo que decidió ponerle nombre.

Cósimo.

Un príncipe napolitano, promiscuo y diletante, se acercaba bastante a su concepto de heredero, pero los reflejos son siempre confusos. La proyección atrajo al creador. Él  solo tuvo que dejarse llevar.

Inmadurez y egoísmo, esos tópicos de la masculinidad.

Imágenes: Francis Le Roy Satterlee, Dental Radiology,  Nueva York, 1913. p. 105; Purdue University College yearbook, Indianapolis, 1902, p. 175

 


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