28 enero 2013

De evasiones y evocaciones

¿Refugio en un pasado idealizado o recreación de paraísos soñados? Evocación y evasión comparten un mismo mecanismo intelectual. Y ambas son igualmente válidas para los que queremos ausentarnos, al menos de vez en cuando, de una realidad que puede resultar tan opresiva como asfixiante. El tópico está en el desencadenante. Desde el Romanticismo, que fue capaz de estigmatizar por primera vez un entorno degradado y hostil, encontramos un nutrido repertorio.

En los aires orientales de la música de Rimsky-Korsakof, las fantasías de la Antigüedad clásica y medieval de prerrafaelitas como Alma-Tadema y, en su expresión más elevada, los siete tomos de En Busca del Tiempo Perdido, el arte santificó la huida a través de un sonido, una forma, un olor o, en el célebre caso de la magdalena de Monsieur Proust, de un sabor. El tópico sobre el tópico.

Con tanta literatura en la retina esperamos a que la evocación surja de cualquier detalle absurdo que nos rodea, sin previo aviso, como una explosión terrorista. Pero no. No digo yo que no ocurra pero, como las apariciones marianas, se dan poco. Así que, como ninguno de nosotros somos Proust, vamos a enfocar el asunto de una forma más realista.

En su fantástico libro The Art of Travel, el filósofo Alain de Botton analiza por qué viajamos. Su conclusión es que no se viaja por ir a ningún lugar. Los destinos, idealizados en nuestras mentes, a menudo decepcionan. De modo que más que viajar por llegar, viajamos por salir. El resto lo construimos nosotros. Gauguin construyó su concepto de paraíso, de Noa-Noa, contra viento y marea. Lo construyó porque lo necesitaba.

Pues bien, creo que, en los tiempos que corren, todos lo necesitamos. Así que, en vez de esperar a que la evocación nos asalte o que la evasión nos seduzca, asaltemos y seduzcamos nosotros. Todos tenemos suficientes estímulos para hacerlo.

Transformar la realidad es una cuestión de actitud, de visión. Sólo hay que comenzar a unir los puntos. Puntos de placeres olvidados, de sensualidades ignoradas, de dulces momentos abandonados. Una vez comencemos, sólo hay que seguir el Camino de Baldosas Amarillas.

Imagen: retrato de J.E. Blanche de Marcel Proust (1895) en la cubierta de L’Indifferente, del mismo año, en la cubierta de la edición de Einaudi de 1978, por Federico Novaro.

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