Embajada de Juan de Gorze a Abderramán III, Dionisio Baixeiras, 1885

28 enero 2014

Medina Azahara, hedonismo califal

Una ciudad, ¿por qué no construir una ciudad? Las ciudades palatinas representan el máximo grado de megalomanía en un gobernante.

Surgen por primera vez en Oriente como resultado del progresivo alejamiento del soberano que, en su palacio, se presenta como una figura inaccesible, rodeada de un rígido protocolo. El Khorsabad del asirio Sargón II será el modelo para Persépolis, que a su vez causó una profunda impresión sobre las huestes de Alejandro.

De los aqueménidas esta concepción del poder se transmitirá a los sasánidas, azote del Bajo Imperio Romano en Oriente, cuyo emperador se presentaba ante sus súbditos con su barba y cabellos espolvoreados de oro.

El ritual cortesano de este imperio de seguidores de Zoroastro tan escasamente conocido en Occidente tuvo una influencia determinante en sus sucesores, los califas omeyas de Oriente y los abasíes, así como en sus vecinos bizantinos.

El poder absoluto del monarca debía aparecer reflejado en el esplendor que rodeaba sus apariciones. A él sólo tenían acceso un estrecho círculo de cortesanos. El resto debía acercarse a él besando la tierra.

Cuando Abderramán III proclamó el Califato Omeya en 929, reafirmó su condición de igualdad con respecto a sus competidores, los califas fatimíes y abasíes de Oriente. Obviamente los reinos de la península no eran un espejo en el que mirarse. El rey guerrero, como primus inter pares, estaba muy presente en las sociedades medievales. Su poder era constantemente asediado por la Iglesia y la nobleza en las Cortes. El absolutismo aún estaba lejos.

Abderramán III, déspota oriental y Príncipe de los Creyentes reinaba sobre una sociedad próspera, compleja y culturalmente evolucionada. Samarra, la capital abbasí en el actual Iraq, quedaba para él mucho más cerca que León.

La sofisticación en los rituales cortesanos había llegado antes. En tiempos de su antecesor, Abderramán II, Ziryab, el liberto cantor de tez oscura venido de Bagdad, había revolucionado las costumbres del emirato. Introdujo en Al-Andalus el orden en los platos (que se extendió en Europa y hoy se sigue manteniendo: sopas y caldos, entremeses, carnes y pescados y postres), el uso de copas de cristal y la cuchara. Instauró en la corte una fábrica de tejidos emulando a las cortes orientales y las últimas novedades en música y literatura. Fue además el responsable de popularizar el juego del ajedrez.

En Al-Ándalus se bebía vino y se degustaban platos como hojaldre de pichón y pasta de almendra o los pasteles de queso perfumados con agua de rosas.

Una ciudad palatina sería el símbolo en el que se materializaría todo este esplendor y refinamiento. Medina Azahara comenzó a construirse en el año 936. Las crónicas de las embajadas del abad Juan de Gorze en representación de Otón el Grande y la del emperador bizantino reflejan la magnificencia de su corte.

Los embajadores, recibidos por los eunucos, atravesaban una sucesión de salones en un crescendo de ostentación hasta llegar finalmente al hoy llamado Salón Rico. Rodeado de alfombras y sedas, el califa recibía en un estrado de oro y piedras preciosas, rodeado de los príncipes, visires y chambelanes. La puesta en escena tenía un claro objetivo: sobrecoger, deslumbrar, epatar.

Con su sucesor Al-Hakam II, el concepto del califa velado, cuyo rostro no era visto por sus súbditos, alcanzó su expresión más extrema. Un modelo que tras algunos siglos seguirían, en diversas modalidades, monarcas como Felipe II o Luis XVI. Porque si el poder aleja, el poder absoluto aleja de forma absoluta.

Imagen: Embajada de Juan de Gorze a Abderramán III, Dionisio Baixeiras, 1885

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Pensó escribir un relato en el que un fanático se convierte a la vida hedonista tras sucesivas catas de vino… twitter.com/i/web/status/8…

Gira el rostro hacia la cámara; primer plano; mirada seductora / sonrisa ambigua #HenriLebasque pic.twitter.com/zv0WxPqH2e

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