21 mayo 2013

El nocturno romántico. La belleza de la oscuridad

Podríamos decir que el Romanticismo reinventó la noche. Como reflejó Novalis en sus Himnos a la Noche, el artista romántico, que buscaba ante todo la inspiración individual, encontró en la oscuridad un campo fértil para la creación.

Unida a la naturaleza, la noche entra en el ámbito de lo desconocido.  Si el día es lo cotidiano, lo objetivo, lo racional, la noche representa una liberación de la subjetividad, con otro tiempo, otro espacio y otras reglas.

Debemos tener en cuenta, además, que en las últimas décadas del XVIII las fuentes de luz eran, comparadas con las actuales, muy escasas. Los románticos no podían espantar el pánico a la oscuridad a golpe de fogonazo. A cambio, supieron transformarlo en materia creativa.

La mitología puebla la noche de criaturas. Herederas de los espíritus del agua y los bosques de la tradición celta, las lamias vascas, las anjanas cántabras o las xanas asturianas responden al mismo modelo. Habitan en palacios ocultos en manantiales, fuentes o ríos. Se manifiestan de noche y embrujan a hombres, en casos induciéndoles a casarse con ellas.

Los románticos, como Gustavo Adolfo Bécquer en su Leyenda Los ojos verdes, se nutren de esta tradición. En la plástica, el siempre inquietante Füssli, aún en las últimas décadas del XVIII, es el que llega más lejos en estas oscuras visiones. En sus obras, la mujer emerge como un ser misterioso, la personificación de una noche que refleja nuestros miedos primigenios, irresistible y magnética. El germen de la mujer fatal.

En el paisaje Friedrich, mi favorito entre los románticos, establece un nuevo estilo que marcará el devenir del paisaje en Europa. La naturaleza no es ya un simple marco en el que se desarrolla una escena. Representa para él lo inefable. Ante ella, el hombre no es más que un punto, casi invisible, que no puede más que sobrecogerse ante su misterio y su poder. Su belleza es inalcanzable.

Y claro, está la música, que desarrolló un género propio, el nocturno, creado por el irlandés John Field en el siglo XVIII. Una pieza de un solo movimiento, sugestivo y evocador. A mi parecer, nadie supera a Chopin, pero una larga lista de compositores lo cultivaron. Entre ellos Scriabin, Shostakovich o el español Manuel de Falla. Aunque no estrictamente nocturnos, comparten el mismo espíritu la Sonata Claro de Luna de Beethoven y la composición con el mismo nombre de Debussy. En todas estas composiciones el músico juega con el intimismo que proporciona la oscuridad, con la libertad de lo oculto, de lo que no se manifiesta a la luz del día.

La noche inspira porque, como escribe el poeta José Hierro: Soy el niño que en el pasillo oscuro oye el jadeo del jaguar, y canta, y canta y canta para ahuyentarlo, para que la sombra no sea.

Porque para que la sombra no sea, no hay más opción que cantar, ¿no lo hacemos todos?

Imagen: Monje en la Orilla del Mar, Gaspar David Friedrich, 1802 – 1810, Wikimedia Commons

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