28 noviembre 2012

Barroco-Bourgeois

No es de extrañar que Constanza sintiese una auténtica catarsis frente a la obra de Louise Burgeois (1911-2010). Nadie ha profundizado en las vísceras del espíritu femenino como ella. Su obra giró de forma obsesiva en torno a las ideas de hogar, de lo masculino y lo femenino, uniendo refugio y terror, protección y abandono.

Es muy revelador cómo narra ella misma su inicio en el mundo del arte. “Me sentí atraída por el arte porque me aislaba de las conversaciones de la mesa, donde mi padre se jactaba de lo bueno y maravilloso que era. Cogí un pedazo de pan, lo mezclé con saliva, y moldeé la figura de mi padre. Cuando estaba hecha, comencé a amputarle los miembros con un cuchillo”.

Su padre, próspero propietario de un taller de tapices, había tomado como amante a Sadie, la niñera de Louise, cuando ésta contaba once años. Este hecho no parece justificar el desmebramiento al más puro estilo vudú de Louise. Sin embargo, la traición que representó para ella marcó para siempre una personal y radical visión del mundo, y definió el papel del arte en su vida. Mantendría siempre, en trapo, la técnica que descubrió aquel día, cosiendo y desmembrando muñecos, en un proceso puramente terapéutico. Alejar el miedo, el sufrimiento y el terror, que hundían sus raíces en la memoria.

El arte fue para ella una vía de redención. Sólo el arte puede salvar de la locura y el crimen al artista, afirmó. Cuando posó para el magistral retrato de Mapplethorpe en 1982, llevó con ella a Fillete, un falo de medio metro en látex sobre escayola. Se sentía más segura con él. A través de la creación, había convertido el símbolo de la agresión en un elemento de protección y consuelo. A la inversa, sus célebres figuras de araña, que cariñosamente titula Maman, adquieren por su dimensión un aspecto siniestro y amenzador.

Pero es en sus Cells, las grandes instalaciones, en las que plasma con mayor riqueza su visión. El espacio, semicerrado, enjaulado, esconde una escena que cambia según el punto desde el que nos acercamos.  Ya sea a través de peep-holes en muros de madera o rejas metálicas, combinadas con espejos, manipula la percepción del observador.

Cuando se celebró la gran exposición del 2000 en el Reina Sofía, ante estas instalaciones, sentí una íntima relación conceptual con el barroco. En común con obras como el célebre Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, las Cells presentan una misma intención: provocar una intensa reacción emocional; una misma concepción de la obra, en la que convergen escultura y arquitectura; y una contemplación basada en un rico juego de perspectivas y dimensiones. Para ello se sirven se un complejo aparato escenográfico y de la propia tensión interna de la obra, como ocurre en Arch of Hysteria.

Y es que Bourgeois nunca es neutra. Siempre busca sacudir al observador, transformar, transfigurar. Desde la contemplación exterior, provocar la participación interior. Y lo logra en cada una de sus obras.

Encontraréis muchos más retratos de Louise, siempre fascinantes, y un repaso visual a sus obras, en mi cuenta de Pinterest.

Imagen: Louise Bourgeois, Cell Room, 1993, por Lightsgoingon

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