• abril 18, 2016
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Parsifal, el casto demente

por Cósimo de Monroy

Violines. Las cuerdas crecían en una corriente continua mientras dos pies desnudos avanzaban sobre el telón del Teatro Real. La hierba, húmeda, cedía en cada pisada. Sentí la música de Wagner fluir. Bajo el avance de unos talones anónimos, me diluí en el preludio.

Proyecto de proscenio, Max Littmann

Resurgí para contemplar a un chico fornido con un cisne ensangrentado en las manos. Al fondo se abría un hospital de principios del siglo XX que evocaba el sanatorio de La Montaña Mágica. Parsifal no es Hans Castorp, me dije.

“¿Dura cinco horas?”, preguntó Maya. “Esto solo se le puede ocurrir a una mente diabólica”, susurró. Su melena rubia caía sobre mi chaqueta. Sonreí y la cogí de la mano. Sus veintidós años resoplaron.

Deslizándome entre las cuerdas de la orquesta, volví a los caballeros del Grial. Recordé el salón de Monsalvat que concibió el maestro para el estreno en Bayreuth. La imagen hablaba de esplendor. La puesta en escena de Claus Guth, de enfermedad. El mal de una irreversible decadencia.

Templo del Grial, Paul von Joukowsky, Bayreuth, 1882

Pero el libreto, fijado en la pureza como vía de redención tras la caída, poco tenía que ver con la ociosidad diletante del sanatorio de Thomas Mann. Pensé que, sin duda, Parsifal habría sido expulsado del Berghof. Allí solo cabía la indulgencia, el disfrute mórbido de trastornos imaginarios. La  contención del héroe de Wagner habría resultado sospechosa e incierta.

El casto demente…. Con una sonrisa, me dije que la demencia, como toda experiencia bipolar, podría ser tan casta como promiscua. Tuve claro que yo nunca habría optado por la primera.

Jardín de Klingsor, Paul von Joukowsky, Bayreuth, 1882

En el segundo acto, frente a los pies del caminante que, de nuevo, surgieron sobre el decorado, recordé mis pasos en Nepal. Los pasos que recorrían, incesantes, las colinas del altiplano que rodeaba el poblado de Jharkot. Entonces caminaba en el vacío de un paisaje árido, interrumpido por los rebaños de yaks. El sensato acepta, el demente busca, pensé.

Miré a Maya. Se había quedado dormida. El coro de las doncellas-flor del jardín mágico de Klingsor evocó el timbre germánico de Beate, la valquiria motorizada que hizo volar por los aires mi personal intento de castidad.

Parsifal, 1917

Pero, claro, me dije, Parsifal es un ser puro. Él busca la lanza de Longino. Yo, después de meses caminando, había llegado a una novela que aún no había decidido si se parecía más a un martini o a un negroni.

Era de esperar que la búsqueda, el retiro, me llevase a producir una obra serena. En su lugar, surgió una sucesión de disparatados episodios que, proyectados sobre las confesiones de mi amiga Constanza, reflejaban, más que meditaciones solitarias, mi estado antes de la huida. Había sido terapéutico, efervescente y ¿decepcionante?

Frente al peso de la gravedad wagneriana, me consideré irremediablemente frívolo. Parsifal se resistía, pero lo mío eran las doncellas-flor.

A pesar de los destellos musicales, en el tercer acto mis pensamientos divagaron. El casto demente, cargado con la lanza mágica, se había perdido. Le imaginé llegando a su destino como el caminante de Friedrich. Con levita y bastón, encajaría bien en el sanatorio Berghof.

Caminante ante mar de nubes, Caspar David Friedrich, 1817

Siempre me había identificado con aquel personaje que contempla el mar de nubes. Yo lo veía como un abismo. Un abismo en que, en algún punto de la búsqueda, era necesario caer. ¿Porqué, si no, la redención? La pureza resulta tremendamente aburrida. Sonreí con lástima por el demente. El periplo de Parsifal no resultaba tentador.

Con los últimos acordes, Maya abrió los ojos, desorientada. ”¿Ya está?”, preguntó.

“Ya está”, contesté.


Plan Cósimo


Parsifal, que no salió de Bayreuth hasta 1914, llega al Teatro Real de la mano de Claus Guth con una estética que evoca su salto a los grandes teatros europeos tras la Gran Guerra. Entonces, el espejismo de la redención que encarnaba el personaje de Wagner causó un impacto que hoy resulta lejano. Pero, afortunadamente, la música no se ve afectada. La orquesta titular del Real, dirigida por Semyon Bychkov, suena a Bayreuth. No se puede decir más. Anja Kampe, la tentadora Kundry, seduce y fascina. Y, claro, no os puedo dejar de recordar que mi libro, El dilema de Paola, estará pronto, muy pronto, en librerías.

rrss_generico_16MCréditos: Proyecto de proscenio, por Max Littmann; Templo del Grial y Jardín de Klingsor, Paul von Joukowsky, Bayreuth, 1882; Doncellas-flor, Parsifal, 1917; Caminante ante mar de nubes, Caspar David Friedrich, 1817; Wikimedia Commons


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