• mayo 21, 2013
  • TIPS

Nocturno campestre en Las Batuecas

por Cósimo de Monroy

I. Allegro inebriante

Cae la noche en Mogarraz. Una calesa me ha traído desde La Urraca, la finca de Leo y Camila en Las Batuecas. La tarde se mantiene templada. Este año la fiesta se celebra en la plaza mayor. A cambio de una discreta aportación, el concejo no ha puesto objeciones.

Llego tarde. Vestido de smoking con chaqueta blanca, bajo por las calles empedradas. Desde las escaleras de la iglesia contemplo la escena. La plaza de vigas vistas y piedra gris está decorada con farolillos y carretas de feria, como en una fiesta de pueblo.

Una muchedumbre ruidosa que parece salida de una gala de la ópera rompe en carcajadas esporádicas. Nunca me explico cómo consiguen llegar hasta aquí.

Desciendo. Me detengo en la carreta del champagne. Camila ha enfundado a los camareros en el traje charro de la comarca. Muy exotic retro, pienso. Espero que nos ahorren la jota.

Ioanna, exuberante y risueña, se acerca. Sus movimientos hacen surgir en mi mente la imagen de su flota mercante. Cósimo querido, esto es sencillamente merveilleux. La mejor fête de la temporada. Al saludarla, tropiezo con un broche dorado que representa a Venus surgiendo de las aguas. Nos movemos hacia el grupo.

Bosco, bronceado, con su habitual look de playboy de los cincuenta, aparece acompañado de una bella modelo senegalesa que me recuerda a un anuncio de perfume. ¿Qué ha pasado con Irina?, pregunto. Caducó, contesta con una sonrisa.

Charlo un rato con Ebène. Pienso que va a pasar frío en la noche serrana con su vestido trasparente.

La copa se ha agotado. Tengo sed. Me percato de que uno de los camareros de traje charro me mira. Camila ha hecho un buen casting, pienso. Respondo a la mirada, asegurándome un suministro estable de whisky sour antes de la cena. El chico resulta ser nativo de Ärhus, en Dinamarca.

Encuentro a Leo rodeado de su equipo de la Copa América. Has ganado unos kilitos, ¿no?, le digo sonriente. Desde niño me he sentido pequeño a su lado. ¡Serás cabrón!, ríe campechano. ¿Qué te parecen los cocktails? Me he traído a Diego Cabrera, ya sabes que no es el fuerte de Mogarraz.  

Una banda de jazz comienza a tocar. Suena a New Orleans, pero con un toque poco habitual. Les miro, sorprendido. Son rumanos. Me acerco a Camila, que me pide ayuda para librarse de la modelo. ¿De dónde los has sacado?, le pregunto. Les vi el otro día tocando en la calle Serrano y me los he traído. Geniales, ¿verdad?, me dice mientras se aleja llamando a Leo.

Con mi segundo whisky sour, entre las sonrisas de un camarero de Ärhus con traje charro, una senegalesa semidesnuda, y una banda de rumanos tocando jazz en un pueblo de Las Batuecas, decido emborracharme.

II. Scherzo nottanbulo

La fiesta se ha trasladado al jardín de La Urraca. Tras los recortados volúmenes de la casa, levantada sobre un antiguo convento, las sombras se extienden sobre un bosque de robles y castaños.

Los infatigables rumanos no muestran signos de agotamiento. Un grupo baila, desacompasado, en la veranda. Entre ellos, una silueta se mueve con sensualidad. La palidez de sus ojos verdes ilumina unos rasgos suaves, difuminados por la oscuridad.

Constanza, que me hablaba de Philip, su novio de Papúa, se detiene y me mira. No me estás escuchando. ¿Qué pasa?, ¿ya has encontrado presa? Te veía muy tranquilito.

Se da la vuelta y contempla el grupo. La rubia, ¿verdad? Muy mona. Demasiado delgada. Es la hija de un socio de Leo. Energías renovables. Muy en alza. Pero ya sabes lo mal que se toma mi cuñado los líos en su entorno.

Tras las carretillas de sushi se agradece la sopa castellana. El ritmo se hace pausado. Una pareja baila, abrazada. La senegalesa ha asaltado la piscina cubierta con el equipo de la Copa América. Bosco duerme en una tumbona.

Con la taza humeante en las manos, me acerco a la desconocida. Se llama Anouk. No llega a los treinta. Su madre es austriaca. ¿Siempre bailas así?, pregunto. Ríe. La gente piensa que estoy colocada, pero me sale solo. Mi padre no me deja acercarme a la pista. En la penumbra, nos internamos en el jardín.

Su mirada es profunda. Tiene algo perverso. ¿Los charros no te tientan?, pregunto. Lo del traje regional no me va mucho, me provoca, irónica.

Sonrío. La beso. No opone resistencia. El beso se alarga. Siento un extraño calor extendiéndose en torno a mi boca. Su cuerpo se agita bajo mis manos. Sobrecogido por la excitación, mi consciencia se hace tenue. Desfallezco. Me aparto, desconcertado.

La miro. ¿Qué ocurre?, pregunta. Su voz se hace cálida, susurrante. Se acerca. Me abre la camisa y me besa el pecho. Siento cómo la calidez se extiende hacia mi cintura.

Me tumba bajo los castaños y abre mis pantalones. Se coloca sobre mí. Con movimientos firmes me inmoviliza. Entro en ella. En la oscuridad, el jardín se hace difuso. La vegetación se estremece en un orgasmo. Sus movimientos, convulsos, no se detienen. Mi piel arde en su sexo. Atrapado en sus ojos, me derramo. No logro salir. Me desvanezco.

Cuando recupero el sentido, siento sus manos sobre mí. Me dirige hacia la casa. Pasamos junto a Leo y Ioanna, inmersos en una absurda discusión. La realidad permanece abstracta, lejana.

Camila, con su corta melena y un traje blanco, bebe una copa de champagne, contemplando los restos de la fiesta. Parece suspendida sobre la hierba. Extiendo la mano para tocarla, pero su figura, evanescente, se diluye.

Entramos. Anouk se desnuda. Su cuerpo resplandece. Me ata firmemente con tallos de hiedra. Mi voluntad escapa. Sólo un leve hilo de consciencia permanece. Sé lo que desea. Su garganta responde con gemidos felinos. Ebrio, cedo a la voluptuosidad del ahogo. La noche se hunde en un intenso e interminable placer.

III. Andante rovinato

Despierto solo, magullado. Mi cuerpo está surcado de arañazos y marcas punzantes. Maltrecho, acudo al desayuno en el claustro. Constanza comenta los modelos de la fiesta con su hermana. Leo me saluda desde la cocina. Menuda cara, dice Camila levantándose de la mesa. Te traigo un café.

Constanza me mira, cómplice. Ayer desapareciste, comenta. Pero al final no te ligaste a aquella chica, ¿no? La vi marcharse con su padre. Bastante perjudicada, por cierto. ¿Te calzaste al camarero de Ärhus?

La miro con extrañeza. ¿Estás segura? No debía ser ella, contesto. Y más bien me devoró. Me ha dejado hecho un cristo. Mi amiga niega con su melena pelirroja. Te aseguro que era ella. Anouk se marchó con su papá.

Camila se acerca en su modelo matinal con una jarra de La Cartuja. ¿Tenéis algún fantasma por aquí?, pregunta Constanza. Parece que alguien ha pasado la noche con uno. Fantasmas no, responde sonriente, pero en el pueblo dicen que las ondinas del bosque embrujan a los hombres las noches de verano.

Leo surge de la cocina con torreznos y dos huevos fritos. Lástima que a mí aún no me hayan pillado, dice con voz grave, sonriente. Pues tu amigo parece que ayer se ventiló a una, comenta Constanza.

Con una palmada en la espalda que me hace ver las estrellas, Leo me sirve el plato. La verdad es que en esos temas siempre me has llevado la delantera, contesta. Bueno, ¿qué?, me dice. ¿Nos vas a desvelar el misterio?

¿No me visteis cruzar con nadie por el jardín?, pregunto. Niegan con la cabeza, expectantes. Me encojo de hombros. Pues ondina o humana, era una pantera. La próxima me dedico a los camareros. ¡Qué salvaje!

Bajo la grave risa de Leo y la mirada reprobadora de las hermanas Gil-Brooks, asalto mis huevos fritos. Ante un placer auténtico, resulta reconfortante volver a la realidad.


Plan Cósimo


La Alberca y Mogarraz tienen todo el encanto de los lugares que, gracias a su lejanía de las rutas habituales, han conservado su carácter en un maravilloso enclave natural, el Parque Natural de Las Batuecas-Sierra de Francia. De la zona, me quedo con Mogarraz, que mantiene un profundo aire rústico.

Es esencial dar un paseo por los bosques de la zona. Disfruté mucho el sendero que une Mogarraz con La Alberca, en un recorrido de algo menos de cuatro horas. En los estrechos caminos entre bosques de robles y castaños poco sorpredería encontrar una ondina.

La oferta hotelera no es abrumadora. El clásico de La Alberca es el Doña Teresa, agradable y cercano al pueblo. El hotel Abadía de los Templarios, a dos kilómetros de La Alberca se ubica en un bonito enclave, aunque resulta algo pretencioso. El Villa de Mogarraz, en el pueblo del mismo nombre, no es mala opción, aunque pincha en la decoración. Para comer, en esta localidad, recomiendo Mirasierra, con magníficas vistas. Para cenar hay dos establecimientos más en torno a la plaza mayor. Si queréis inmersión en sabor local, El Mesón Taurino no puede ser más auténtico. El Balcón de Mogarraz, más indicado para una cena en pareja, es un local acogedor con una oferta muy cuidada.

En este restaurante probé el tinto de uva rufete, bajo la DO Salamanca. Una variedad tradicional que se está recuperando en vinos La Zorra, que encontraréis en el Gourmet de El Corte Inglés, o Cámbrico, en La Tintorería. Frutos rojos, tostados y notas minerales que encajan a la perfección con el buen jamón de la zona.

En La Alberca, tomada por el turismo, la oferta gastronómica ha crecido los últimos años, aunque no necesariamente en calidad. Yo me quedo con un clásico, La Cantina de Elías.

Para los místicos, el Monasterio del Santo Desierto de San José de las Batuecas, en un enclave único, tiene una hospedería en la que se pueden realizar estancias y retiros. Es necesario solicitarlo en su web y, dado su carácter de clausura, está limitado al público espiritual masculino.

Créditos: todas las imágenes, de Wikicommons Media.


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