• noviembre 4, 2013
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Ebrio de Gozo

por Cósimo de Monroy

Anoche, revisando un moleskine rojo del último verano descubrí unas páginas que no recordaba haber escrito. No me sorprendí. Gran parte de mi estancia en la isla de Gozo con Geneviève flota en una zona brumosa de mi memoria.

Su exuberante sangre maltesa raya la locura. Siempre la consideré una hechicera. En un ritual en el que ella es la sacerdotisa sólo cabe soltar las riendas, dejarse ir.

La Valletta

Pasaba unos días en Valletta intentando trazar las huellas de un antepasado Scarpa en los archivos de la catedral. Nos encontramos en el Café Cordina. Había vuelto a su palacio de la ciudadela. El exotismo que su figura inspiraba en París adquiría en Malta pleno sentido.

El sofocante verano de la isla propició un tórrido reencuentro. Tras una noche bajo su dosel, zarpamos hacia la isla de Gozo.

En su melena morena y sus amplias caderas el tiempo se hizo elástico, abstracto y, al fin, se detuvo. Lo logró. Durante días, olvidé. Aquellas semanas se diluyeron con la vaguedad de un sueño. Caí bajo el signo de Ulises.

Las líneas que escribí surgieron de aquella ebriedad. Tomadlas como tal. Así comienzan.

Julio, goleta Calipso, en algún lugar de Gozo

La noche de la tormenta de Marsalforn, Geneviève de Tarxien bailó descalza. El agua se deslizaba sobre los pies desnudos del corro que giraba en verde y rojo al ritmo de luces fluorescentes.

Los novios reían, las palmas sonaban, Geneviève se desbordaba. Su vestido blanco de lino se prensaba con cada golpe de mar.

La tormenta

Ven, susurró. La marea se había retirado. Una falsa calma llenó el puerto. La abracé. El mar creció. Una ola saltó, cubriéndonos. La sal inundó sus labios. Su piel se hizo líquida bajo mis manos.

Geneviève, tan lejana los días de calma, cuando el calor nos ahogaba sobre los almohadones de su goleta.

Goleta Calipso

Oí su voz en sueños. Si conocieses los males que habrás de padecer antes de llegar a tu patria, te quedarías conmigo, custodiando esta morada.

Desperté en la playa de Ramla. Envuelta en la luz de la mañana, Geneviève caminaba hacia la Virgen de las Dunas. Calipso, murmuró. La besé bajo la mirada de aquellos ojos blancos, hundiendo mis pies en la arena anaranjada.

Playa de Ramla

Fue aquí, dijo señalando una gruta. Aquí fue prisionero Ulises. Aquí lloraba, mirando al horizonte. Te haré inmortal, libre de la vejez por siempre, dijo Calipso. Yo sólo quiero mi vida, contestó Odiseo.

Me llevó a los monumentales megalitos de Ggantija. Recordé la sensualidad de aquella figura que había emergido en una vitrina del museo de Valletta. Una sonrisa asomó en sus labios. Su cuerpo, sinuoso, pareció afirmarse sobre la tierra.

La Venus de Malta, Neolítico

Hicimos el amor entre los olivos. Tumbada en los surcos me recibió, cálida y densa. Su vestido se deshizo en la tierra. Las ramas se inclinaron. Me derramé sobre la tierra seca.

Megalitos de Ggantilla

Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros.

Nadie. Disolverme. Olvidar. Él no pudo olvidar. Rechazó el eterno amor de Calipso. No se dejó llevar por el extravío de los Lotófagos, por el hechizado canto de las Sirenas.

Gozo. La pedregosa, la árida, la de luz marina.

Torre de Comino

El balandro nos llevó hacia una torre sobre el acantilado. Un arco de piedra se abría sobre el mar turquesa. En el profundo azul, nadamos.

Azur, Gozo

La isla giraba en un círculo constante. El viento hinchaba las velas. El vino en mis labios suavizaba el crujir de los cabos. Geneviève, con el brazo extendido, se ofrecía oscura en cada copa.

Acantilados, Gozo

Acantilados perforados por el viento, bahías de arena roja, rocas blancas sobre el índigo, luz cegadora. Plenitud.

Háblame, Musa, de aquel varón que después de destruir Troya, anduvo peregrinando, conoció las costumbres de los hombres y padeció trabajos sin número.

Vista desde la gruta de Calipso

Háblame del tiempo antes de los cruzados, antes del ruido. Déjame caer en la ebriedad de las aguas cálidas, de las uvas pardas, de tu cuerpo blando, de tus ojos glaucos. Déjame olvidar.

Tiempo, atrápame en Gozo. Que la virgen sufriente no llegue. Hazme amante eterno en tus brazos.

Intoxica mi memoria. No quiero llorar mirando al horizonte. No quiero buscar mi destino perdido. Que nunca se detenga tu balandro. Girar, eternamente. Que la línea recta no exista.


Plan Cósimo


Dejándonos de lírica, Gozo es un paraíso. Pero esta pequeña isla no comparte su condición con su hermana mayor, Malta. Muy deteriorada por la especulación y el turismo masivo recomiendo dedicar a su visita el tiempo estrictamente necesario. La excepción es La Valletta, su capital, que conserva monumental casco antiguo rodeado de imponentes murallas. No es mala idea pasar en la ciudad una noche antes de emprender camino de Gozo. El Hotel Osborne, en la más pura tradición inglesa, es una buena opción.

Vale la pena la visita a San Juan, de un sobrecogedor barroquismo, aunque sólo sea para contemplar su magistral Caravaggio, La Decapitación de San Juan Bautista. Es también indispensable una parada en el Caffé Cordina, un clásico de la ciudad. Para la cena tiene mucho encanto la terraza del Hotel Phoenicia que, a pesar de su renovación, mantiene el sabor de los años cuarenta. Fuera de temporada, me gusta el restaurante Rubino.

Megalitos de Ggantija, Gozo

Gozo es uno de esos lugares que las oleadas de turistas no han conseguido erosionar. La tradición aflora en sus bandas municipales, en las reuniones en la plaza a la caída del sol, en las procesiones y, sobre todo, en su carácter abierto y afable.

Para el alojamiento lo óptimo es alquilar lo que allí se llama un farmhouse, casas tradicionales de piedra habitualmente ubicadas en las pequeñas poblaciones de la isla, con un patio interior en el que a menudo se ha construido una piscina. Entre los hoteles, a pesar de la escasez de infraestructura turística, Ta Cenc no es mala opción. Se pueden alquilar pequeñas motoras en Hondoq y Xlendi a precios razonables. Vale la pena. Al pequeño islote de Comino sólo se puede llegar por mar, y preciosas playas como la de San Blas tienen un acceso difícil por tierra.

La especialidad local, los platos de conejo (sí, conejo) la podéis disfrutar en Ta Vestru, en Qala (después de la cena tomad una copa e en el Zeppis Jazz Club, con actuaciones en directo y un ambiente muy divertido) , y en Jeffrey’s, cerca de Victoria, la capital. En esta ciudad, el Café Jubilee, en Independence Square, tiene mucho encanto. Pescados, estupendos en Il Kartell en Marsalforn y en The Boathouse en Xlendi.

No se pueden dejar de visitar los megalitos neolíticos de Ggantija, la sala de exvotos de la basílica de Ta’Pinu, y dar un paseo por los acantilados de Ta Cenc. Me fascinó la réplica de La Salute de Venecia que se erige en Xewkija, en el centro de la isla. Y no os perdáis los estupendos vinos de los que os hablo en Mundo Cósimo. Una delicia.


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