18 diciembre 2012

Gauguin, la invención del paraíso

Tengo que admitir que, aunque a priori no me sentía excesivamente interesado en Gauguin como artista, su figura me ha resultado fascinante.

Me atraen los buscadores. Aquellos cuya incesante inquietud les hace sentir siempre insatisfechos, allá donde se encuentren. Paul Gauguin, en su constante persecución de un ideal propio de vida y belleza, encontró una salida en este laberinto: construir su propio paraíso.

Ya antes de partir de una Europa en la que dejaba a su mujer, la danesa Mette, y a sus hijos, Gauguin ya había decidido lo que encontraría en Tahití: un primitivo edén de inocencia. Sin embargo, la isla no era la arcadia que Gauguin nos hace creer. Sometida a una administración colonial corrupta, controlada por misioneros que Gauguin denomina “cadáveres de cofradía”, y asolada por una prostitución tan generalizada que se había convertido en la norma, la isla estaba muy lejos de ser un paraíso. Además, pocos vestigios quedaban en 1891, cuando llegó Gauguin, de la primitiva cultura maorí. Las danzas se habían prohibido en 1819, y la iglesia había acabado con las divinidades y los rituales nativos.

Pero no se desalentó. No desistió ni ante la crónica falta de dinero, ni ante el acoso de la enfermedad (sufría sífilis y dolorosas úlceras en las piernas). Se estableció en Mataiea, un lugar retirado de la isla, en una cabaña de bambú cubierta de palma. Allí, con su vahine Tehamana, luchó por librarse de “la podredumbre de Occidente”.  “Junto a ella el noa noa tahitiano lo embriaga todo. Ya no tengo conciencia del día y la noche, del Mal y del Bien, todo es bello, todo está bien”, escribió en un sincero momento de plenitud.

Durante este periodo (1891-1903), en el que se sumió en un valiente, aunque algo forzado, proceso de deconstrucción, Gauguin elaboró un lenguaje plástico que nunca ha dejado de fascinar. Mediante el uso de colores planos y simbólicos, y formas idealizadas, Gauguin creó un universo de extrema sensualidad. La mujer, objeto de deseo y personificación de los valores ancestrales, y la salvaje naturaleza del trópico, se erigieron como centro y eje de su visión. En sus obras la selva adquiere vida, se convierte en un personaje más, exuberante, origen y guardián del noa noa, la fragancia, que todo lo invade. Los totems se yerguen como símbolos de una religión primitivamente pura. Una cálida paz inunda las escenas. ¿De donde venimos? ¿A dónde vamos?, una de sus últimas obras, representa toda una summa de esta idealizada creación.

Y digo yo, si Gauguin fue capaz de crear su edén en los Mares del Sur, con todo en su contra, ¿qué nos impide a cada uno de nosotros, como dice Casto, recrear nuestra propia versión del paraíso aquí y ahora? Noanoa. Demos las riendas a lo que nos hace sentir vivos, a lo que nos inspira y deseamos, a lo que nos hace reir y disfrutar, a lo que amamos. Si la realidad no va a cambiar, y no parece que vaya a hacerlo, reinventémosla nosotros. No creo que haga falta estar en Tahití para conseguirlo.

Imagen: Autorretrato, Gauguin, 1893, Wikimedia Commons

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