• enero 7, 2013
  • TIPS

Milagro en Nueva York, Cósimo in love

por Cósimo de Monroy

¿Te das cuenta de que eres el único que está mirando un cuadro? Su voz sonaba cálida y femenina, con un suave acento italiano. Respondí sin mover los ojos del Rembrandt.  Es un personaje magnético. No hay muchos como él por aquí.

Miré hacia atrás. La melena, oscura, caía sobre sus hombros. Envuelta en un sinuoso vestido rojo, se sostenía con divertida arrogancia sobre los tacones. Me gustó su nombre. Silvana, diosa de los bosques. ¿Te gusta correr desnuda al anochecer?, pregunté. Por primera vez oí su risa, grave y sedosa.

Tras ella, en el salón del Frick, los asistentes a la recepción, vestidos de etiqueta, se concentraban en torno a Emanuele Filiberto, Príncipe de Saboya.

Es obvio que a ti te interesa más Filiberto que el Jinete Polaco, afirmé. No está mal el chico, ¿no? Dirigimos la mirada hacia el centro del salón. No, no está mal, pero no es mi tipo, contestó.

Era evidente que no formaba parte de la nobleza italiana invitada, ni de los millonarios neoyorquinos que pagaban. ¿Con quién has venido?, pregunté. Con Stephen, de Saks, dijo. Diseño joyas para su marca. Le encantan estas cosas.

Yo había llegado unos días antes a Nueva York con Francesca Odescalchi, una belleza romana de alta cuna que parecía divertirse mucho con las bromas de Filiberto. ¿Y si nos vamos?, propuse. Aquí ni el champagne es bueno.

Minutos después, con smoking y high heels entrábamos PJ Clarke’s, un abarrotado local de la Tercera. Wrong place guys, missed the Plaza?, dijo sonriente el viejo camarero de color. La realidad superó a Scott Fitzgerald.

Tras una hamburguesa y dos cervezas, Silvana entró en el juego. Metió la mano por debajo de la mesa y me tocó. Pegué un brinco. No hay mucha gente que me sorprenda, dije subiendo las cejas. Explotó en una sonora carcajada. Su onda expansiva se extendió, contagiosa.

¿Y ahora qué?, ¿me vas a llevar a una casa de putas a tomar una copa?, preguntó, provocadora. Algo mejor, contesté. Jesse Davies tocaba en el Village. En la densa atmósfera del jazz club, con el sabor de bourbon en los labios, nos besamos, y ocurrió. El tiempo se detuvo.

Quizás fue su mirada cuando me di la vuelta en el Frick, quizás el cálido efecto del Indian Summer que inundaba la ciudad, pero sucedió. Y en mi recuerdo, lo que pasó aquellos días tiene la textura de los sueños, ligera, sin el peso que da su consistencia a la realidad.

Con Silvana era difícil evitar los focos. En el Katz Deli, con un sandwich de pastrami, se empeñó en emular el orgasmo fingido que rodó allí Meg Ryan. Su risa llenó el local. Nos miraban. Se sentía excitada ante la audiencia, y a mí me gustaba.

Habíamos visitado la caja blanca del New Museum. Fue en una de sus salas, tras una instalación de Phyllida Barlow, donde lo hicimos en público por primera vez. Ocultos tras unos grandes tubos grises, conteniendo el silencio, sentí una intensa ebriedad. No era sólo el sexo, ni el morbo. Latía desde una sensualidad profunda, luminosa, que no quería frenar.

Paseábamos por el High Line, una antigua vía de metro elevada en el Meatpacking District, cuando percibí un reflejo de tristeza en sus ojos. Espero tener un buen puesto en tu colección, debes tener el archivo muy lleno, me dijo con una sonrisa. Se me dan bien los archivos, contesté, te puedo ayudar con el tuyo. Rió. Nos besamos, escandalosamente.

Tras una langosta en el grill del Standard, subimos a la terraza. Silvana tomó un cosmopolitan. Yo me entregué al whiskey sour. Las luces de Nueva York nos rodeaban. Una brisa cálida ascendía del Hudson. Me siento flotar, ¿qué pasará cuando acabe?, suspiró. Acaricié su espalda. Carpe diem, dije, la vida no suele ser tan generosa.

Era el último día. Después del brunch de Bubby’s, fuimos a los Cloisters, un excéntrico bric-à-brac medieval al norte de la ciudad. Este sitio es un poco como tú, ¿no?, dijo Silvana, tocándome el culo. Un cocktail ecléctico. Eso sí, muy bien combinado.

Sonreí. No cabía duda, lo íbamos a hacer. Dejé que me sorprendiese. Eligió una capilla románica con un gran crucifijo colgado en el ábside. Salíamos risueños y satisfechos, cuando vimos entrar a un guarda, alarmado. Había cámaras, dije, se van a divertir con el video.

El día se agotaba. Mientras cenábamos el pollo frito de Miss Mamie’s, en Harlem, la camarera, una negra de contundente figura, bromeaba con Silvana. Lucky girl, I say you gotta a fine man there. You better keep an eye on him, honey! Ella suspiró. En su rostro se dibujó una triste sonrisa.

 

Silvana y Cósimo continúan su affair en Toscana con pecorino y Brunello de Montalcino.


Plan Cósimo


La Frick Collection es un museo único, con un ambiente salido de la Edad de la Inocencia. El contraste no podría ser mayor con PJ Clarke’s. Esta clásica institución neoyorkina también mantiene su emplazamiento original en una pequeña casa de ladrillo de principios de siglo, rodeada de rascacielos. Aunque el público haya cambiado desde que mi padre me llevó allí en mi primera visita a la ciudad, las hamburguesas (las favoritas de Frank Sinatra) y el sabor del local, siguen teniendo el encanto de siempre. Para una buena sesión de jazz en el Village, no fallan Small’s, donde besé a Silvana oyendo a Jesse Davies, y el legendario Village Vanguard. En el Lower East se encuentra el impactante edificio del New Museum de los japoneses SANAA, con interesantes exposiciones de arte actual, como la de Phyllida Barlow. Es un buen plan combinar la visita con un delicioso sandwich de pastrami en el cercano Katz Deli, un lugar único en la más pura tradición neoyorquina, donde Meg Ryan rodó su famoso orgasmo en When Harry met Sally. En la misma zona, para los que tengan ganas de sumergirse en la historia de la ciudad, recomiendo el Tenement Museum, un innovador museo que muestra la vida de los primeros inmigrantes en Manhattan (es necesario reservar en su web).

El Meatpacking District ha sido uno de los más recientes éxitos urbanísticos de la ciudad. Allí se encuentra el High Line Park, una antigua línea elevada de metro, magistralmente actualizada para pasear. Vale la pena. Como también lo vale el grill y rooftop terrace (magníficas vistas, en la imagen) del Standard, en el que se rodó la película Shame. Bubby’s, en Tribeca, es uno de mis absolutos favoritos. Siempre trendy y desenfadado, es Nueva York en su mejor expresión. Fantástica comida genuinamente americana y, para los golosos, deliciosas tartas. Al norte de Manhattan, The Cloisters se ubica en un magnífico enclave, encaramado sobre el Hudson, rodeado por el Tryon Park y con impresionantes vistas sobre el bosque de The Palisades. Además de los ya mencionados restos de edificios monásticos románicos, entre su colección figuran los maravillosos tapices de La caza del Unicornio, de finales del XV. A la vuelta, recomiendo detenerse en Miss Mamie’s, un muy auténtico local de Harlem cuya puesta en escena parece salida de una serie de televisión.

En cuanto a los hoteles, me alojé con Francesca Colonna en el Soho Grand, mi favorito in town. Muy elegante y fuera de los circuitos. Para quien opte por alojamiento más económico, recomiendo el 60 Thompson en el Soho, donde pasé aquellas maravillosas noches con Silvana,  y el Gild Hall, del mismo grupo, en el Financial District.

Dedico este Plan Cósimo a Gonzalo. Él sabe por qué.

Créditos fotográficos: vista de Manhattan, CJ Isherwood; El Jinete Polaco, de Rembrandt, Wikimedia Commons; vista nocturna de NY, jceelen; salami delivery en el Katz Deli, star5112; vista desde High Line, danielfoster437; vista desde el Standard, jikatu


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