• abril 6, 2014
  • TIPS

Entre cerezos en flor

Para escuchar mientras se lee, La delaïssádo, un Chant d’Aubergne de Canteloube (muy recomendable)

por Constanza Gil-Brooks

Mientras descendíamos por el valle del Jerte recordé la fiesta de la flor del cerezo en el jardín de los marqueses de Matsugae. Durante años había leído hasta el agotamiento aquellas páginas de Mishima.

Kiyoaki, el bello y decadente heredero, logra encontrarse a solas con Satoko, su amada, bajo un cerezo. Satoko, prometida con un príncipe imperial, le rehuye. Pero Kiyoaki no la deja marchar. Rodea su cintura y respira su olor. Mirando sobre su cabeza contempla las ramas, cargadas de reflejos plateados. Por un instante, el perfume de las flores se funde con el del cabello, dejando escapar una premonitoria nota rosada.

Fiesta de la contemplación de las flores del cerezo, Hanami, Toyohara Chikanobu

Los amores trágicos siempre me han fascinado. Fijé mi atención en el paisaje. El Porche Panamera de mi cuñado Leo dibujaba con precisión las curvas del puerto. A medida que descendíamos, nos internábamos en la marea blanca que inundaba el valle.

Aislada del exterior en aquel habitáculo de cuero gris, me sentí navegando entre las nubes. Los brotes algodonosos que cargaban las ramas de los cerezos me provocaron una punzante sensación de irrealidad. Los excesos de belleza siempre me han generado desconfianza.

Flor de cerezo, Valle del Jerte

Me pareció oír un comentario irrelevante de mi hermana en el asiento delantero. Leo asintió. A mí me resulta de lo más empalagoso, afirmé. Tú siempre tan cáustica, contestó Camila. Intenta disfrutar un rato, querida. Sé que te cuesta, pero es maravilloso. Ella es así de divina.

Asistíamos a la tercera boda de mi prima Lulú. Nos había hecho esperar durante semanas para fijar la fecha hasta tener la seguridad de que los cerezos estarían en flor. Era un esnobismo absurdo, pero a Lulú le puede la escenografía.

En previsión de los excesos románticos me había decidido por el negro, con un detalle floral en bronce. Combinaba bien con mi melena pelirroja. Mi hermana me había convencido para que recurriese a Nacho Aguayo, ese chico tan mono del que todo el mundo habla. Ella iba irritantemente ideal con un modelo azul.

Nacho Aguayo, 2013-14

Tras llegar a Tornavacas ascendimos por un camino forestal hacia el Mirador de la Cruz. Comenzaban a surgir los primeros brotes de primavera. Realizamos el último tramo a pie. El sendero de tierra, cubierto por una alfombra negra bordeada de flores, ocultaba traicioneros socavones. Bendije el momento en el que había decidido prescindir de los tacones.

No sé hasta dónde vamos a llegar con estas excentricidades matrimoniales, comentó Leo. Pues prepárate, esto no ha hecho más que empezar, respondí cogiéndole del brazo.

Desde el mirador se contemplaba una sobrecogedora vista sobre las cumbres, aún nevadas, y la blanca superficie del valle. Las mesas, cargadas de los coloridos centros de Sally Hambleton, se distribuían bajo pérgolas enteladas.

Huerto de cerezos, Valle del Jerte

Saludé a Simoneta. Con tanta pareja feliz voy a acabar hasta el gorro, pensé. Efectivamente, la conversación entre las señoras se encauzó hacia los conflictos con el servicio y los catarros infantiles.

Aburrida, comprobé la distribución de las mesas. Me sorprendió no conocer a nadie en el Círculo Alhelí. Sospeché de mi hermana. Desde mi jaleo con Alvarito, Camila se había propuesto emparejarme con alguien digno de ser su cuñado. Por sus apellidos identifiqué a dos probables pretendientes. Suspiré.

Con un acorde de violines Lulú surgió de una rústica caseta de madera. No pude evitar una sonrisa. Lucía un escotado vestido rojo de Valentino. Un murmullo de sorpresa se extendió mientras la soprano comenzaba a cantar un Chant d’Auvergne de Canteloube. Su belleza oscura avanzó como una llama entre los cerezos. La puesta en escena había logrado emocionarme. Por un instante deseé ser ella.

Helleborus de Sally Hambleton Workshop Flores

Al finalizar la ceremonia soporté estoicamente la comida. Acorralada entre un recalcitrante soltero y un recién divorciado que no presentaba más estímulo que sus cuatro apellidos, opté por el vino.

Simoneta se acercó a la mesa. Tu hermana está en ascuas. Cuéntame, ¿ha surgido el amor?, murmuró. Lanzó una mirada a mis compañeros y reímos. Me vendría bien un paseo, ¿te animas?, propuse. Adelántate, voy en un minuto, contestó. Tras excusarme, me encaminé hacia los campos de cerezos.

El sol de la tarde cubría las ramas de reflejos dorados. Con la cabeza ligera por el champagne me sentí invadida por una tibia sensualidad. Tomé una flor en mis manos, aspirando su aroma. Descendí la ladera y me tumbé sobre la hierba. Dejándome llevar por la ebriedad, cerré los ojos.

Camino en bosque de cerezos en flor, Valle del Jerte

Perdí la noción del tiempo. Un susurro me despertó. Vi acercarse a un hombre con traje azul y corbata roja. Sus rasgos angulosos y el color tostado de la piel contrastaban con el acuoso verde de sus ojos. Su presencia no me inquietó. Sentí que le conocía. Me cogió de la mano y, sin palabras, nos internamos entre los cerezos.

El sol había descendido. Nos detuvimos en una zona sombría. Me tomó por la cintura y, bajo las ramas, me besó. El olor del musgo impregnó la espalda del vestido. Mientras besaba mi cuello, unos pétalos cayeron sobre su cabello oscuro. Elevé la mirada. Un haz de luz se filtró entre las flores, provocando una lluvia de reflejos rosados. Deslumbrada, mi consciencia se hizo tenue, frágil, hasta desaparecer.

Sakura, Nakamura Hochu

Volví en mí tumbada bajo los cerezos. Simoneta me sacudió el vestido. Pero, ¿qué te ha pasado?, preguntó. Sonreí. Creo que al final sí que ha surgido el amor, contesté ausente mientras nos dirigíamos hacia el mirador.


Plan Cósimo


En Japón el hanami, o fiesta de contemplación de los cerezos en flor, tiene una gran relevancia. Su sentido último no es otro que la reflexión sobre la fugacidad de la vida, aunque la celebración resulta, como es habitual, mucho más terrenal. Mishima describe un teatral hanami en el capítulo diecinueve de Nieve de Primavera, uno de mis favoritos del autor. Salvando las distancias, este acontecimiento estético se puede presenciar en toda su plenitud en el Valle del Jerte. El paisaje, ceñido entre las estribaciones de la Sierra de Gredos es de por sí magnífico. Los cerezos le añaden un toque mágico.

Vistas de Edo, Utagawa Hiroshigue

La floración suele ocurrir a finales de marzo, pero es mejor asegurarse en la página de la Oficina de Turismo del Valle del Jerte, en la que ofrecen un seguimiento diario del proceso. Desde Madrid recomiendo el acceso por la N110 desde el norte. La bajada del Puerto de Tornavacas ofrece unas vistas únicas.

Vale la pena internarse en las pistas de la Garganta de los Infiernos, la reserva natural que ocupa las laderas de la sierra. Si os animáis a pasar la noche en Tornavacas, la mejor opción es la Antigua Posada, un edificio histórico sin grandes comodidades, pero con mucho encanto. Tienen mucha gracia las habitaciones del primer piso, que mantienen la estructura antigua del edificio. Para comer unas migas o un cochifrito, La Covacha es buena opción.

En cualquier caso, recomiendo terminar la excursión ya en Hervás (próximamente) o en Plasencia. El centro histórico de esta última sorprende con monumentos como el Palacio de Mirabel, que os mostrará un encantador guarda. La sala de trofeos y el pensil (la terraza), maravillosos. Para alojarse, muy correcto el Palacio Carvajal Girón. Aunque para cenar el clásico sea El Chamizo, recomiendo optar por Tentempié, con mucho ambiente local y estupendas tapas.

Y no podíamos dejar de mencionar alguno de los vinos a los que se entrega Constanza en su frustrante comida. Loco, una garnacha blanca de cepas de más de sesenta y cinco años de Méntrida, presenta una deliciosa complejidad en sus notas minerales y tostadas. El genial diseño que cubre la botella, una camisa de fuerza, alude a la actitud de los aldeanos de la zona ante el cultivo de las cepas, que sus productores encontraron en estado de abandono. El resultado, de un sorprendente frescor, es uno de los mejores blancos que he probado.

Sobre las flores de Sally Hambleton, cuyos centros causarían la envidia de la propia reina de Inglaterra, habrá un monográfico en Mundo Cósimo. Y de Nacho Aguayo, ¿qué puedo añadir que no se sepa? Sus delicados diseños se han convertido ya en un must.

Créditos: Estampas japonesas de Chikanobu, Hochu e Hiroshige, así como el camino entre el bosque de cerezos de Wikimedia Commons; Flor de cerezo de Bea Ackles; Cerezos contra las cumbres de Gredos por Wendigo; Helleborus, cortesía de © Sally Hambleton Workshop Flores; imagen cortesía de © Nacho Aguayo


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