• diciembre 26, 2013
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Escena navideña con collar de falos

por Simoneta de Monroy

Me lo tomé con calma. Era Nochebuena y, por lo tanto, imposible que no se montase. Gabino se había llevado a los niños a ver a sus primos, así que llené el baño de sales, encendí una de mis velas Diptyque y puse a mi adorada Callas en Lucia de Lammermoor.

Mientras me maquillaba, contemplé mi rostro en el espejo de tocador que había pertenecido a la diva. Mi padre lo había comprado en una subasta y me lo había regalado hace unos años. La superficie entre aquellas antiguas flores azules de Murano siempre parecía reflejar un yo mejorado. ¿Cómo se habría visto ella? Sentí una repentina desconfianza hacia aquel objeto.

Espejo de tocador de Murano, siglo XVIII, que perteneció a María Callas

Me había arreglado un Pertegaz de mamá en gasa blanca con lunares, de cintura alta y hombros al aire. Lo completé con unos pendientes art decó de brillantes. Me vi ideal. Pensé fugazmente en Mark Strenton, el jinete, mi último desliz y suspiré.

Cogí un taxi a la calle Almagro, donde cada año por un día mi familia pretendía volver a la normalidad. Al subir en aquel ascensor que parecía una carroza recordé la frase de Anna Karenina que tantas veces había repetido mi padre. Todas las familias felices se parecen entre sí, las infelices son desgraciadas cada una a su manera.

Procediendo de una de las últimas, había pasado toda mi vida luchando contra mí misma por mantenerme entre las primeras. Pero en ocasiones personajes como Mark hacían que ese precario equilibrio se tambalease.

Ascensor de Casa Monroy

Llamé a la puerta. Un camarero rubio de unos veinticinco, con chaqueta blanca, ojos azules y facciones caucásicas me sacó de mis reflexiones. Le ha contratado mi hermano, ¿verdad?, pregunté mientras me ayudaba a quitarme el abrigo. Asintió con una sonrisa.

Oí la voz de Cósimo en el salón. ¿Una copita, hermana? Entré. Llevaba un traje de espiga azul marino. La chaqueta entallada destacaba ese torso del que se sentía tan orgulloso. Con una copa de champagne en la mano me dirigió una de sus miradas. Le provoqué.

–   Desde luego, sabes distraerte.

–   Nunca se me ha dado mal.

–   Hace unos días mustio de amor por Blanca y hoy te presentas con éste. ¿Mamá no te ha dicho nada?

–   Le ha encantado. Te aseguro que es muy profesional.

–   No lo dudo. Esperarás a que terminemos el postre, al menos.

–   No te hagas la santa, que nos conocemos.

Ligeramente ruborizada, me giré al oír entrar a mi madre. Llevaba el pelo recogido. Su traje de pantalón me recordó a los modelos orientales de Yves Saint Laurent. Simoneta, ¿has visto qué encanto es Cósimo? Me ha traído a este chico ucraniano de ayuda. La verdad, sólo con Annuccia y Eliana no me manejo.

Un auténtico encanto, contesté irónica con un beso. Tras contemplar unos segundos la Virgen de Boltraffio en la que siempre había buscado encontrar mis rasgos escapé al salón contiguo y puse una de mis arias favoritas de Tosca.

Virgen con Niño, Boltraffio (detalle)Mi padre, bronceado y con su denso cabello cano, entró del brazo de la tía Adela. Con un guiño, hizo surgir una sonrisa en mis labios.

Oí el timbre. Los niños irrumpieron en la habitación con Gabino, corriendo a saludar a su abuela. Observé nuestra imagen en uno de los grandes espejos venecianos que cubrían la cabecera del salón. Salvo por las miradas entre Cósimo y el camarero, nadie que contemplase la escena habría pensado que aquella no era una familia normal.

No habría sospechado el aislamiento de emperatriz repudiada de mi madre en su villa de Nápoles, el caos vital de Cósimo, la sucesión de amantes de mi padre bajo el sol caribeño de Saint Barth o mis constantes infidelidades. En aquel reflejo todo era ideal, como yo siempre hubiese querido que fuese.

Pero sólo era una imagen. El incidente llegaría, estaba segura. Y llegó.

Centro de Fransen et Lafite, Mesa de Nochebuena de Casa Monroy.

Me había ocupado de la mesa. Los chicos de Fransen et Lafite me habían aconsejado cambiar el habitual rojo por azul. El resultado era estupendo. Me sentí artífice de la armonía que inundaba la atmósfera del comedor.

La charla giraba sobre la cantidad de tiendas que habían cerrado en Madrid, las últimas adquisiciones de mi padre en Art Basel y lo mal que supuestamente lo estábamos pasando todos por la crisis. Cósimo recibía un interminable suministro de champagne del solícito ucraniano y yo sonreía mientras Gabino me contaba una aburrida historia sobre su tía.

Cuando estaban a punto de servir la pularda, Annuccia, la eterna gobernanta de mi madre, entró con rostro severo. Perdone que interrumpa señora, pero creo que debe ver lo que ha encontrado Eliana entre la vajilla de plata, susurró acercándose a mi madre. Doña Antonia pidió sus gafas y, tras inspeccionar aquel cúmulo de cuentas y reflejos dorados, lanzó un grito y lo soltó sobre la mesa.

Collar de falos, helenístico, siglo III-II a.C

La conversación se detuvo. Todos miramos hacia la fuente de aquel sobresalto. Sobre el mantel se extendían no sólo unos estilizados falos en oro, sino un miembro en toda su plenitud. Cósimo y yo soltamos una carcajada. Mi madre, enfurecida, se dirigió a mi padre.

Ramiro, esto es cosa tuya, exclamó. Igual te lo ha mandado uno de tus santos, contestó mi padre con una sonrisa. Revelando su profundo acento italiano, mi madre montó en cólera. ¡Cretino!, tú me pediste que sacase la vajilla de plata de tu familia esta noche, ¡eres un blasfemo!

¿Me lo acercas?, respondió impávido el cabeza de familia. Tras analizarlo unos segundos afirmó: No lo había visto en mi vida. Me pega más que fuese de uno de tus antepasados sodomitas. Enfurecida, mi madre se levantó y, sin previo aviso le lanzó una copa de cristal rojo. Mi padre la esquivó y, con su habitual flema, afirmó: Parece bueno, Antonia, pero no es de mi estilo, quizás le encaje más a Cósimo.

Lámpara de comedor de Casa Monroy, Murano

Cósimo, que ya llevaba al menos una botella de Pommery, sonrió. La verdad es que me daría juego, ¿verdad Dimitri?, preguntó mirando al camarero. Diría que es helenístico, del III o II antes de Cristo. Una buena pieza, y un buen atributo, sin duda. Si a nadie le importa y para evitar conflictos, me lo quedo.

La tía Adela se había entregado a su copa de sauternes. Los niños y Gabino no daban crédito. Mi madre, en pie tras el lanzamiento de Lalique, alzó una ceja. Mi padre le inclinó la mano para invitarle a sentarse. Recuperando la compostura tomó asiento y pidió otra copa a Annuccia, que se había mantenido fielmente tras su señora durante el altercado.

Papá retomó la conversación donde se había interrumpido y la cena siguió con total naturalidad. Tras el postre, Cósimo y el camarero desaparecieron.

Mirando el tedioso gesto de Gabino pensé: Todo de lo más previsible. Nos guste o no, estamos llamados a ser reflejos más o menos brillantes de nuestras familias. Yo diría que el mío ha resultado estupendo. Tendré que consultarle a Cósimo sobre el suyo. Giré la cabeza y, con una sonrisa, besé a mi padre en la mejilla.


Plan Cósimo


Para la decoración navideña siempre recurro a mis adorados Fransen et Lafite que, en su maravillosa tienda de la calle Espejo de Madrid te ofrecen, además de sofisticadamente sencillos centros florales, plantas e increíbles flores artificiales. Y a quien la palabra Murano le haga pensar en aquellos horribles animalitos, le aconsejo que eche una ojeada en internet. Por supuesto, un espejo de tocador del XVIII como el de María Callas no está al alcance de cualquiera, pero sí lo están (tarjeta de crédito mediante) maravillosas lámparas como la del comedor de mis padres y objetos en cristal de color. La Murrina es un muy buen punto de arranque.

Belén Napolitano, Reggia di Caserta, XVIIITodos los objetos que aparecen en este Plan Cósimo pertenecen a la colección Monroy-Scarpa. Restos del naufragio, que diría mi madre. En la mesa, las copas rojas son de Lalique, años sesenta, las de champagne de cristal de Bohemia, la vajilla es de plata del XIX y la sillería mallorquina del XVIII. De mi devoción por María Callas, daré algunas pistas. Mi aria favorita de Lucia de Lammermoor es Regnava nel silenzio… el resto, lo cuento en la Píldora. Y mi vestido de Pertegaz, era éste.

Créditos: fotografías de producción propia.


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