4 febrero 2013

Un paseo por el Louvre

Pocos museos resultan tan inabarcables como el Louvre. A la hora de abordarlo, a no ser que se disponga de suficiente tiempo para programar una visita en varios días por sectores, recomiendo siempre echar un vistazo a una guía, escoger las piezas que te llamen más la atención y deambular hacia ellas, siempre con la disposición de perderse por el camino.

Dejarse sorprender por obras que nos llaman la atención de una forma personal, en muchos casos ni siquiera mencionadas en las guías, es uno de los mayores placeres que ofrece un museo. La satisfacción del descubrimiento.

Pues bien, con ese espíritu en mente, he hecho una breve selección de obras que, por una razón o por otra, me han llamado la atención en algún momento de mi vida en los largos recorridos (siempre son largos) por sus salas.

La primera de ellas es pequeña, en terracota. Mide ocho por ocho centímetros. Siempre me he sentido atraído por los objetos que cuentan una historia. Y éste lo hace. En esta burda tableta cuneiforme de época sumeria, escrita el año 2.400 a.C. el Gran Sacerdote Luenna notifica al rey Urukagina de Lagash que su hijo ha muerto en combate.

Creo que el hombre, en lo esencial, no cambia, que los sentimientos que aquel poderoso guerrero sumerio sintió al leer esta carta serían muy similares a los que sufre hoy cualquier padre al saber de la muerte de su hijo. Por eso me conmueve.

A otra escala, siempre me he sentido fascinado por los relieves del palacio asirio de Khorsabad, inaugurado por Sargón II en el año 707 a.C. Si el objetivo de aquellos edificios no era otro que sobrecoger al visitante, estos relieves, flanqueados por monumentales toros alados o Lammasu, presentaban al observador la riqueza y el poder del rey asirio. Al lado de la más brutal crudeza de las escenas de combate aparecen detalles inocentes de actividades cotidianas, como la pesca, la caza, o el transporte de madera.

Entre las piezas egipcias, he sentido siempre una gran fascinación por la figura de Akenatón, el faraón del siglo XIV a.C. que rompió con el poderoso clero de Tebas, reivindicando la comunicación directa con el dios supremo Atón y generando el cisma de Amarna. Junto a la religión, revolucionó el arte de su tiempo, introduciendo un manierismo que llegó a alcanzar altas cotas de refinamiento, como queda patente en los retratos de Nefertiti, su esposa. Aún en Egipto, aunque ya en Baja época, no puedo dejar de mencionar los retratos de El Fayum, esos rostros que parecen mirarte a los ojos con una naturalidad, en ocasiones, desconcertante.

Pasando a Grecia, me seduce el Jinete Rampin, una cabeza en el estilo arcaico del siglo VI a.C., cargada de ironía y ambigüedad. Nunca me deja de impresionar la Cabeza Kaufmann, una Afrodita de una belleza insuperable. Emula a la Cnidia de Praxiteles, de la que un hombre se enamoró hasta el punto de asaltar el recinto del templo para pasar una noche de amor con ella. El Louvre tiene una gran colección de tanagras, las pequeñas figuras femeninas en terracota de época helenística policromadas, de una gran delicadeza.

En pintura, no puedo obviar dos piezas muy relacionadas del gran maestro, Miguel Ángel. Un dibujo de un desnudo masculino, y el orgasmo encubierto de sus esclavos. La forma, sometida a un intenso ejercicio de sensualidad. Otro de mis favoritos es Las bodas de Caná, de Veronés. Al pasar por delante del inmenso lienzo de no puedo evitar sumergirme en sus infinitos detalles. El trasfondo religioso de las Bodas del veneciano no fue más que una excusa para mostrar la vida cortesana en la República en monumentales arquitecturas palladianas. El hedonismo que desprenden le valió un proceso ante la Inquisición, que Veronés supo convertir en un alegato a favor de la libertad de la pintura.

Llegando ya al XIX, Edipo explica el enigma a la esfinge, de Ingres, es una obra intensamente sugerente tanto por su composición, como por tensión de la propia situación, en la que el héroe arriesga ser devorado si no da con la respuesta correcta. En la vida me he encontrado ante unos cuantos casos así, y es difícil salir airoso. Es maravillosa La Muerte de Sardanápalo, de Delacroix. Barroquismo en su más alta y sofisticada expresión.

Imagen: Edipo y la Esfinge, Ingres, 1808, Wikimedia Commons.

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