• enero 28, 2013
  • TIPS

Sr. Proust, la magdalena no es suficiente

por Cósimo de Monroy

El encuentro inesperado con un grand amour perdu no suele dejar indiferente. Una serie de variables intervienen en la ecuación. Quién dejó a quién, la calidad de los recambios logrados y las fachadas levantadas desde entonces. Pero, no nos engañemos, la clave en ese momento fatídico es la pinta con la que se aparezca en escena.

Y yo aquella mañana llevaba las de perder. Mi amiga Cuca, tras pasar la noche juntos, me había pedido que llevase su perro de Jeff Koons a una sesión fotográfica. Con la obra de arte bajo el brazo, la mente turbia y la ropa del día anterior, salía con ímpetu del portal cuando choqué con Fátima.

Llevaba un traje de chaqueta negro y un abrigo corto. Su pelo, liso y oscuro, caía sobre sus hombros. Incrédula, me miró. Cósimo, ¿eres tú?

Superadas las cortesías habituales, tomamos un café. Parece que tus gustos han evolucionado, bromeó con ironía mirando el perrito. Es un encargo, sonreí, incómodo.

Desde su huida a Londres hace diez años no la había vuelto a ver. Su rostro seguía irradiando una luminosa belleza. Había ganado en serenidad, en la sensualidad que transmite la elegancia de un gesto.

Habló mucho. Me contó lo duros que fueron los primeros meses, que para olvidarme se volcó en su trabajo, el rápido ascenso en la banca de inversión, su encuentro con James, y los detalles que ya conocía sobre su boda y el nacimiento de sus gemelas. Estaba en Madrid por negocios. Era feliz. Me miraba con cariño y sonreía.

¿Y a ti, Cósimo?, ¿cómo te ha ido estos años? Divagué. Le hablé de mis viajes, de mi madre, que me sigue reprochando que la dejase escapar y, con bromas, como hace diez años, la hice reír.

Al terminar su café me dijo que tenía una reunión, debía marcharse. Observando su espalda alejarse por la acera, con aquel horrible perrito en brazos, me invadió una tibia sensación de derrota.

Aliviado tras entregarlo en la galería, me dirigí a casa, donde intenté reconstruirme. Un día Durero, pensé en la ducha. Recordé el jinete de El Caballero y la Muerte. Hoy toca dosis de adversidad, me dije.

Y estaba en lo cierto. De camino a la comida, al abrir el Vanity Fair, me topé con una fotografía a página entera de Silvana. La nueva Mrs. Sacks, New York celebrity revolution, decía el titular.

¿Sus anteriores relaciones? Hombres ególatras e inmaduros, incapaces de asumir un compromiso, afirmaba. Recuerdo un viaje a Toscana con un príncipe napolitano que me aburría mortalmente, decía en las declaraciones. Sólo se miraba al ombligo. Quedé estupefacto. Sí, es cierto, lo dejé con ella tras aquellos tagliatelle al pecorino, pero ¿aburrido? Eso jamás.

Ioanna Stanopoulos, mi exuberante amiga griega, se moría de la risa mientras atacaba las deliciosas arepas de La Candelita. Ah, ¿pero no es cierto? ¿Ególatra e inmaduro?, ¿cómo puede haber dicho algo así? Bueno, lo de príncipe napolitano no te habrá molestado, ¿no?

No estaba del mejor humor para encajar sus ironías. ¿Sabes lo que hago yo cuando me jode mi exmarido? Tengo un chulazo estupendo, grande y peludo, que me deja como nueva. Si quieres te lo paso, no falla. Reímos.

De vuelta a casa, desde una galería, me asaltó un gran formato de Germán Gómez. Mostraba una agitada mutación. La búsqueda tiene un precio, pensé, decaído. Pero mientras contemplaba la obra sentí que se activaba un resorte.

¿Qué coño?, reanudé con cierto cabreo. Con ellas viví cada instante. Fueron muy felices conmigo. ¡Eso es lo que cuenta! Conclusión: que te jodan, Durero.

Extinguidos los últimos restos de mi agitación llamé a Nube, mi ninfa desmelenada, y me monté mi noanoa favorito. Queso, vino y buena compañía. Como dijo Ioanna, nunca falla. Bajo las vigas de su buhardilla, mecido por la música de Sigur Ros, con el sabor del gorgonzola y una copa de Toro dije, ¿sabes?, creo que la magdalena ya no es suficiente.

¿Te refieres a Proust?, preguntó Nube, frunciendo las cejas. Justo, contesté. La realidad nos acosa. Nuestra memoria está modelada por estímulos que nos golpean, nos asaltan, nos excitan. Los claros ojos de Nube me miraban, divertidos.

Para crear nuestros paraísos, continué, perdidos o reales, es necesaria una voluntad consciente. Unir los puntos de toda una red de momentos felices, plenos, luminosos. Nube sonrió. Y aquí el maestro, ¿no? Vanidoso, ¡cómo te gusta oírte!, dijo, y me besó.

Su piel flotaba, ligera y desnuda, sobre mis piernas. La botella de vino se erguía como una promesa de placer y ebriedad. Sintiéndome pleno con el recuerdo de tantas noches, pieles y sabores me dije, Marcel, aquí está mi magdalena. Noanoa.

Para los que quieran saber más sobre el noanoa, aparece en el Plan Cósimo Cómo salir de la crisis (un rato) con Gauguin. Nube es la protagonista de El Síndrome Arcimboldo, en el que salva a Cósimo de una loca obsesión. La historia de amor entre Silvana y Cósimo comienza en Milagro en Nueva York, Cósimo in love y concluye en Toscana con pecorino y Brunello de Montalcino.


Plan Cósimo


Fátima y Cósimo toman un café en Pomme Sucre, en la calle Barquillo, un lugar íntimo y muy agradable para desayunar o darse un capricho de su deliciosa pastelería. El Caballero, la Muerte y el Diablo estará, con los grabados de Durero al completo, en una exposición que se inaugurará en la Biblioteca Nacional el 6 de febrero. Éste, en concreto, tuvo una enorme repercusión en el arte europeo del XVI y el XVII. Rembrandt lo actualizó en su Jinete Polaco, ¿lo recordáis? Ioanna y Cósimo comen en La Candelita, también en Barquillo, un restaurante peruano en el que me encanta saborear sus deliciosas arepas. No os perdáis las exposiciones de Germán Gómez en la Galería Fernando Pradilla. Su concepto de memoria, identidad y su visión de la fragmentación del hombre contemporáneo son muy impactantes.

En casa de Nube, con la música del grupo islandés Sigur Ros de fondo, comienzan con una botella de L’Inconscient del 2010, de la bodega Les Cousins, del Priorato y siguen con un Recio, de Toro (ambos sobre 10€), del mismo año. Los quesos son todos de Poncelet. Desde el ángulo superior izquierdo, en sentido de las agujas del reloj, son, un llanut del Ampudán, de oveja; un potente gorgonzola piccante (más curado, y por lo tanto de sabor más intenso que el habitual, pero no picante, tal y como se entiende en castellano); un galet de la Loire, cremoso; un delicioso cathare, producido desde los tiempos de los cátaros, con la cruz occitana, de leche de cabra; y un riquísimo pecorino con trufa.

Créditos: Balloon dog, de Jeff Koons, por TheGirlsNY; El Jinete, la Muerte y el Diablo, de Durero, de Wikimedia Commons; Juan entre el Susurro y el grito, cortesía de la Galería Fernando Pradilla y de los actuales propietarios © Germán Gómez.


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