• diciembre 24, 2012
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Nochebuena sin liquidez en Casa Monroy

por Cósimo de Monroy

¡Lo ha vuelto a hacer!, ¡tu padre lo ha vuelto a hacer! ¡Es un cretino, un canalla! La Nochebuena se anunciaba prometedora.

Mi madre hace años que vive en su villa de Posillipo, cerca de Nápoles, mientras mi padre gestiona sus asuntos cómodamente desde Saint Barth, una idílica isla del Caribe. Sin embargo, a todos los efectos, menos a los reales, tiene gracia, siguen casados. Y ambos se empeñan en revivir su simulacro de matrimonio en Madrid dos veces al año, en Nochebuena y el día de San Antonio, onomástica de mi madre.

Dos días en los que comen, cenan y duermen en la misma cama, en una casa que permanece cerrada el resto del año, tal y como quedó el día en que se separaron. Allí me encontraba, ante mi madre y mi tía Chiara, ambas al borde del paroxismo. Il San Giovanni, Chiara, ¡el San Giovanni del tío Guido!, gritaba entre lágrimas mi madre. ¡Y mira lo que ha puesto en su sitio!

Lo grave del San Juan Bautista no era sólo que fuese el patrón de los Scarpa, la familia napolitana de mi madre, ni que hubiese sido el único cuadro que, metiéndolo en el coche y atravesando media Europa, consiguiese traer a Madrid tras la liquidación de la colección. Lo grave del San Giovanni era que lo había pintado Ribera.

Mamá, seguro que hay una explicación, le dije. Miré a mi padre, que acababa de entrar en el salón. Liquidez, y no os digo más, afirmó con la calma que sólo proporciona una próspera vida ociosa. Las rentas bajan, y aquí todos vivimos como príncipes. Bueno, Cósimo, tú en teoría sí que eres príncipe, pero aquí el que pongo la pasta soy yo. Está vendido, y muy bien vendido. Así que, Antonella, ya está bien de tragedia. ¿Y tú que tal hijo? Tirándote a todo lo que mueve y sin dar ni golpe, ¿no? Como siempre. La sangre Scarpa, ¿qué le vamos a hacer?

Ramiro, que sepas que lo del San Giovanni no te lo perdono, sentenció mi madre, con una mirada que habría fulminado al propio San Juan Bautista. Aún atractivo gracias a su cabello blanco y a un perpetuo, aunque sutil, bronceado, mi padre se encogió de hombros. Y lo peor es lo que has puesto en su sitio, ¡qué espanto!

Pues me lo ha recomendado tu niño, contestó. Mi madre me miró, interrogante. Con un clásico traje de chaqueta y el pelo recogido, se mantenía erguida en el ancho sillón Luis XV. Ni los años ni las catástrofes familiares habían podido con ella. Se erigía, ante una muestra más de nuestra decadencia, como un reducto inalterable de los valores que la vieron nacer.

Bueno mamá, yo se lo recomendé para la casa de Saint Barth, allí está muy de moda, pero la verdad es que aquí no encaja muy bien. Contemplé el Baco de Vik Muniz y confirmé que, aunque me parecía una obra genial, no era del todo apropiado para Casa Monroy.

Afortunadamente, llegó mi hermana Simoneta. Pero, ¡que cara tenéis todos!, ¿qué ha pasado?, preguntó. Rodrigo y Pelayo, sus hijos, entraron corriendo en la habitación, con pantalones cortos y chaquetas tirolesas. La atmósfera se relajó.

Simoneta, esbelta y morena como buena Scarpa, era la encargada de poner la casa en condiciones para cada simulacro. Aquella misma mañana había llegado con un cargamento de decoración navideña. Todo estaba a punto, las coronas de acanto, los centros de flores y el mantel rojo. Divina, pensé, incluso con ese rancio a su lado.

Comprobé con alivio que mi cuñado Gabino había sustituido el habitual modelo loden-teba por un abrigo cruzado al que le sobraban cinco tallas. Gabino era buen chico, pero en una familia como la mía, la normalidad es una excepción difícilmente tolerable.

¿Dónde está el San Juan de la abuela?, preguntó Pelayo. Y este cuadro nuevo, ¡qué raro es! Está recortado y tiene bocas. Rodrigo explotó en agudas carcajadas, ¡Es verdad, Pelayo, está hecho con bocas! Mi madre tomó cartas en el asunto, ¡Basta! Ya he tenido bastante, ¡que se lleven eso de aquí inmediatamente!

Mamá, no seas carca, ¡a mí no me disgusta! , dijo Simoneta, siempre diplomática, hay que renovarse ¿no? Mi madre, con expresión sufriente, finalmente accedió con una leve inclinación de cabeza.

Y aunque, por supuesto, nadie lo mencionó, mientras nos encaminábamos al comedor, todos pensábamos en el milagro que San Juan obraría este año en nuestras cuentas corrientes.


Plan Cósimo


Lo primero, recomendaros que acudáis a la Galería Elba Benítez a ver la exposición de Vik Muniz, que trabaja sobre imágenes icónicas, que forman parte de nuestro imaginario colectivo con todo tipo de materiales, desde chocolate hasta recortes múltiples, como en el caso de esta versión del Baco de Caravaggio; El San Juan Bautista de Ribera lo podéis contemplar en el Museo del Prado. Y supongo que tendréis lista la decoración navideña hace tiempo, pero en caso de que queráis darle una vuelta para Fin de Año, tanto mi hermana Simoneta como yo siempre nos inclinamos por Fransen et Lafite, unos chicos encantadores, siempre a la última en tendencias de arreglos florales. Tienen una maravillosa tienda en la calle Espejo (en la imagen), en la que, además de flores, encontraréis objetos de lo más sorprendente. Confié en ellos para las flores de la mesa de Casa Monroy en Nochebuena. Bonitas, ¿verdad?

Créditos: San Juan Bautista, Museo del Prado; Sick Bacchus © Vik Muniz, cortesía de la Galería Elba Benitez; salón y mesa, Casa de Monroy, Fransen y Lafite.


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