9 diciembre 2012

La Toscana de Piero della Francesca

Cuando tenía doce años, mi padre alquiló una villa en Toscana. Había quedado tan impactado por el Bautismo de Cristo de Piero della Francesca (1415-1492) en la National Gallery, que arrastró a toda la familia hacia la tierra natal del pintor.

Como peregrinos, partimos hacia Sansepolcro, donde Piero ejerció como magistrado. Impresionado ante la figura de Cristo en La Resurrección de la Pinacoteca Civica, pensé que había algo que no encajaba con el Cristo del que me hablaban en clase de religión. Desde luego, aquel no era un cordero.

A escasos kilómetros, en Monterchi, la Madonna del Parto, representada como una dama de la época, exhibía su estado, pensativa. Su postura era la de cualquier mujer embarazada, proyectada hacia adelante y con la mano en la cadera. Tampoco es ésta la Virgen de la que me han hablado, pensé.

Pero al llegar Arezzo se rompió mi emoción. Los frescos de San Francesco, su obra maestra, se hallaban cubiertos por una lona, en proceso de restauración. Desde aquel momento, mi sentimiento de devoción hacia Piero della Francesca se vinculó a la expectación de volver algún día a la capilla Balli.

En mi madurez reelaboré intelectualmente el mito. Surgió el Piero real, que pude contemplar en Londres y en Milán. El maestro del quattrocento que, como nadie, había alcanzado el sueño de la perfección pictórica. Su obra es una expresión absoluta de armonía. Para él, la estructura matemática, que desarrolló en su tratado sobre perspectiva, es la obra misma. Cada objeto ocupa el lugar que le corresponde para, en el conjunto, lograr un concepto superior de simetría y belleza.

La aparente sencillez y la pureza de las formas son el fruto de la propia abstracción a la que lleva este enfoque matemático. El movimiento, la acción, es rechazado. Los colores, suaves, adquieren un valor simbólico. Incluso sus escenas de batalla transmiten una intensa sensación de paz. Considerado un pintor regional durante siglos, su obra no se valoró hasta la adquisición del Bautismo de Cristo por la National Gallery de Londres, en 1861. Para mí, siempre mantendrá el aura de las primeras revelaciones, los primeros besos o la primera pasión, sólida e indeleble.

Para ver más obras de Piero de la Francesca y maravillosos paisajes de Toscana échale una ojeada a mi cuenta de Pinterest.

Imagen: Flagelación, Piero della Francesca,  entre 1444 – 1469, Palacio Ducal de Urbino, Wikimedia Commons

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