• abril 14, 2013
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Muerte en Biarritz

por Casto Salazar

Cósimo, te necesito. La que he liado en el du Palais. De ésta no salgo, tecleé en el móvil. Tras una noche sin pegar ojo y con la gendarmerie llamando a la puerta de la habitación, las gotas de sudor comenzaban a caer implacables sobre la solapa de mi chaqueta. A lo que le lleva a uno la crisis, pensé. Cuando era arquitecto no me pasaban estas cosas.

Había reservado el fin de semana para Carmina Arastizábal (no hay muchas que contraten un completo, con la que está cayendo). Frívola y vivaz, en San Sebastián se aburría como una mona. Y claro, ahí estaba yo para alegrarle la vida. Y se la alegraba.

Ser una viuda rica de sesenta es un trabajo estupendo. Tras su sesión de spa, gimnasio y pinchazos varios, Carmina salía a la calle cada mañana como la Venus de Botticelli. Pero ella (muy empeñada en lucir sus inversiones) se quejaba de que no había manera de pasear su colección de alta costura.

Así que el primer plan, después de recogerla en su villa del Monte Igueldo, fue acudir a un evento benéfico en el Museo Balenciaga. Rubia genuina y con un modelo de Cavalli con el que no se habrían atrevido muchas veinteañeras, iba estupenda.

Del brazo de su guapo y fornido conductor (yo), disfrutó sabiéndose blanco de todas las miradas. Pero tras haber logrado escandalizar a la concurrencia se aburrió. Vámonos a Biarritz, dijo en un arranque. Y yo, a Biarritz con la gorra puesta. En aquel interminable Mercedes negro, entre sus siempre divertidos cotilleos y la voz de Dinah Washington, ni me enteré del trayecto.

En el Hotel du Palais la recibieron como a la mismísima Eugenia de Montijo. No me dejó quitarme la gorra (quería numerito). Así que entre ostras y champagne, yo con la gorra y ella con los tacones, la montamos. Sabía qué botones tocar. Uno es un profesional, y además Carmina era multiorgásmica, así que no me costó poner la máquina en marcha.

Cuando se le pusieron los ojos en blanco por tercera vez me empecé a preocupar. A esta mujer la va a dar algo, pensé. Y efectivamente, le dio. Tras un interminable crescendo (ella estaba encima) levantó los brazos y cayó hacia atrás sobre la bandeja de ostras.

Claro, yo me quedé muerto. Levanté la cabeza y vi las piernas con los tacones fucsia que surgían de detrás de la cama. ¿Carmina?, ¿Carmina?, pero nada. Me levanté de un salto. No respiraba. Me entró un ataque de pánico. La arrastré de nuevo a la cama (cómo pesaba la mujer) y la cubrí de la forma más púdica que se me ocurrió.

Llamé a recepción. Subió un médico somnoliento y enrojecido por el alcohol de la cena. Madame est morte, il faut appeler la police, sentenció. Y a sus hijas. Carmina tenía dos hijas que vivían en Madrid. Nenuca y Patita. Opus militante. La tenían frita (no las soportaba). Debían rondar mi edad.

Cogí el teléfono de Carmina y llamé a Nenuca. ¿Mamá? Me temo que tu madre ha fallecido. Pero ¿quién es?, ¿qué ha ocurrido? Soy Casto, estaba con ella cuando sucedió. ¿Casto?, ¿eres el novio de mamá? Sí, más o menos. No sabía que Carmina tuviese novio. Me dijo que acudirían en el primer avión.

Tomando la iniciativa de Nenuca, en la declaración me convertí en el novio de Carmina. Ni el forense ni el gendarme querían complicaciones. Fallo cardiovascular. Monsieur, váyase a desayunar. Rodeado por el oleaje de la Côte Basque, intenté relajarme con un café.

Cuando, tras unas horas, vi entrar a Cósimo por la puerta del hotel, se abrieron los cielos. Con traje y corbata, estaba imponente. Tras él surgieron dos señoras de mediana edad, poco agraciadas, no muy delgadas y de luto riguroso.

Casto, te presento a Nenuca y Patita, dijo Cósimo muy serio. Hemos coincidido en el avión, y las he traído en coche. ¡Pobre mamá!, exclamaron, ¡teníamos tantas ganas de conocerte!  Me abrazaron, compungidas. Queremos verla.

Mientras subían entre sollozos, comenté a Cósimo, aquí hay algo raro. ¿Por qué han sido tan cariñosas? Su madre y ellas no se soportaban. Intentaban espantar a cualquier hombre que se le acercase. No lo entiendo.

Las tenía cerca en el avión, contestó. No paraban de hablar del testamento de Carmina. Ni una lágrima, no te creas. La pusieron de vuelta y media. Cuando me presenté al desembarcar y dije que era tu primo, abogado, fueron excesivamente encantadoras. Las noté inquietas.

Con el coche fúnebre en la puerta, quedamos en que Casto y yo llevaríamos el Mercedes de vuelta a San Sebastián. Ellas volverían por su cuenta. Íbamos directos al Buen Pastor. Habían preparado una misa corpore insepulto.

Creo que te hace falta un break, dijo Cósimo saliendo de Biarritz. Conozco un sitio estupendo en Fuenterrabía. El día se había abierto. Un buen rape y una botella de albariño en la Hermandad de Pescadores aclararon el horizonte.

Menudo número, Casto, comentó Cósimo. Como sigas así vas a tener que meter un extra para funerales en tu tarifa. Me hizo reír. Bueno, por lo menos Carmina murió feliz, contesté. No lo dudo, dijo, pero para la próxima, más cuidado con tus dotes. De momento, la misa con tu cliente de cuerpo presente te la vas a tener que tragar, si no quieres hacer sonar la alarma. No me la jugaría yo con Nenuca y Patita.

Dejamos el coche frente a la iglesia. Un grupo de mantillas negras y trajes oscuros se arremolinaba frente a la portada del Buen Pastor. No me extraña que Carmina te pillase de Barry Lindon, dijo Cósimo. ¡Qué fauna! En primera fila, junto a sus hijas, aguantamos estoicamente el oficio. Nunca había visto a Carmina tan tapada.

A la salida, Nenuca y Patita se acercaron. Casto, tenemos que hablar del testamento de mamá. Supongo que sabrás que apareces en una cláusula. Estamos dispuestas a negociar, los términos no son aceptables.

Interrumpió la conversación un hombre de pelo gris, corpulento, con corbata de Hermès y raya diplomática. Me han indicado que sois las hijas de Carmina. Soy Casto Iturralde, el compañero de vuestra madre. Creo que tenemos temas pendientes. Cósimo soltó una carcajada. Nenuca y Patita se miraron, lívidas. Pero bueno, ¿entonces tú quién eres?, exclamaron. Yo la hacía feliz de vez en cuando, contesté sonriendo. Parece que le gustaban los castos.

Y dicho esto, dignamente nos dimos la vuelta y al doblar la esquina, comenzamos a correr como dos veinteañeros. Tras un ataque de risa y unas cuantas cañas, decidimos darnos un homenaje en Mugaritz. ¡Qué arpías! Este champagne va por Carmina, ¡noanoa! Y procedimos al asalto de la bodega que tantas veces había disfrutado con ella.

 

Si quieres averiguar qué es el noanoa, descubrelo con Casto en Cómo salir de la crisis (un rato) con Gauguin.


Plan Cósimo


Os recomiendo a todos la visita del Museo Balenciaga de Guetaria. Fantástico incluso para los poco aficionados a la moda. De camino a Biarritz, Carmina y Casto oyen Mad about the boy, de Dinah Washington. Con el Hotel du Palais no sabría por donde empezar. Construido por Napoleón III como villa de verano para Eugenia de Montijo en 1854, se convirtió en hotel cuatro décadas más tarde. Los salones, especialmente el comedor en hemiciclo sobre el mar, son deliciosamente decadentes. Recomiendo la visita a los que paséis por Biarritz, aunque sólo sea para tomar un té.

Fuenterrabía cuenta con un agradable casco antiguo amurallado y una estupenda playa. La calle San Pedro es perfecta para tomarse vinos y pinchos rodeado de la bonita arquitectura popular de la zona. Muy cerca, en la Hermandad de Pescadores, imprescindibles la sopa de pescado y el rape. Si se busca algo más elaborado, en el casco viejo está Sebastián, un acogedor local con muy buena cocina.

Y en San Sebastián (inabarcable), por ceñirme a los lugares del Plan Cósimo, con la indeleble referencia de Arzak, Mugaritz emerge como un templo a la actual gastronomía vasca. Junto a  Akelarre y y Zuberoa y Martín Berasategui, en Lasarte, forman el quinteto clave de la cocina guipuzcoana. Si se dispone del dinero y el tiempo, son una inversión segura. Pero San Sebastián es inconcebible sin sus pinchos. En el casco viejo, me quedo con La Cuchara de San Telmo; Zeruko, en la calle Pescadería; las deliciosas anchoas de Txepeta; y Munto. Tras los excesos, Casto y yo pasamos la noche en el Hotel Villa Soro, a salvo de miradas indiscretas.

Agradezco su colaboración a José Luis Calderón y a Gema Mejías, gran experta en Balenciaga.

Créditos: Peine de los Vientos, de Eduardo Chillida, por erwin brevis; postal de Fuenterrabía 1898, de Wikimedia Commons; Barandilla de La Concha, por mmandarine, e imagen cortesía de Mugaritz.


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