• marzo 12, 2017
  • TIPS

La pasa de mindfulness II

por Cósimo de Monroy

La sacerdotisa de la Atención Plena nos invitó a tumbarnos sobre las colchonetas. Vamos a emprender la exploración corporal, dijo. Con el eco de la pasa en mi boca, seguí sus indicaciones. Dirigí mi consciencia hacia los dedos, la mano, la muñeca, el antebrazo… pero no llegué más allá. En el codo, mi pensamiento voló al jardín de Bagheria.

Palazzo Isnello, estuco

Recordé las mañanas tibias en la alberca, la lenta lectura bajo el sopor de los pinos. En ocasiones, acompañaba a mi tío Guido a visitar un castillo cuyo inminente derrumbe había alarmado a las autoridades. Su perfil seco no oscilaba de la carretera mientras perseveraba en su encuesta sobre mis hábitos sexuales. Con cada alusión, mi incomodidad se desviaba, enrojecida, hacia el paisaje. Su placer al observar mi sudor me confundía.

Al volver, encontrábamos a Vita trabajando en los corrales. Mientras me dirigía de nuevo a la alberca, la veía cruzar el patio. Bajo el mandil, se giraba en un paso y sonreía.

Palazzo Isnello, Otoño, Franceso Sozzi

El tío Guido tenía la costumbre de comer bajo un pórtico que se abría sobre el jardín. Restos de frescos celestes daban sombra a una mesa que Vita cubría con un mantel de cuadros. Servía la mesa con descuido, entre los gestos de las figuras de la balustrada.

Mientras bebía vino de malvasía, mi tío me hablaba de personajes lejanos, de palacios perdidos y de perversiones a las que respondía con una sonrisa. Como un autómata que comienza a hablar de forma repentina y resulta imposible detener, su vuelo crecía a medida que el contenido de la botella se reducía. Insistía en que bebiese. Rellenaba mi vaso hasta que, a mis oídos, sus historias adquirían una efímera normalidad. Cuando las consonantes comenzaban a resbalar, se retiraba.

Palazzo Isnello, Primavera

Los movimientos de Vita se acolchaban durante el almuerzo. Su brazo me rozaba con insistencia. El primer día, cuando mi tío se hubo marchado, su pecho cayó sobre mi espalda y me besó en el cuello. Su respiración era dulce. Me volví y la busqué bajo el vestido. Le pregunté por sus padres. Todos se emborrachan pasado el mediodía, dijo.

Insistió en subir a mi habitación. En mi ebriedad, la seguí. Al llegar, me llevó al centro de la estancia y retiró mi ropa. Ella se giró y, canturreando en dialecto, dejó caer el mandil. Desnuda, me hizo girar levemente, se arrodilló y, echándose el cabello hacia atrás, engulló mi firmeza. Cuando mis gemidos se agitaron, me empujó sobre la cama y montó sobre mí. Sus ojos se perdían en la pared. La cogí del mentón e incliné su rostro. Ella se detuvo y acercó los labios. Está mirando, susurró al oído.  La hice girar y me situé tras ella. Mientras basculaba, localicé una perforación en el estuco, sobre la cabecera. Vi la pupila y, en una convulsión, me derramé.

Palazzo Isnello, Invierno

Tras esa tarde, el rechazo hacia mi tío dio paso a una seguridad cómplice. Él, como si hubiese logrado el código que buscaba, abandonó su encuesta. Cada tarde, el filo de su mirada daba forma a un deseo sin vértices. La contemplación clandestina de mi placer lo hacía múltiple, punzante. Vita no mostró sopresa ante el despertar de mi morbosidad. A veces, contenía la risa. Yo, como un actor que, al salir a escena, olvida al público, retenía tan solo la consciencia de ser observado. La pupila adquirió una presencia propia, ajena a mi tío. Su proyección hizo mi torpeza acrobática. Él nunca lo mencionó, pero tengo la certeza de que la mirilla fijó el vínculo de mi herencia.

La exploración corporal había terminado. Consciente del relieve bajo mi cintura, me senté y crucé las piernas. Mientras oía a los participantes hablar sobre sus pelvis y sus tobillos, pensé que la pasa me había enseñado algo. Desde aquel verano en Bagheria, nunca ha dejado de gustarme que me miren.

 

El relato comienza en La pasa de mindfulness I


Plan Cósimo


Ya sé que no lo he mencionado, pero no me voy a resistir a hablar del chocolate de Modica. Su diferencia reside en que, a diferencia de los chocolates habituales, se elabora en frío, por debajo de 40º. Llevado a la isla por los españoles en el siglo XVI, es probable que se asemeje al método de elaboración del Nuevo Mundo, que en Castilla se denominó: chocolate a la piedra. Su textura es terrosa y los condimentos: canela, jengibre o guindilla, buscan el contraste. Su carácter rústico es opuesto a los productos suizos o belgas, que pueden ser deliciosos, pero son otra cosa. El único inconveniente es la dificultad para encontrarlo en Madrid. Habrá que ir más a menudo a Sicilia.

Imágenes: Palazzo Pisnello, Palermo, Frescos de Francesco Sozzi; Wikimedia Commons


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Pensó escribir un relato en el que un fanático se convierte a la vida hedonista tras sucesivas catas de vino… twitter.com/i/web/status/8…

Gira el rostro hacia la cámara; primer plano; mirada seductora / sonrisa ambigua #HenriLebasque pic.twitter.com/zv0WxPqH2e

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