• octubre 13, 2013
  • TIPS

En Fez con un pony rosa

por Constanza Gil-Brooks

Llevaba meses deseando el pony rosa y, ahora que lo tenía, no sabía que coño hacer con él. Sonreí, exasperada. La medina de Fez me reventaba.

El pony, de nombre Philip, Lord Ashton, antropólogo postestructuralista de tez rubia y firme curtida en los montes de Papúa, nos dirigía con una naturalidad desconcertante a través de los laberínticos callejones de aquel infierno.

Hay que joderse, pensé, ¿no se le podía haber ocurrido otro sitio a Liliane para casarse? Marrakesh, c’est trop vulgaire, había sentenciado. Así que allí estábamos, sorteando toda aquella ruidosa y mugrienta autenticidad.

Aunque, la verdad, al futuro esposo y a Philip, íntimos desde Eton, se les veía felices. Tras su batacazo conyugal con la rancia Lady Tricia, Alistair había alcanzado el sueño inglés. Una boda exótica con una chic parisienne.

Fue él quien me presentó a Philip en Bleighton Hall. Aquel refugio campestre que hace parecer Downton Abbey una casa de muñecas. Como íntima de la novia merecía un trato preferente. Philip, heredero de una indestructible fortuna y de una turbadora mirada azul, lo valía.

Pasé meses cruzando mensajes insulsos mientras se encontraba perdido en la selva con los aborígenes. Su inaccesibilidad me excitaba. Eres gilipollas, me dije contemplando una cabeza de camello colgada en una carnicería. Definitivamente, aquello no era para mí.

Llegamos a la madrasa. El alicatado no está mal, pensé, pero yo soy más de la Place des Vosges. Oyendo a Philip disertar sobre las bondades del islamismo me asaltó una aguda sensación de aburrimiento.

Tras la comida, tumbada con él leyendo a mi lado, no dejaba de darle vueltas a aquel descalabro.

Sí, finalmente le había seducido. En un par de horas le tenía en el bote. Pero el exceso de expectativas lleva a menudo a la decepción. El chico era guapo y sus aventuras tropicales eran fascinantes, no digo yo que no. Pero la cosa no daba para mucho más. Y en la cama, un desastre. Tanta selva no puede ser buena. Ya lo había dicho yo.

Alicatado

Me duché y, tras enfundarme en mi modelo para la boda, bajé al patio del ryad con una excusa irrelevante. No levantó los ojos del libro. Un sutil ummmm fue suficiente. Sentí crisparse mi roja melena escocesa.

Necesitaba una copa. Tras una breve negociación con el barman me metí en la barra y me preparé un negroni. Tumbada en un diván, me vi irresistible en mi vestido turquesa de Marni y mis tacones de Rupert Sanderson. Al fin y al cabo son sólo un par de días, pensé con un bostezo. En Madrid le largo.

Soporté, estoica, la ceremonia en el gran patio del Palais Mokri. De Cósimo, ni rastro. Todavía sonaban los ecos de la fiesta. Éste me parece a mí que se marca un hannover, me dije. Encontré a Liliane muy chic. Pelo garçon y traje blanco minimal por debajo de la rodilla. Los zapatos y los labios, rojos. De lo más parisienne.

Él de estricto chaquet, y Philip impecable de best man. Hay razas que llevan puesto el uniforme de fábrica.

Tras el sí quiero tomamos una copa de champagne. Comenzaron los speech. Oír las bromas de Philip sobre la institución del matrimonio fue demasiado para mí. Sigilosa, me escabullí.

Con la copa en la mano me perdí en el vacío de aquel sueño oriental. Construido a principios del veinte, el edificio se encontraba sumido en una maravillosa decadencia.

La luz comenzaba a languidecer. Mis tacones sonaban huecos en los patios cubiertos de azulejos brillantes e intrincados mosaicos. Con la lentitud de las ensoñaciones, atravesé salones con artesonados desvaídos y delirantes yeserías. En el dilapidado pabellón de un jardín salvaje, me detuve.

Sentada en un banco desvencijado, me invadió una dulce serenidad. Pensé en Philip. Sentí un eco de tristeza, pero la amargura del desengaño se había diluido. Todo pasa, me dije. Mi copa estaba vacía. Decidí volver.

Recorría el laberinto de patios y escaleras cuando vi a Liliane tras una fuente de mármol en una estancia desierta. Su cabello negro y los zapatos rojos brillaban sobre el suave colorido de los azulejos. Me miró con una sonrisa.

Necesitaba un descanso. Es maravilloso, ¿verdad?, dijo contemplando los tejados del palacio desde la ventana. Me fascina su misterio. No habría concebido casarme en ningún otro lugar. 

Me acerqué y la abracé. A veces sale bien, ¿sabes?, le dije al oído. Y como unas idiotas, nos pusimos a llorar.

La mañana siguiente volvimos a Tánger en el Austin Healy de Philip. Comiendo en L’Océan, ante la playa inundada de luz, recordé el pabellón del Palais Mokri. Me sentí a salvo. Había sido injusta con Fez. En aquel jardín se reveló para mí su encanto, oculto bajo el caos. Respiré.

La expresión ausente de Philip me produjo una incómoda indiferencia. Con una copa de chablis pregunté, ¿tú crees que me detendrán si me baño desnuda? Me miró, escandalizado. Una marea de carcajadas comenzó a desbordarse frente a aquel gesto absurdo. Se encogió de hombros. Su desconcierto me enterneció.

Conteniendo la risa le besé en la mejilla. Poor Philip, le dije, qué feliz vas a estar de vuelta en la selva. Ninguna respuesta habría sido más sincera que aquella sonrisa.


Plan Cósimo


Fez es un auténtico laberinto de callejuelas. Cada mañana la ciudad vieja se convierte en un gran mercado, la medina. Hay numerosos ryads, antiguas casas con patio central, reconvertidos en hoteles. Constanza y Philip se alojan en la Maison Bleue, que combina el marco exótico y un servicio impecable con el aire francés de su mobiliario. Quizás yo me inclinaría por Dar Roumana, más céntrico y de gestión inglesa, sencillo y actual, con buenos vinos del país. Me sorprendió Terres Rouges, un syrah-tempranillo de la bodega La Ferme Rouge. Para comer no os perdáis Dar el Ghalia, un ryad con mucha solera y un maravilloso patio. Deliciosos los briouattes.

Para visitar el Palais Mokri seguid las señales desde este último. No es fácil, pero preguntando y con perseverancia llegaréis. Es un lugar mágico. Un palacio abandonado, con jardines, patios y salones cargados de una irresistible decadencia. Construido a principios del siglo XX por Si Taybe El Mokri, Gran Visir, tiene dos accesos. Una entrada lleva al gran patio, el único espacio restaurado. Por la trasera se accede, atravesando un jardín selvático, a una interminable red de estancias que conservan todo su encanto.

MedinaEn la boda, Constanza lleva traje de Marni y zapatos de Rupert Sanderson.

Vayáis o no en un Austin Healy, antes de entrar en Tánger os recomiendo que paréis a comer en L’Ocean, un restaurante con una gran terraza frente a una interminable playa. Un lugar con mucho sabor. Para alojaros, podéis optar por un bonito ryad en la kashba, La Tangerina, o por el Minzah, el gran hotel de la ciudad, con mucha solera y un estupendo restaurante, Korsan, algo turístico, pero con una excelente cocina y un entorno insuperable.


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