14 octubre 2013

La Alhambra, arquitectura de agua y luz

Recuerdo el impacto que supuso para mí visitar la Alhambra. Los patios cargados de colorido, la luz modulada de las estancias, las fuentes, los jardines. Un lenguaje estético en el que la integración de todos sus elementos es absoluta.

Tras su expansión los árabes tomaron los motivos decorativos clásicos utilizados por romanos y bizantinos, adaptándolos a los preceptos de su religión. Durante siglos, estos motivos fueron reelaborados por omeyas y abasíes, en cortes en las que el refinamiento canalizaba la efervescencia artística.

En caracteres cúficos, la poesía cubrió los muros, dando contenido a la forma abstracta que es siempre la arquitectura. Las estancias de recreo se vieron inundadas por la intensa lírica de los poetas de la corte, contribuyendo al disfrute de los asistentes. A la vez talismán y estímulo intelectual, su lectura creó un constante diálogo entre el marco y lo que dentro de él sucedía.

Los elementos caligráficos se vieron íntimamente integrados con los motivos vegetales de arabescos y atauriques, extendiéndose en patrones indefinidos. Las proporciones, siempre articuladas en relaciones geométricas, aportaban al conjunto una perfecta armonía.

Porque es la geometría lo que subyace en un arte profundamente intelectual. El obstáculo que supuso la prohibición religiosa de la representación figurada (dios es el gran artista, nadie puede imitarle) fue superado por el genio de la abstracción. El hombre tiende a la belleza. Siempre encuentra el camino.

El arte musulmán apela directamente al intelecto con un efecto que podría denominarse musical. Las proporciones humanas de los espacios no buscan epatar mediante el tamaño, sino a través de su refinamiento. Se trata de un arte contemplativo y conceptual, en el que la riqueza de las texturas nunca llega a abandonar una contenida sobriedad.

Además de la dimensión religiosa, como símbolo de la unidad divina, la luz modifica el resto de los elementos de la decoración. Los materiales están concebidos para reflejar y ser transformados por la luz y la sombra. Así se unen pavimentos y muros brillantes, cúpulas nervadas, espejos, azulejos vidriados, madera dorada y mármol pulimentado.

Por otra parte la luz crea formas nuevas, ya que, según el momento del día o la época del año se crean efectos lúdicos mediante     dibujos que se proyectan sobre el suelo o los muros desde celosías y ventanas.

De forma aislada o combinada con la luz, el agua refleja y multiplica la arquitectura. Es un medio de enfatizar los propios ejes visuales. Estanques y acequias forman un conjunto estructurado y definido geométricamente que proporciona un contrapunto a las tramas del esquema arquitectónico. El agua no sólo aparece en los espacios abiertos que rodean el edificio, sino también en los interiores. Las fuentes, en el centro de los patios, trasmiten una sensación de reposo, frescor y amplitud.

Todo ello se conjuga en La Alhambra con una perfección absoluta. En el palacio nazarí las mil y una noches se transforman en arquitectura. Un sueño muy cercano.

Imagen: La Alhambra. Sala de los Abencerrajes, por Mait Juriado

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