• febrero 26, 2014
  • TIPS

Lisboa, au bonheur des dames

por Casto Salazar

I

Lo primero, no soy Cósimo, soy Casto. Ya sabéis, su (estupendo) amigo arquitecto metido a escort. Aviso porque en el último plan que escribí, el de las ovejas, me confundieron con él y la lié parda. Casi me mata. Por lo visto se le saturó el mail de señoras pidiendo cita.

Aunque para ser sincero, el que la lié fui yo en Lisboa. Para variar. Salgo de una y me meto en otra. No tengo solución. La culpa fue de Memé. Cuando me sugirió que sería una buena idea compartir mis servicios con su amiga Carlota durante el viaje debí plantarme y decir que no. Dos voraces divorciadas me podían dejar seco.

Pero subieron la oferta y, ante la falta de propuestas más sustanciosas, accedí.

El Dr Samuel de Dozzi de Sargent, se parece tanto a mí...

Memé era una de mis fijas. Desde su separación dividía su atareada vida entre las mechas de la peluquería, las sesiones de pilates, los vestidos de veinteañera, el bótox y tres o cuatro saraos por semana. Hay que admitir que a los cincuenta y cinco se movía sobre sus tacones como nadie.

Con Carlota había tenido menos trato. Discretamente elegante, con su media melena a lo Coco Chanel siempre bajo control, prefería dedicar su tiempo a cursos de arte y paisajismo. Tras tres matrimonios había descubierto que pagar de vez en cuando era una opción mucho más práctica que una nueva boda.

Aunque eran amigas de infancia y se conocían bien, había algo en aquel plan que no me convencía. Pero como soy incapaz de decir que no, dos semanas después me encontré sentado en el avión con una a cada lado.

Praça de Comércio, Lisboa

Los roces fueron constantes desde el primer momento. Le vas a gastar el muslo, querida, dijo Memé en pleno vuelo. Carlota le clavó sus feroces ojos negros. Bueno, ésta es mi mitad, así que me puedo servir yo misma, ¿verdad, encanto?, preguntó dirigiéndome una tierna mirada.

Intenté poner orden. Chicas, nos tenemos que organizar, propuse. Supongo que ya lo tendréis hablado entre vosotras.

La verdad es que no, contestó Memé alzando su operada nariz. Yo pensaba pedirme las noches. Carlota rió. Eso ni lo sueñes, dijo con sarcasmo.

A ver, intervine. Hay tres noches. Las dos primeras nos turnamos. El resto vamos improvisando. ¿Os parece? Accedieron a regañadientes.

Vista desde el Miradouro de Santa Luzia

Hacía una tarde primaveral en Lisboa. Los tacones de Memé ascendieron con dificultad hasta el Miradouro de Santa Luzia.

A mí esto no me convence, protestó. Con lo bien que estaríamos tomándonos un oporto. Pues no te va a quedar más remedio que aguantarte, contestó Carlota, a no ser que te quieras quedar viéndolas pasar en el hotel. Los tacones continuaron su ascenso con un gruñido.

Memé estaba invitada a un recital organizado por la embajada en el auditorio del Gulbenkian. Hasta la hora del cocktail, Carlota y yo recorrimos las salas del museo. ¿No te recuerda a mí? Me veo muy identificada, dijo al pasar por delante de la joven de Ghirlandaio. Comparando aquel rostro con sus angulosas  facciones no pude más que esbozar una sonrisa. Tiene un aire, contesté diplomático.

En la sala desierta de los azulejos iznik no se pudo contener y me asaltó bajo los pantalones. Tras simular una fogosa respuesta, me escabullí.

Joven, Ghirlandaio, Museo Gulbenkian

El vino de la cena en Tavares y el copazo en el Pavilhao Chines no hicieron más que elevar la temperatura. Las lobas mostraban sus colmillos a cada sorbo. Bueno, ¿y a quién le toca hoy?, preguntó Carlota. Pues a mí, por supuesto, afirmó con seguridad Memé. La idea fue mía y quien descubrí a Casto fui yo.

Afortunadamente a ninguna de las dos se le había ocurrido la idea de montar un trío, así que les seguí la corriente. Yo creo que lo justo sería echarlo a suertes, propuse. En aquel recinto cargado de bibelots la moneda brilló en cada giro. Cayó a favor de Carlota. La loba morena sonrió.

Pavilhao Chines

La noche fue una auténtica pesadilla. Memé, por supuesto, no se dio por vencida. En el discreto y clásico As Janelas Verdes teníamos dos habitaciones con vistas al Tajo (contiguas, gran error).

No me sorprendió el acrobático repertorio de Carlota. Pero tras pensar que lo había visto todo, el duelo entre sus salvajes gemidos y los procaces gritos de Memé desde el otro lado de la pared me alarmó. Aquello era un trío con una pared por medio. Tendría que haber cobrado más, pensé espantado.

II

Tras la tumultuosa noche, la calma que encontré al bajar al desayuno me hizo desconfiar. En el agradable patio del hotel, Memé y Carlota charlaban de cotilleos como si allí no hubiese pasado nada. Los camareros, sin duda al corriente del escándalo, se lanzaban miradas irónicas.

Tras tres cafés (los necesitaba), Carlota, ejerciendo de guía, propuso visitar el Museo de Coches. Cogimos un taxi. En el gran espacio a modo de salón dieciochesco, se alineaban los carruajes de la Corona. La luz, tamizada por las ventanas del piso superior, levantaba reflejos sobre las superficies doradas.

Sus miradas me confirmaron lo que sospechaba: había tregua, estaban aliadas. Con pavor ante las amenazas que ese hecho comportaba, empecé a considerar cómo neutralizar aquel eje del mal.

Museo de Coches, Lisboa

Un grupo de japoneses pasó a la sala siguiente. Memé exclamó, ¡rápido, no hay guardas! Meteos en ése. Con una decisión inusitada Carlota abrió la puerta del carruaje y saltamos dentro. La escena que se produjo en aquel interior de terciopelo rojo superó mis más delirantes expectativas.

Diez minutos después emergimos de aquel cuarto oscuro improvisado, acalorados y desbaratados. Ante la mirada atónita de una familia americana Memé comentó con descaro, Bonito ejemplar, ¿verdad?

El siguiente destino, La Estufa Fría, un grandioso invernadero de los años treinta recorrido por sinuosos caminos entre la vegetación (peligroso, muy peligroso), confirmó mis sospechas. Tras aquel itinerario había una perversa planificación.

Memé era demasiado simple. Ella habría continuado hasta la extenuación el duelo de lobas. Todas las pistas dirigían a Carlota. Tenía que romper la baraja.

Mi prolongada experiencia me ha demostrado que los celos son un instrumento infalible, incluso cuando ellas están pagando. Las mujeres son así. Llega un momento en el que se olvidan de que cobro. Elegí el eslabón débil.

Estufa Fria, Lisboa

Sorteando helechos, palmeras, azaleas y camelias recorrí con mi mano la seda que cubría la espalda de Memé. Hoy estás radiante, susurré. Me devolvió una mirada cómplice. ¿Hacemos una escapada?, pregunté. Sus ojos brillaron. La idea de la traición era demasiado tentadora. Mientras Carlota examinaba las cartelas de unos especímenes extraños, desaparecimos tras el denso follaje.

Cuando resurgimos media hora después había logrado mi objetivo. Carlota estaba muy cabreada. Su profunda voz temblaba, presa del furor. Esto es la guerra, querida, dijo con frialdad mirando a Memé.

Aquella noche, en el baile de la Liga Luso-Española contra el Maltrato en la Casa do Alentejo, contemplé entre dry martinis cómo dos mujeres competían sin piedad por un hombre cuyos favores estaban pagando. Tras haber burlado los momentos de mayor peligro, la situación me empezó a divertir.

Salón de la Casa do Alentejo, Lisboa

En el cuerpo a cuerpo ganaba Memé con un Cavalli verde que, más que vestido, era un escote. A Carlota, en un Eli Saab de gasa con pedrería y con menos soltura en la coz sobre tacones, se la veía más perdida.

Una guapa chica portuguesa, sin saber a qué se exponía, me sacó a bailar. Me sentí en una partida de Lara Croft. Las dos contendientes alternaban pisotones y arañazos con una discreción desconcertante. Aunque logré sortear las agresiones, Caterina, mi compañera de baile, huyó despavorida.

Con sus vestidos hechos jirones, tras un amigable, Te jodes zorra, esta noche duerme conmigo, entré en la habitación del hotel con Memé. A pesar de mi contención, hicimos el amor tan ruidosamente como dos animales en celo. Al otro lado de la pared sólo se sintió un aterrador silencio. Mala señal, pensé.

La mañana siguiente los Marqueses de Fronteira, unos primos lejanos de Carlota que habíamos encontrado en el baile, nos mandaron un coche para desayunar en su quinta de las afueras de Lisboa. Mis compañeras, gélidas, no cruzaron la mirada. No dudaba que mencionar la cuestión candente (quién dormiría conmigo esa noche) habría causado una deflagración sin precedentes. Preferí callar.

Palacio de Fronteira, Lisboa

Tras un café visitamos los jardines. Un pabellón se elevaba entre azulejos rodeando el estanque. Ascendimos la erizada escalinata que dirigía hacia la veranda superior. Memé logró mantener el equilibrio sobre sus tacones.

Al descender Carlota nos dejó pasar. Se giró con una mirada maliciosa y comentó, Qué maravilla, no hay ni una sola nube en el cielo. Memé levantó la cabeza y, sin que mi brazo alcanzase a sujetarla, voló sobre los escalones de granito, rodando hasta una escultura de Diana cazadora. La marquesa gritó. El marqués y yo corrimos hacia Memé. Pobre, no se ha dado cuenta de que faltaba un escalón, comentó Carlota.

La víctima, rabiosa y magullada, fue trasladada en ambulancia al hospital, donde se le diagnosticó rotura de cadera y cúbito.

Carlota me esperaba a la salida. Mientras paseábamos por el Chiado observé el rótulo de un antiguo comercio, Au bonheur des dames. Le bonheur, siempre tan lejano, pensé. Mi compañera interrumpió mis pensamientos. Parece que se ha despejado la duda sobre quién va a dormir contigo está noche, ¿verdad?, dijo sonriente. Pálido, asentí.

Au bonheur de dames, Chiado, Lisboa


Plan Cósimo


Lisboa siempre sorprende. Es una ciudad de un tamaño perfecto, que ha sabido conservar sus establecimientos tradicionales ahorrándose la oleada de pseudo diseño que ha barrido las ciudades españolas. En Lisboa lo clásico sigue siendo clásico, y lo actual, lo es rabiosamente. Hay que admitir la derrota. En buen gusto, nuestros vecinos nos ganan.

 

En este Plan recorremos la Lisboa más clásica y decadente. El trío se aloja en el Hotel As Janelas Verdes, cerca del Museo de Arte Antiga y ligeramente alejado del centro. Un establecimiento deliciosamente clásico y muy discreto.

Para los que prefieran un alojamiento más actual en el centro propongo dos opciones: los estupendos apartamentos Baixa House, en el barrio del mismo nombre, impecables, o The Independente en Infante Real, frente al Miradouro de Sao Pedro de Alcantara. Tiene todo el encanto del ambiente de un hostel, y unas magníficas habitaciones en el ático con vistas sobre el castillo. El Chiado está a un paso, y con buen tiempo las terrazas de Príncipe Real resultan de lo más animadas. Mucha gente guapa.

Azulejos, Solar Antiguidades, Lisboa

Recomiendo desayunar en  la Pastelería Sao Roque, a la vuelta de la esquina en la calle Dom Pedro V, una joya por su decoración de principios de siglo. En la misma calle, más adelante, hay deliciosas tiendas de azulejos antiguos, como Solar Antiguidades, donde se encuentran piezas de todos los precios. Aconsejo visitar un pop-up frente al parque, Embaixada, ubicado en un antiguo palacete en el que ni siquiera se ha restaurado la pintura. Tiene mucho encanto.

Para terminar este paseo por el Bairro Alto recomendaría, antes de cenar, una degustación en el Instituto do Vinho do Porto, un local de sabor inglés donde el encantador servicio da todos los detalles sobre esta deliciosa bebida.

Azulejos del Horno Sao Roque

Para cenar Tavares es un clásico entre los clásicos. Aunque la comida no es excepcional, su barroco salón justifica la visita. El restaurante de la Casa do Alentejo vale la pena por su encantadora decadencia. Si no están abiertos, pedid que os muestren los increíbles salones. Se caen, literalmente. Me encanta el Café Martinho da Arcada en Praça do Comércio, donde aún mantienen la mesa donde se sentaba Pessoa. Opciones más actuales son el Faz Gostos, que combina azulejos antiguos, diseño actual y una excelente cocina, o Pharmacia, frente al Miradouro de Santa Caterina, genial para un almuerzo divertido.

Para una copa, además del obligado Pavilhao Chines, único, es divertida la Pensao Amor, antiguo prostíbulo reconvertido con una disparatada decoración, o la Terraza Lost-in, con geniales vistas y muy cerca de The Independente. Y para plan de brunch un domingo, está muy animado LX Factory, un rastro estilo nuestro Mercado de Motores ubicado en antiguos almacenes del puerto, con restaurantes muy apetecibles.

Con respecto a las visitas culturales, hablo sobre ellas en la Píldora.

Para la elaboración de este Plan Cósimo, agradezco la colaboración de Joan y David, los chicos de Alquian, grandes conocedores del país vecino.


COMPARTIR

SUSCRÍBETE VÍA EMAIL

Lo último en Cosimo

Sígueme en facebook

Sígueme en twitter

Fetch Tweets: Sorry, that page does not exist. Code: 34

INSTAGRAM