• marzo 6, 2014
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Greta Garbo y el halcón

por Simoneta de Monroy

Sillón Louis XV, con tapicería de Aubusson, orig. Colección Greta Garbo

Sí, lo confieso, soy fetichista. Siempre he sentido que tras los objetos hay algo de las personas a las que han pertenecido. Algo que puede ser mío.

Aquella mañana, sentada en el sillón de Greta Garbo, esperé sentir un eco de su dura y fría feminidad. Recordé su rostro al viento en la escena final de La Reina Cristina de Suecia. Deseé ser capaz, como ella, de vaciarme.

Pero el sillón no estaba ayudando. Los ecos de mi desliz con Aldo aún retumbaban con un ruido sordo. Pensé en Gabino. Le imaginé frente a su ordenador en el despacho. Hoy le tocaba a él recoger a los niños. Greta Garbo, La Reina Cristina de Suecia, 1933 Conocí a Aldo en ARCO. Estaba en el stand de su galería de Zurich. Al verle, su parecido con mi hermano Cósimo me sobrecogió. Por unos instantes le confundí con él. Me devolvió la mirada y se acercó hacia mí.

La principessa Scarpa, ¿estoy en lo cierto?, preguntó en italiano. ¿Cómo sabe mi nombre?, contesté desconcertada. Digamos que se me dan bien los parecidos familiares, afirmó. Aunque su voz y su actitud reflejaban una firmeza de la que mi hermano carecía, de sus ojos fluía su mirada soñadora.

Me mostró las obras expuestas. Agitada, luchaba por aparentar normalidad. Con palabras confusas acepté su tarjeta y me refugié en la sala VIP. Sabía que le volvería a ver.

Le llama la señorita Constanza, dijo Fanny en el tono mudo habitual en las filipinas. Sobresaltada, recordé la cita para la visita privada al Museo Arqueológico.

Era un soleado día de primavera. Caminé hasta el museo. Constanza había organizado una visita de empresa con su agencia de relaciones públicas y sugirió que me colase. Entre los trajes azul marino y las corbatas celeste me sentí como una intrusa. Retrato de Livia, Paestum, s. I d.C. Una conservadora nos guió a través de las salas, aún cerradas al público tras la renovación. Me detuve en el patio de escultura romana. Los retratos en mármol, aparentemente distantes, suscitaban parecidos improbables.

Frente a la monumental Livia me sentí abrumada. La gran matrona de la casa julio-claudia me recordó a mi madre sentada en el salón, exigiendo respeto y sumisión. Mujeres fuertes, mujeres frías.

Con Aldo no había tenido esa opción. Y si la tuve, la dejé pasar. Tras nuestro primer encuentro, había sentido un incontenible deseo de volver a verle. Su parecido con Cósimo y el hecho de que conociese a mi familia me inquietaba. Bajo esta coartada le llamé. Nos encontramos en La Rotonda del Palace.

Vestía un traje azul, algo moderno para mi gusto, y camisa blanca. Su mirada me hizo temblar. He acudido para que me aclare su relación con mi familia, comenté confusa. Su semejanza con Cósimo no había sido un espejismo. Rotonda, Hotel Palace, Madrid Sonrió. Nací en Otranto, dijo con seriedad. Recordaba los veranos en las tierras de mi abuelo en la costa de Puglia. En aquel pueblo de mar cristalino no había más autoridad que la suya. Tenía razones para seguir la pista a los Scarpa, continuó. No me ha sido difícil.

Intenté ahogar aquella revelación en un martini, mostrando un absurdo interés por su carrera profesional. Era consciente de que me estaba internando en el laberinto del que iba ser difícil salir, pero tenía que saber más.

Retiré la mirada de Livia y volví en mí. La sala estaba vacía. Mi grupo había avanzado. Tras buscarles entre capiteles califales y mosaicos, les localicé frente a la reproducción de un neanderthal. Fingí interés, pero mis pensamientos estaban lejos de útiles de sílex y los cuernos de mamut. Restaurante Al Trapo, Madrid Al salir, Constanza me sugirió comer en Al Trapo. La luminosidad y el tono lúdico de la carta me sacaron unos minutos de mi ensimismamiento. Tras flirtear con un elegante hindú sentado frente al ventanal, Constanza preguntó, ¿no me vas a decir qué te pasa? Porque algo te pasa, eso no lo puedes negar.

Sabiendo que conoce a Cósimo mejor que yo misma, le hablé de mi encuentro. Enséñame una foto, dijo. Busqué en el móvil y se la mostré. Asombrada, se llevó la mano a la frente. ¡Es idéntico!, exclamó. Se ve que tu abuelo sabía entretenerse en Otranto. ¿Y qué pasó después del martini?, preguntó con mirada cómplice. Me propuso mantener el contacto, mentí, pero mamá se llevaría un disgusto. Adoraba a su padre.

Plaza de Neptuno, Madrid

Tras la comida, Constanza insistió en que fuésemos a ver la Virgen de Fouquet en el Prado. Al pasar frente al Palace, me fue imposible no recordar. Tras el cocktail, Aldo me había invitado a cenar en el asiático del hotel. Sus movimientos transmitían la seguridad de quien, en la vida, ha luchado cada paso y ha ganado.

Bajo su apariencia de réplica familiar se escondía un hombre fuerte, lejos de la zozobra y la ambigüedad de mi hermano. Él fingía ser cazador, Aldo lo era. Lo que en Cósimo era una distracción, un divertimento, en el hombre que tenía ante mí era una cuestión de supervivencia. Jean Fouquet, Virgen de la Leche con Niño y Ángeles, 1450 La monstruosa figura de Fouquet irrumpió en mi ensoñación. No debí haber seguido a Constanza. Mi estado de ánimo no era el adecuado. Me sentí agredida por los turgentes y ostentosos pechos, por su piel de porcelana, por su otredad.

Mientras tanto, mi amiga movía su melena pelirroja, marcando con los tacones los cambios de perspectiva. ¡Fantástica!, exclamó entusiasmada. Alterada, me excusé y me dirigí a casa. Los niños y Gabino no habían llegado.

Me derrumbé en el sofá del salón. Mi mente se fijó en los halcones que estaban sobre la mesa del comedor contiguo. También pertenecieron a la Garbo. Apuesto a que ella se veía como halcón. Con Aldo había sido presa. Y con la certeza de aquella evidencia, el reflejo de Cósimo que siempre había adivinado en mí, se hizo real.

Sonó el timbre. Debía prepararme para la cena. Halcones de cerámica, China, y  candeleros holandeses, ambos del XVIII, orig. colección de Greta Garbo

 


Plan Cósimo


El Museo Arqueológico Nacional de Madrid (para los despistados, en Serrano, 13), abre sus puertas el 31 de marzo tras un proceso de renovación de siete años. Puede parecer mucho, pero os aseguro que ha valido la pena. Sus fondos, que abarcan desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna, antes expuestos en lo que era poco más que un almacén visitable, se han puesto al día. Tras una visita privada puedo decir que se ha convertido en uno de los mejores museos de arqueología de Europa. Los departamentos se estructuran de forma temática: la mujer, la caza, el mundo funerario, combinando piezas en diferentes materiales y soportes. Me quedo con la sala de retrato romano, que ocupa uno de los antiguos patios, cubierto por un lucernario. ¡Espectacular!

Al Trapo, carabinero asado con tallarines de sepia, patatas fritas, yema de huevo y emulsión de pimentón

Y de restaurantes, un descubrimiento: Al Trapo. Ubicado en el luminoso espacio del Hotel de las Letras, el brillante y jovencísimo chef Paco Morales, ha ideado una carta a partir de lo que él ha denominado alta cocina informal. En ella aplica las técnicas de alta cocina a platos simpáticos y seductores, para combinar y compartir. Mi opción fueron unos aireados de tortilla española, un impresionante croissant de centolla, sardinas en vinagre y rábanos, y unos deliciosos langostinos. Un menú alegre y colorido, fantástico para una comida de primavera.

A los que paséis por Madrid, no os perdáis La Virgen de la Leche de Fouquet, obra invitada del Prado procedente del Museo de Bellas Artes de Amberes. La teta más turgente de la historia del arte merece una visita. En esta hoy bizarra imagen, el maestro del siglo XV francés, Jean Fouquet, quiso representar una imagen celestial a través de la geometrización de las formas y la iconografía del color: serafines rojos, querubines azules, blancas carnaciones y el manto azul de la Virgen. La figura central responde al ideal de belleza de la época: los senos redondos, la cintura estrecha, la piel pálida y el nacimiento del cabello muy atrás. Se ha propuesto que podría representar a Agnès Sorel, la amante de Carlos VII. Aunque los cánones cambian,  la imagen ha conservado toda su potencia.

Créditos: Greta Garbo, en la Reina Cristina de Suecia, 1933; imagen de la Livia de Paestum, cortesía del Museo Arqueológico Nacional; imágenes de Al Trapo, cortesías del restaurante; Rotonda del Hotel Palace, por pdbreen; Plaza de Neptuno por Tomás Fano; piezas de la colección de Greta Garbo, hoy en la colección Monroy-Scarpa.


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