12 marzo 2013

Jacqueline du Pré, el genio catalizador

¿Qué hace que una nota modifique un estado de ánimo hasta volcarlo? No soy el primero que afirma que la música es, entre las artes, la que más directamente apela a nuestros sentimientos. En ocasiones nos altera. En otras calma ansiedades y desata nudos, liberando emociones ocultas. Muy tópico.

Pero, ¿qué hace que a mí, Cósimo de Monroy, los ocho segundos iniciales del segundo movimiento del Concierto para cello de Elgar me sacudan con esa intensidad? Lo tengo claro: Jacqueline, Jackie, du Pré.

Si sólo unos pocos artistas llegan a crear obras maestras, únicamente un puñado entre ellos tiene la capacidad de transmitir una energía capaz de provocar una catarsis. En ellos el don es natural, surge espontáneo y proyecta una esencia transformadora.

Sí, es necesario un cierto estado de ánimo en el sujeto. Estoy de acuerdo. Si en vez de en un Cáceres desierto hubiese escuchado la misma pieza tomándome unas copas en un bar abarrotado, mi percepción habría diferido radicalmente. Pero lo cierto es que, en situaciones diversas, esta pieza ha ejercido sobre mí esa emoción una vez tras otra, llevándome al borde de las lágrimas o simplemente, haciendo que vibre algo ahí dentro que no lo hace habitualmente.

Jackie, tímida y temperamental, nacida en Oxford en una familia de músicos en 1945, no recibió una formación convencional. Su enfoque, puramente instintivo, probablemente habría sido neutralizado por la lógica académica. Su obra cumbre, el concierto del que ya he hablado, fue grabado en 1965, cuando tenía veinte años, con el Stradivarius Davidov que le fue ofrecido por su madrina, Ismena Holland.

Dos años más tarde se casaría con Daniel Baremboim, dando lugar a una de las relaciones musicales más fructíferas del siglo, como se muestra en la muy criticada película Hilary and Jackie, de 1998, en la que Du Pré es interpretada por una joven Emily Watson. En 1971, con sólo veintiséis años, la esclerosis múltiple la obligó a retirarse. Una enfermedad que la destruiría, progresivamente, hasta su muerte, en 1987.

Pero en menos de diez años, sus interpretaciones habían transformado el repertorio de cello. Su concierto de Elgar es considerado  definitivo.

Ante este prodigio, relativamente cercano en el tiempo, los hechos se imponen. El genio nace, no se hace. Cuanto más excepcional es su naturaleza, menos cultivo requiere. Brota, torrencial y espontáneo, como una expresión propia de un ser excepcional.

I love playing cello, playing to people, but I’ve never wanted to do it every day and every hour of my life. Jacqueline du Pré.

La naturalidad del genio.

Me inclino ante Jackie.

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