• marzo 6, 2017
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La pasa de mindfulness I

por Cósimo de Monroy

Maya me había convencido. Estaba en una habitación de paredes blancas, colchonetas blancas y almohadones blancos que guardaba un inquietante parecido con una sala de internamiento de Kubrick. Un grupo dispar se sentaba en círculo en torno a una sacerdotisa con mechas y acento lánguido. Imaginaos que sois extraterrestres, dijo.

La gurú de la atención plena extendió un recipiente de plástico lleno de pasas a uno de los participantes, y le pidió que lo pasase para que cogiésemos una cada uno. Obedecí. La pasa yacía sobre la palma de mi mano, expectante. La guía nos pidió que la observásemos, que dijésemos qué veíamos. Algo rugoso y oscuro, propuse sin entusiasmo. Las versiones de mis compañeros no fueron mucho más excitantes.

Uvas pasas; Christian Schnettelker

A continuación, nos pidió que, con los ojos cerrados, la introdujésemos en la boca y describiésemos su textura. Nos animó a morderla, a saborearla, a dejarnos llevar por los matices que trasmitía nuestro paladar. ¿Despierta recuerdos? ¿Emociones?, preguntó.

¡Ups!, me dije, y abrí los ojos. Las magdalenas de Proust siempre me han producido desconfianza. Azorado, contemplé a mis compañeros compartir sus recuerdos. Cuando llegó mi turno, mi boca, autónoma, articuló el vínculo.  He visto el ojo de mi tío en la pared, dije. Me miraba mientras hacía el amor con una chica que sabía a malvasía. La rima sonó absurda.

La sacerdotisa no alteró su gesto. Gracias, Cósimo, sonrió, y pasó al siguiente.

Villa Palagonia Lemming Solution

Tenía quince años. El tío Guido, un vividor incansable, me había invitado a pasar un mes en su villa de Bagheria. Mi madre accedió sin dudarlo. El entonces príncipe Scarpa siempre me había considerado su heredero. No convenía contrariarle.

Apareció en el aeropuerto de Palermo con traje blanco, conduciendo un Dodge descapotable de los años sesenta. Su cabello comenzaba a clarear. Tras el recorrido familiar, las preguntas derivaron hacia mis estudios. Avanzábamos a través de un paisaje inconexo cuando sus ojos brillaron.  El aire hacía difícil respirar. ¿Y las chicas?, preguntó. Desprotegido tras mis Rayban, me refugié en monosílabos.

Era la primera vez que visitaba la villa. En el jardín, las formas curvas del pabellón central proyectaban una estructura confusa. Una hueste de pequeños monstruos tallados en piedra gris se extendía sobre los aleros. Mi tío había desaparecido en las dependencias de servicio. Subí una escalinata y accedí a un salón cubierto de espejos y rocallas.

Villa Palagonia

Un perro mestizo de color pardo cruzó la estancia y se detuvo ante mí con mirada perpleja. Una chica entró tras él. ¡Perseo!, exclamó. Disculpe, señorito, no hay manera con este chucho. Era muy morena. Llevaba un mandil sobre un vestido estampado.

Sonreí. No encuentro mi habitación, dije. Me pidió que la acompañase. Ascendimos una escalera circular. Mi dormitorio se abría sobre el jardín en la primera planta. Una pátina blanquecina cubría los muebles. Vita retiró una colcha de seda raída y abrió la cama. Sus movimientos eran bruscos. La insistencia de su mirada me hizo sentir incómodo y me acerqué a la ventana. Cipreses, pinos y palmeras formaban un bosque tupido en torno a la villa.

Palazzo Biscari

Los movimientos de Vita se sucedían a mi espalda. Se detuvo. Su respiración se había agitado. Me volví hacia ella. Su tío me ha pedido que le atienda. No tiene más que llamarme, dijo. Al percibir la leve capa de sudor sobre su pecho, mi deseo se tensó. Ella se llevó la mano a los labios y mordisqueó el pulgar durante unos segundos. Detuvo sus ojos bajo mi cintura, sonrió y salió de la habitación.

Turbado, deshice mi bolsa y busqué el baño. El calor, multiplicado en espejos de un decó rudimentario, era asfixiante. Al dejar caer mis pantalones, oí a alguien entrar en una habitación vecina. Mi sexo oscilaba. La distracción se diluyó al volver sobre la humedad de Vita. Su recuerdo se agitó en mi mano.

[Continuará]


Plan Cósimo


El barroco es sobrecogedor en Sicilia. El horror vacui cubre los muros con tracerías de mármol, y las bóvedas de los palacios huyen en perspectiva. El estandarte de la arquitectura palaciega de la isla, el Palazzo Gangi de Palermo, fue el marco elegido por Visconti para su Gatopardo. El Palazzo Biscari de Catania, más dieciochesco y aún propiedad del príncipe del mismo nombre, permanece cerrado al público. Entre estos dos polos, las villas de Bagheria emergen como el símbolo de una decadencia rústica. Construidas en el siglo XVIII como pabellones de recreo, están hoy rodeadas de una indefinida arquitectura suburbana. Villa Palagonia se abre como un cascarón entre caprichos que evocan los monstruos de Bomarzo. Villa Spedalotto resiste al acoso del entorno, como prueban las maravillosas fotografías de Slim Aarons.

 

Imágenes: Uvas pasas, Christian Schnettelker;  Villa Palagonia, Lemming Solution;  Villa Palagonia; Palazzo Biscari, Wikimedia Commons


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