30 agosto 2012

Los Malditos

Ya no hay malditos. Fue una raza que se extinguió en los sesenta. Hoy, como máximo, nos queda Houllebeq, y aunque literariamente es admirable, no da la talla. La deconstrucción del concepto ha llevado a que algunos de sus rasgos aparezcan aquí y allá. El caos que rodea a los Oristano, por ejemplo, o el sufrimiento de determinados personajes. Pero no superan la línea de vividores o inadaptados. La fusión de genio, autodestrucción y sufrimiento que representa el concepto romántico del maldito se ha perdido.

Entonces ¿por qué nos siguen fascinando malditos como Stavrogin? Creo que como todo maldito, Stavrogin nos apela porque en muchos de nosotros hay un resorte. Un resorte que puede arrancarnos del aparente orden que nos rodea, sumiéndonos en el caos.

El maldito es un dinamitero de realidades. Rodeado de virtud, opta por negar su propio mundo. El héroe de Dostoyevski, Nikolai Stavrogin, rechaza, sí, una gran fortuna, una mujer bella y liderar una revolución, pero estos elementos carecen de importancia si consideramos que se rechaza, ante todo, a sí mismo. Talento, nobleza, inteligencia, que le sitúan por encima de los personajes mezquinos que le rodean, no sirven a Nikolai más que para hundirse en la oscuridad y el vacío.

Dice Zaratustra que es necesario llevar el caos dentro de ti para generar una estrella danzante. Pero se requiere un cierto carisma para elevar estas pulsiones, para trasformar en potencia creativa la guerra perpetua que el maldito lucha contra sí mismo.

Entonces el infierno interior se hace fértil. La caída se transforma en el grito de dolor del Descendimiento de Caravaggio o en el lenguaje simbólico del Infierno de Rimbaud. En otros se hace explícita. La sordidez y la violencia que rodean al santo ladrón de Genet y al Bardamu de Celine configuran paisajes de transgresión, de ruptura, de huída. Escenarios de una batalla interior. Pero quizás fue Stephen Crane quien mejor captó en palabras la esencia de la negación.

I was in the darkness;

I could not see my words

Nor the wishes of my heart.

Then suddenly there was a great light –

«Let me into the darkness again”.

Imagen: Fiodr Dostoyevski, por Vasily Perov, 1872, Wikimedia Commons

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