20 junio 2012

El sastre de Moroni

Con dieciocho años, me miró por primera vez en la National Gallery de Londres. El sastre, il sarto, de Moroni (1520-1578) fue la primera obra de arte por la que me sentí plenamente seducido. Hay obras de arte que apelan directamente a la sensualidad. Yo, ante este retrato, experimenté una erección.

A la obvia belleza del modelo se añade la mirada, directa y algo retraída, el giro de la cabeza y la ligera inclinación del cuerpo. El jubón, blanco, contrasta con el fondo oscuro. Su cuello enmarca el rostro, cerrado por una favorecedora barba.

La suave elegancia de la figura, propia de retrato manierista italiano, se ve enfatizada por el color de los ropajes. Curiosamente, en el siglo XVI los caballeros vestían, según la moda española, invariablemente en negro. Por ello, los colores de su vestimenta, hoy tan atractivos, habrían señalado que el modelo era simplemente, un sastre, como muestran por otra parte las tijeras que sostiene en su mano y el cinturón de artesano.

Pero, al margen de su calidad artística y su significado social, el aspecto que me impactó de una forma más intensa fue mi propio parecido con el personaje. Recordaba que algún amigo de mi madre lo había comentado en alguna ocasión, pero al tener la obra ante mí, me encontré ante un espejo. Quizás sea más sincero decir que il sarto era cómo yo quería ser. Pero esa es la virtud del arte, extraer ciertos rasgos, elevándolos a un nivel simbólico.

En cualquier caso, la imagen del anónimo personaje nunca me ha abandonado. A menudo me han repetido, ¡cómo te pareces!, y siempre me he sentido muy halagado.

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