• septiembre 27, 2015
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Karma-Cósimo

por Cósimo de Monroy

Me intentaba meter en el papel. Siempre lo hago. Pero tras dos horas de cánticos tibetanos, la experiencia mística no llegaba. El ruido de las trompas, los crótalos, y la queja que, por turnos, surgía de la garganta de los monjes, saturaba el aire cargado de incienso en la oscura sala del monasterio.

Había llegado a Jharkot con Tenzig, un chico nepalí que había tenido la amabilidad de hacerse cargo de mis bultos en Pokhara. Desde allí, ascendimos por caminos que recorrían una naturaleza abrumadora. Caminamos al paso de las caravanas de mulas, atravesando valles, ríos rugientes, y bosques que se elevaban hacia el perfil azulado de las montañas. Tras una semana, el aire se hizo luminoso y la vegetación desapareció. Sobre la llanura del altiplano, un poblado se recortó frente a las cumbres.

Buda Amitaya en el paraíso, Tanka tibetano,  1700, detalle

Me instalé con Tenzig en una antigua casa encalada que había pertenecido a un noble local. El piso inferior, ocupado por una cabra, gallinas, y la familia que se ocupaba del rebaño de yaks, proporcionaba a las habitaciones un penetrante aroma. La mujer, sonriente, persistía en ofrecerme un líquido blanquecino que identifiqué como leche (de yak) con mantequilla (de yak), y un correoso guiso de carne (de yak).

La austeridad de los tablones del suelo y las coloridas pinturas de los muros, me reconfortaban. La cama, un banco de madera tallada, sobre el que se extendía un delgado colchón, era uno de los escasos muebles que había sobrevivido al abandono. Allí, cada noche, volvía la misma pregunta: Cósimo, ¿qué haces aquí?

En Madrid, tras la ruptura final con Blanca, había sido incapaz de atrapar los contornos de una realidad que se me escapaba. El desconcierto ante una figura que saltó de un retrato de Angelica Kauffmann y los ojos de un gato en una casa abandonada, me habían hecho volver a terapia. Pero la doctora Cereceda poco pudo hacer ante una crecida que amenazaba con inundarme, y huí buscando una respuesta.

Mahakala, Tanka tibetano, 1500, detalle

Una respuesta que intentaba atrapar cada atardecer, desde mi azotea, en el monótono canto de los monjes. La pausada cadencia de sus voces envolvía el cubo ocre que se elevaba sobre los muros blancos de la aldea. Siguiendo a mis oídos, mi mirada no tardó en dirigirse hacia la imagen dorada que dominaba la sala de oraciones del monasterio.

El lama Thubten me acogió con entusiasmo. Nuestras sesiones concluyeron con un mechón de mi pelo envuelto en un trapo de seda. Sin embargo, mi brote budista no tuvo el resultado esperado. Me resistía a aceptar una gran parte de sus enseñanzas. Su empeño en que la vida estaba dominada por el sufrimiento, no llegaba a convencerme.

Retrato de Munchen Sangye Rinchen, tanka tibetano, XVI, detalle

Mi niñera, una recia napolitana, me enseñó que, aunque no convenía caer en el pecado, una visita al cura era suficiente para poner el marcador a cero con la divinidad. El catolicismo formal de mi madre había confirmado una visión sencilla y cómoda de la religión que nunca me había molestado en revisar. La incredulidad ante la existencia de un ser supremo no tenía, para mí, ninguna relación con unas normas sociales tan asimiladas como las formas en la mesa.

Pero la rueda de las reencarnaciones rompió la neutralidad. La imprevista amenaza de convertirme en una tortuga o un mandril en mi siguiente vida fue demasiado para mí. Sospeché que mi balanza no debía de tener un aspecto muy prometedor, y el arduo ejercicio de voluntad que el lama Thubten consideraba imprescindible para ponerlo en condiciones, no me seducía.

Mandalas del ciclo de Vajravali, Tanka tibetano, XV, detalle

En aquel ritual de purificación, con un capirote rojo sobre la cabeza, mareado por el exceso de incienso y la grave letanía de los monjes, decidí optar por lo malo conocido. Dije que necesitaba aire y, bajo una mirada de desaprobación, me dirigí hacia la puerta. Al salir de la oscuridad de la sala de oraciones, deslumbrado por la luz de la mañana, oí un ruido inusual recorrer el pueblo. El sonido desajustado de un motor se acercó.

En unos segundos, dos motos surgidas de la Gran Guerra se detuvieron, frente a mí, en la entrada del gompa. Un barbudo y una mujer con acento alemán pararon el motor y se retiraron los cascos. Hallo!, exclamó ella. Bajo el polvo acumulado durante el camino, sus ojos transmitían una irónica ambigüedad. Miró mi capirote rojo y sonrió.

El sombrerito te queda genial, dijo. Me lo quité, desconcertado. ¿Conoces a alguien que sepa de mecánica por aquí? Tenemos que arreglar este trasto, preguntó señalando el motor. Su compañero cogió una cámara reflex y comenzó a disparar sobre unos monjes sentados en la puerta.

Chakrasamvara y Vajravarahi, Tanka tibetano, XVI, detalle

Sorprendido por aquel asalto de la civilización, contesté que allí no había talleres. El parque automovilístico de Jharkot se limitaba al chasis de un camión cuya procedencia no había logrado identificar. Entonces tendré que dejar atrás a Ralph, contestó, mirando a su compañero. Pesa demasiado. Al bajarse de la moto, su figura andrógina despertó en mí un impulso que creía dormido.

Les ofrecí quedarse en mi casa durante la noche. Beate era fotógrafa y estaba realizando un reportaje para Condé Nast. Sonreí. Durante años, esa había sido mi única ocupación. Aquella noche, con una botella de licor de Kham, me contaron su recorrido desde Darjeeling. Su objetivo era llegar hasta Mustang. Beate me propuso ir con ella y acepté.

Recordé la mirada del lama Thubten y decidí dar por concluida mi inmersión budista. Él afirmaba que el karma no era destino, sino acción. Una red que nos ha sido transmitida y que continuaba tejiéndose con cada pensamiento. Imaginé vidas anteriores, dedicadas a la contemplación y la continencia. ¿Cómo si no podría haber llegado a una reencarnación como la mía? Sería una pena desperdiciar todo ese crédito acumulado, pensé. La botella, vacía, había caído frente al fuego. Ralph dormía. Beate, con los ojos turbios, sonrió y detuvo su mano bajo mi cintura.

Mandala de Jnanadakini, Tanka tibetano, XIV, detalle

Créditos: todas las imágenes, de Wikimedia Commons

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