• mayo 14, 2013
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El falso Leonardo y la auténtica Peregrina

por Ioanna Stanopoulos

A veces, ser un cliché tiene su charme. Mi padre, armador griego, me dejó unos cuantos petroleros, un perfil digno de Irene Papas y una villa en Montreux. Allí pasé mi infancia. Maman, la bella rusa blanca, murió joven. Siempre fui una pobre niña rica. Eso sí, très exuberante. Me encanta mi voluptuosidad.

¿En Madrid? Por cretina y por estúpida. El exceso de dinero es tan difícil de gestionar como el exceso de belleza. A mí me tocó el primero. Pero lo descubrí tarde. Ya me había casado con el Marqués de Sade en versión Berlanga. Horreur.

Demasiado tiempo atada a la pata de la cama. Tras dos años de lucha logré que el juez me liberase con mi flota intacta. Ahora dedico mi renacido savoir vivre a malcriar a las pequeñas Sofía y Zoé, pelearme con mi ex, y coleccionar bibelots y demás cacharros.

J’adore Cósimo. Es un encanto. Hace unos días le pedí que me acompañase a una recepción en la Embajada Francesa. Llegar los primeros habría sido imperdonable, así que hicimos tiempo en el Lázaro Galdiano. Pasamos frente al Salvador Adolescente. El faux Leonardo, comenté. ¡Qué chasco para Don Lázaro!

¿Tú crees?, contestó. Para él siempre fue un leonardo. Ahora resulta que es de un discípulo. El problema es que lo vemos como un falso Leonardo, no como un auténtico Boltraffio.

Mi madre tiene una Madonna suya, afirmó. La considera una de sus joyas. Pero si lo hubiese heredado como un falso da Vinci estaría colgado en una esquina. Somos así de idiotas.

El Salvador Adolescente es bellísimo, me dijo. Haz la prueba. Contémplalo un rato. Miré a Cósimo. Tu argumento est très démagogique, contesté.

¿Y qué me dices de tu Peregrina?, preguntó. Me llevé la mano a la perla que colgaba del collar. Recordé las palabras de mi padre cuando me la regaló. No olvides que siempre serás mi estrella. La joya de la corona. Española, para más datos. Hasta que me dijeron que era del XIX. Al final la de Liz Taylor era la buena.

Me sentí molesta por su descaro. Es mi Peregrina. Mi padre me la regaló. Ça suffit.

De eso se trata, afirmó. Es tu Peregrina. El valor de los objetos depende del lugar desde el que los contemplamos, no de lo que son.

Tras tanta intensidad una copa champagne rosé en los jardines de la embajada fue mano de santo. Mientras saludaba, Cósimo se dedicó a ligar con una lánguida celebrity y a lanzar miradas procaces a los camareros.

Lo tuyo con estos garçons, c’est bizarre!, le dije. Me aburre el postureo, contestó con una sonrisa. Ellos son más auténticos.

La verdad es que el encanto de mi chevalier servant tenía sus ventajas. El champagne no dejaba de correr. Habíamos acabado con la cuarta copa cuando me llamó Constanza. Iba a cenar con Casto en Ganz. Aquello no daba para mucho más, así que tras despedirnos de messieurs les embassadeurs cogimos un taxi a la calle Alameda.

Mientras vaciábamos la segunda botella Cósimo retomó los faux. Habló de un primo Monroy que pertenece a la Hermandad del Santo Cáliz de Valencia. Él y una docena de personajes de la nobleza local velan la reliquia en la catedral una vez al año.

Les encanta el numerito, dijo. Se disfrazan y pasan la noche tomando chupitos de cognac. No creo que ni uno sólo de ellos piense estar ante el Santo Grial. ¿Y a quién le importa? El sentido no está ya en el culto, está en el ritual.

La conversación derivó hacia la falsedad de ciertos personajes. A mí me da igual, comentó Casto. Es parte del juego. Con mis clientas puedo ser lo que ellas quieran. ¿Querrían al auténtico Casto? No creo.

Lo que es verdadero lo elige cada uno, contestó Cósimo. Hay que reinventarse cada día. Y lo admito, a mí me encanta.

Constanza agitó su roja melena y me dirigió una mirada cómplice. Sois divinos, dijo. Estupendos con vuestros blazer, bebiendo champagne, sin haber arriesgado nada en vuestra vida. Yo no tuve opción. Compré un marido con trampa. Lo falso es falso. ¡No me vengáis con historias!

Querida, intervine, no puedo estar más de acuerdo. Pero a una edad las aristas se van suavizando. La vida da valor a ciertas cosas, aunque no sean auténticas. Sonriendo, lancé una mirada a Cósimo. Toqué mi Peregrina.

A otras se lo quita, continué. Cuando me peleo con mi ex-mari, rompo un par de platos (Abe the Ape es un encanto y me los manda iguales toute suite), compro flores y llamo a mi chulazo. Me quedo como nueva. Eso sí que es auténtico.

Tras una ruidosa carcajada, pedimos otra botella de André Clouet. Como diría Casto, ¡noanoa!


Plan Cósimo


El Salvador Adolescente fue adquirida por Lázaro Galdiano a un anticuario en 1898. Procedía, supuestamente, de un convento vallisoletano. Quien no haya visitado aún el museo después de la renovación, en la que se han recuperado ambientes de la época de Don Lázaro, que no se lo pierda. Además, en verano, el jardín es muy agradable.

Ganz, un bistrot con una carta concisa y al punto, es perfecto para una cena casual chic o para tomar una de sus deliciosas tartas tras visitar una exposición en los Museos de la zona. Está justo tras el Paseo del Prado. Además, André Clouet está en la carta, lo que supone siempre un incentivo.

Es fascinante la historia del Santo Grial de la Catedral de Valencia. Una taza de ágata que habría traído San Lorenzo a Hispania. Tras la invasión árabe fue custodiado en San Juan de la Peña. Alfonso el Magnánimo lo llevó a la catedral valenciana, donde la Real Hermandad de Caballeros del Santo Cáliz lo protege como el propio rey Arturo.

Como buena griega, cuando Ioanna se cabrea, rompe un par de platos de Abe the Ape. Los geniales diseños de Abraham Menéndez, en los que baila una elegante fauna y divas del celuloide, causan furor, y con razón.

Las flores, las compra en Margarita se llama mi amor, en Fernando VI, que ha aportado una visión fresca e innovadora al mundo floral madrileño. Y eso, especialmente en primavera, se agradece.

El teléfono del chulazo, upon request.

Créditos: Salvador Adolescente de Boltraffio, y Margarita de Austria, de Pantoja de la Cruz, de Wikicommons Media; Santo Cáliz, cortesía del cabildo de la Catedral de Valencia; imagenes cortesía de Abe the Ape y Ganz.


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