• abril 22, 2014
  • TIPS

Esto no es un Plan Cósimo

por el Autor

Tras un día de inmersión en el mobiliario de Sisí mi pensamiento seguía girando en círculos mientras la tormenta golpeaba el forjado de la ventana.

Centrally located atelier.  Muy bohemio, pensé satisfecho al llegar. Suelo de madera negra gastada, muebles de principios de siglo y grandes ventanales. Viena había sido una buena opción.

O eso creía. Como había ocurrido otras veces, esperaba que el aislamiento en una ciudad desconocida y una abrumadora dosis de arte en solitario romperían el bloqueo. Pero no. Después de tres días de temporal mi mente seguía resistiéndose a abstraerse de mi propio torbellino. Madrid no había quedado atrás.

A Cósimo nunca le pasaría esto. Claro, de eso me encargo yo, me dije.

Reflejo en un espejo, Staatsoper, Viena

La lucha contra los elementos centroeuropeos no ayudaba. Tampoco aquella raquítica colección de papiros egipcios y el ejercicio de fetichismo freudiano. ¿Y el diván?, ¿dónde está el diván?, había preguntado al guarda. En Londres, señor, contestó. Sonreí decepcionado.

Mi amiga Isabel se había mostrado inquieta durante el almuerzo en el castillo de Köllendorf, a unos kilómetros de Viena. ¿Qué vas a hacer con Cósimo?, me preguntó. Me tienes intrigada. Me encogí de hombros. ¿Quién sabe?, contesté. Lo cierto es que no tenía ni la menor idea.

La semana no había empezado mal. Disfruté con el Rigoletto de la Staatsoper. La clásica puesta en escena resultó refrescante. Pero tras la primera noche, cuando inicié mis recorridos por la ciudad, sentí una presencia incómoda. Cósimo.

A veces resultas de lo más cargante, le dije en el Kunsthistorisches mientras contemplaba el Camino al Calvario de Breughel. ¿Qué quieres?, contestó. Me tienes aburrido, esperando a que se te ocurra algo. Intenté zanjar la situación. Como sigas así te vas a incorporar a la cola de príncipes napolitanos en paro, así que tranquilito.

Sybilla, Emilia y Sidonia de Sajonia, Lucas Cranach

Pero no se dio por vencido. Él no. Cuando llegamos al triple retrato de Cranach, saltó. Aquí no me vas a negar que lo tienes a huevo. Sybilla, Emilia y Sidonia de Sajonia. Seguro que eran unas víboras. ¿No se te ocurre nada? Aunque sea para Constanza, son muy de su estilo.

A ver guapo, respondí con paciencia. ¿Aún no te has dado cuenta de que esto no es un Plan Cósimo? Esfúmate y déjame respirar un rato.

Me había pasado. En el fondo Cósimo es un buen chico. Viajar con él estos dos años ha sido divertido a pesar de sus excesos. Intenté ser conciliador. Si tanto te aburres, podemos intentar algo, propuse. Percibí una sonrisa.

Prunksaal de la biblioteca del Hofburg, Viena

[Prunksaal de la Biblioteca del Hofburg. La luz entra en diagonal por los ventanales, iluminando los frescos. El espacio, abrumador, genera una opresiva sensación de soledad]

Contemplo a Cósimo paseando por la sala mientras asciende la mirada hacía los frescos de la bóveda y las rocallas barrocas. Al cabo de unos minutos sale con un corto abrigo azul y gafas de sol. Recorre las calles del centro y entra en Julius Meinl, el deli vienés por excelencia. Sube al primer piso y se sienta en el café frente a una mujer de negro y furiosos labios rojos. Pide una copa de vino blanco.

Suspira. Autor, así no vamos a ningún lado, me dice. Esto es un coñazo. Tiene toda la razón. Pruebo a darle una vuelta.

Casa de Otto Wagner, Linke Wienzeile

[Palacete jugendstil al norte de Viena. Techos altos, escayolas y vidrieras con motivos florales. Las luces destacan una decoración algo ostentosa]

Cósimo asciende hasta el salón acompañado por Max, un excéntrico personaje dedicado a acabar con los últimos restos de la fortuna familiar. Antes de la cena les sirven una copa de champagne. El anfitrión, un checo de mirada turbia, les saluda con una sonrisa poco creíble.

Haciéndose paso entre rusas de dudosa profesión y artistas en busca de coleccionista, llegan al grupo de las herederas venezolanas. Figuras modeladas por años de cirugía les contemplan con impertinentes sonrisas. Desde sus tacones, una de ellas decide tantear a Cósimo.

–       ¿Y tú quién eres?

–       Yo Cósimo, ¿y tú?

–       Aquí todo el mundo me conoce. Pregunta a alguien.

–       Creo que te falta algo de encanto para esa respuesta.

–       Será que Viena me ha enfriado la sangre.

–       Quizás no hayas tomado suficiente champagne.

–       ¿Eres italiano?

–       Se podría decir que sí.

–       Me gustan los italianos.

–       A mí me gustan las mujeres que saben lo que quieren.

Cósimo se da la vuelta. ¿Y esto?, me dice. ¡Menuda petarda! Me la has vuelto a jugar. Se ve que tienes el día inspirado. Sonrío con cinismo. ¿No querías a Sybilla de Sajonia? Ahí la tienes, le contesto.

Con gesto de ¿qué le vamos a hacer? Cósimo continúa su conversación con la heredera sin nombre. Pero cambio de idea. No estoy de humor para una escena de sexo.

Plato de Porcelana vienesa, siglo XIX

[Comedor del Castillo de Köllendorf. Molduras doradas sobre blanco y amplios ventanales. A pesar de su dimensión la habitación resulta acogedora. La mesa, con la vajilla de porcelana vienesa, está lista para el almuerzo]

Cósimo me mira con desconcierto y cierto cabreo. Isabel, la chatelaine, una íntima amiga de Simoneta casada con un noble local, aparece en vaqueros. Le da dos besos. Ya tenía ganas de verte por aquí, le dice.

Le siguen dos hombres con chaqueta de tweed y pantalones de pana. Sus parejas resultan sobrecogedoramente austríacas. Cósimo piensa en la baronesa que intenta seducir al Coronel von Trapp. ¿Ves como aquí lo de ser príncipe no tiene ninguna gracia?, comenta Isabel ya sentados a la mesa. Incluyendo a mi marido sois cuatro. Una vulgaridad. Sin prestar atención al resto de la mesa, ríen.

¿Qué planes tienes en Viena?, le pregunta. Cósimo se encoge de hombros. ¿Quién sabe?, contesta. No tiene ni la menor idea.

[Fundido en negro]

Pasé a la siguiente sala del museo intentando calmar mis divagaciones. Ante el espejo convexo de Parmigianino pensé en lo fácil que es convertir la vida en maniera. Es lo que llevaba haciendo durante dos años. Un constante ejercicio de evasión, de distorsión hedonista de una verdad amarga.

El Agua, Arcimboldo

Pero había llegado el momento en el que los personajes de aquel circo convexo habían adquirido su propia realidad. Contemplé durante unos minutos el Agua de Arcimboldo y sentí impotencia. Aquella figura, fruto del capricho y la invención, era real. Tan real como el Cósimo que se había dirigido a mí unos minutos antes. ¿Qué iba a hacer? Lo cierto es que no tenía ni la menor idea.

Llegó un mensaje de Isabel. Me esperaban a comer en Köllendorf.


Plan Cósimo


Esto no es un Plan Cósimo. Tips sobre Viena, próximamente.

Créditos: Medallón de Otto Wagner en Linke Wienzeile por dalbera. El resto, por el Autor


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